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    Crítica | My beautiful Baghdag

    Oximorón iraquí

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «My beautiful Baghdag», de Samir.

    Reino Unido, Alemania, Suiza, 2019. Título original: «Baghdad in My Shadow». Dirección: Samir. Guion: Samir y Furat Al-Jamil. Compañías: Ipso Facto Productions, Coin Film y Aleppo Films. Producción: Joël Jent. Música: Walter Mair. Fotografía: Ngo The Chau. Montaje: Jann Anderegg. Reparto: Haytham Abdurazaq, Zahraa Ghandour, Waseem Abbas, Shervin Alenabi, Meriam Abbas, Awatif Naeem, Kae Bahar, Ali Daeem, Farid Elouardi. Duración: 108 minutos.

    La última película de Samir de manera formal enlaza con su anterior estableciéndose una extraña relación, casi paradójica, ya que ambas propuestas parecen antitéticas. My beautiful Baghdad es una ficción construida bajo las reglas del thriller e Iraqi Odyssey (2014) es un documental, un testimonio de unos hechos sucedidos en el pretérito más inmediato de Irak, pero es justamente en el principio de My beautiful Baghdad donde se confecciona una especie de huella formal con su anterior trabajo: el uso del 3D. En Iraqi Odyssey vemos el típico registro de cabezas parlantes detrás de fondos históricos, ya sean películas o fotografías, sobredimensionadas, conquistando no sólo a la persona que está en posesión de la palabra (metonimia de la libertad) sino también del tema del que habla. Viendo la última propuesta de Samir está claro que no hay ni rastro del 3D en sus imágenes, pero en su inicio hay un intento por capturarlo, una recompensa por sentir su poder avasallador, y casi siempre mal usado, de ahí su exilio en la actualidad.

    El relato se abre con un sutil paneo de arriba abajo para después continuar con una panorámica de izquierda a derecha en el justo momento, al paso de unos pájaros, en el que empezamos a otear las primeras estructuras de Bagdad. El curso de la grúa como si se tratase del mismísimo Tigris bañando a la capital iraquí nos puede invitar a ver la ciudad como una postal, pero es su reverso, más bien el negativo de una instantánea lo que contemplaremos, una auténtica sensación de entre bambalinas de la representación. El trayecto de la cámara roza una superficie de cemento con un dibujo desmesurado de Sadam Hussein hasta llegar a la puerta de un almacén donde el gobierno tortura a los disidentes. Aquí sería pertinente hablar de Ozymandias (1818), el famoso soneto de Percy Bysshe Shelley sobre la decadencia de los líderes y de los imperios que construyeron sin importar su poderío, y no es una boutade por parte del que suscribe, en la película se habla del mismo en un dialogo entre el poeta protagonista Taufiq (Haytham Abdurazaq) y su editora, incluso llegando a recitarlo:

    «Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
    de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
    se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas».

    Bien, no nos pararemos a hablar de cómo quedó la estatua del dictador en la invasión norteamericana (2003) y seguiremos el movimiento de cámara que será detenido bruscamente por el cierre de una puerta. La sensación de realidad cercenada por un simple objeto. El plano al corte vendrá a salvar la alianza realista y hacer un sutil reseteo en la percepción que tenemos con la ayuda del montaje, permitiendo alimentar nuestro morbo accediendo al siniestro espacio. La sensación estereoscópica es contundente con el movimiento de grúa y escenifica la artimaña de su director.

    Baghdad in My Shadow, Samir.
    Presentada fuera de concurso en el Festival de Locarno de 2019.

    «En Iraqi Odyssey vemos el típico registro de cabezas parlantes detrás de fondos históricos, ya sean películas o fotografías, sobredimensionadas, conquistando no sólo a la persona que está en posesión de la palabra (metonimia de la libertad) sino también del tema del que habla. Viendo la última propuesta de Samir está claro que no hay ni rastro del 3D en sus imágenes, pero en su inicio hay un intento por capturarlo, una recompensa por sentir su poder avasallador».


    Y es que no tenemos que olvidar que nos encontramos en territorio de la ficción, por mucho que nos quieran enseñar unos sucesos en la pantalla como verdaderos. My beautiful Baghdad, por tanto, no deja de ser una opción esteta como consecuencia de su genuflexión al género, un thriller donde el Whoduit se permuta por el ¿qué pasó realmente? llena de efectos que en su demérito, sólo se quedan en subterfugios, excusas para representar la valía de su creador en escena. Planos al ralentí que se multiplican, música extradiegética que redunda en aquello que observamos, estructura narrativa laberíntica para demostrar lo bien que se sabe contar una historia y como hemos descrito al principio con el movimiento panorámico, cómo de perfecto se sabe hacerlo. Y sin embargo una estructura parece reforzarse a medida que vayamos caminando por el laberinto que propone Samir. Tiene que ver con ese comienzo pero rápidamente dejamos ese plano cálido, ese movimiento de cámara, para confrontarlo con su antítesis. Plano frío, estático de otro país, otra cultura, nos encontramos en el British Museum y pareciese que todo lo anterior estuviese ubicado en la mente del vigilante nocturno de dicha institución.

    Al golpe de su linterna se van sucediendo los títulos de crédito iniciales y como si se tratase de un Teseo moderno, Taufiq se dirige al mismo centro del laberinto para enfrentarse a su Minotauro particular, su pasado en Irak. Aquello que lo ayudará, que de alguna manera lo salvará y con ello a su sobrino Naseer (Shervin Alenabi), será su entrega, el incorruptible impulso de redención que ha lastrado toda su vida, la delación. La búsqueda de Naseer y su posterior salvamento, dejándolo libre de la policía gracias a su testificación en un intento de homicidio, pero aún más importante, liberándolo de las garras del radicalismo islámico, le ofrecen a Taufiq su hilo de Ariadna, ahora bien, por donde escapar, qué salida utilizar. Taufiq es un poeta iraquí exiliado en Londres y en una de sus noches, la musa parece visitarlo. El vigilante no deja de escribir en una libretilla su pensamiento: «Bagdad, todavía eres un prisionero tras las rejas. Pero has sustituido un carcelero por otro. Bagdad todavía estás en mi vida…» Se inquieta repentinamente, recela de sus propias palabras, y como si hubiese sentido una revelación, una anagnórisis, decide corregir las últimas palabras, sustituirlas por otras, por sus contrarias: «A mi sombra». Y después decide (re)leerlas realizando una especie de regresión, recorriéndolas con su voz susurrante, dándolas otro sentido, otra dirección: «Bagdad todavía estás a mi sombra. Pero has sustituido a un carcelero por otro». Como si se tratase de una invocación, inmediatamente los gritos del pasado lo hacen detenerse, la inspiración ha dejado de fabricarse y el único remanente es la confección de un oxímoron.

    Si bien es cierto que la figura retórica se construye con dos términos opuestos, también cabe la posibilidad que esas palabras se transformen en expresiones, de tal manera que Taufiq al leerlas dos veces, pero intercambiando en su interior la propia estructura sintáctica («en mi vida» por «a mi sombra»), haya podido generar un nuevo sentido pero el verdadero desafío será en expresarlo, en cómo mostrarlo en pantalla, cómo reflejarlo en imágenes, el oxímoron literario da pie a uno visual. Y esto nos lleva al final de la película, despidiéndose de nosotros con otro plano general, hermano del primero, donde el movimiento de cámara será el inverso al anterior, realizando un travelling de retroceso desde el interior del café londinense, donde todos los actantes protagonistas se reúnen felices y en armonía, sutilmente nos vamos echando atrás para descubrir, asombrados, que el café no estaba en Londres sino en Bagdad y que regresamos a esa imagen de postal del prólogo de la película, reincidiendo en la capacidad que tiene esos dos planos generales de oxímoron gráfico. Quizá por ese hueco sea posible la fuga, solamente por esa ranura pueda ser posible la escapada del laberinto, uniendo el pasado iraquí con su presente, uno con dictador ejerciendo su poder despótico a plena luz del sol, y el otro sin Sadam Huseín, donde cualquier persona, independientemente de su adscripción política, social o sexual se reúna junto a otras para celebrar una unión. De hecho, narrativamente la voz en off de Amal nos irá describiendo ese deseo colectivo, esa alianza entre todos a medida que se vaya produciendo, como si esa aspiración estuviera ubicada en el interior de su cabeza mientras se recupera en el hospital de la agresión que ha sufrido. Planos disimiles, imágenes al margen que solamente pueden llegar a rozarse si se hace en un plano mental, adquiriendo otro significado.


    José Amador Pérez Andújar |
    © Revista EAM / Madrid


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