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    Crítica | Night Ride (La nuit venue)

    La ciudad sin luz

    Crítica ★★★☆☆ de «La nuit venue», de Frédéric Ferrucci.

    Francia, 2020. Título original: «La nuit venue». Director: Frédéric Ferrucci. Productoras delegadas: Diane Jassem, Céline Chapdaniel. Guionistas: Frédéric Farrucci, Nicolas Journet, Benjamin Charbit. Ingeniero de sonido: Philippe Grivel. Autor de la música: Rone. Director de fotografía: Antoine Parouty. Director de producción: Mat Troi Day. Montaje: Mathilde Van de Moortel. Compañía productora: Koro Films. Intérpretes: Camélia Jordana, Guang Ho, Tien Shue, Xun LIang. Duración: 95 minutos.

    La clandestinidad como creadora de historias. En el primer largometraje del director francés Frédéric Ferruci se advierte un pulso inusual para un debutante. Tan repleto como ensimismado el cine del presente y lo autorreferencial, no deja de sorprender una historia tan «poco francesa» dentro de la propia capital del país, tan perfectamente utilizada como escenario como alejada del estereotipo turístico. El personaje de Jin (eficaz y sobrio Guang Ho) se asfixia progresivamente entre las deudas generadas para poder llegar a Europa; también por el ansia de dinero, entendido como único objetivo vital, ese material imprescindible para acercarse al lujo, al ocio y a la estabilidad que aparentan sus clientes nocturnos, esos que, ajenos a su complicidad con la precarización laboral, usan «vtc» y desprecian un taxi aun siendo conscientes de las miserables condiciones laborales de sus chóferes, de los «raiders» o de los empleados de Amazon. Es un choque imposible de combatir porque siendo el motor de nuestra vida el dinero, lo más barato será la opción elegida, sin pensar que, cuanto más barato se compra, más barato se vende y se trabaja, y no sólo aquellos de quienes se abusa indirectamente sino toda la sociedad en su conjunto.

    Puede parecer más digerible aprovechar el día a día de un inmigrante irregular en Francia que utilizar la vida del excluido nacido en el país. Es cierto, pero también es verdad que quizás sería más difícil explicar ese grado de dependencia, cercana a la esclavitud, que se genera desde que se abandona el «hogar» natal, sea por el motivo que sea, que en este caso es huir de la propia policía china, con toda una red criminal que genera sus propios códigos, sus propios tribunales y su propia especialización del trabajo entre jefes, soldados y obreros, que si el protagonista fuera un joven blanco nacido en Francia. Jin forma parte de esa anónima nómina de obreros con un sueño, el del dinero sí, pero también el de triunfar en el mundo de la música electrónica y alejarse de la marginalidad. En esa esclavitud del trabajo nocturno, esperando cubrir la cuota de 200 € diarios a partir de la que puede recibir un mísero salario en función de lo recaudado por encima, hay pocas oportunidades de relacionarse, no sólo con otras personas que dependan de otras organizaciones paralelas, sino con gente sin ataduras.

    Nation, Republique, Bastille, son lugares emblemáticos de la capital por los que el coche que conduce Jin se desplaza. Los símbolos de la república sí, pero sin extenderse a todos los habitantes de la capital. Hay un mundo dentro del «périphérique» y otro fuera, hay una frontera invisible entre ciudadanos y residentes anónimos y clandestinos. Jin pertenece, como sus compañeros de trabajo al de fuera, al invisible, al que está a un paso de dormir bajo los puentes de la Porte de la Villette como centenares de personas lo hacen constantemente. El límite, el aguante, la resistencia para permanecer en la esclavitud puede desequilibrarse en cualquier momento. Un aumento inesperado de la deuda por hacer de garante de un compañero o por tener un accidente que destroza el vehículo, una relación personal impensable para quien no puede moverse con libertad pueden actuar como detonantes de la solución más irracional para salir de la condición de subhumano. Aquí es donde la película pierde pie y precisa de la complicidad del espectador aceptando la solución de guion como necesidad del director para poder avanzar hacia su final programado.

    La nuit venue, Frédéric Ferrucci.
    Uno de los títulos más destacados del Atlántida Film Fest 2021.

    «Pese a su deriva hacia lo convencional en su último tercio, la atmósfera de exclusión y de tiempo suspendido para toda esta gente, que va apareciendo y cuya vida se mueve por hilos que no pueden manejar, se mantiene y resulta lo más reseñable de una película filmada con una cámara tranquila en sus movimientos y en cuyas imágenes abunda el primer plano porque lo que rodea a su pareja protagonista no es el mundo que esperaban y no merece la pena ser contemplado».


    La forzada historia amorosa y la decisión, hay que decirlo, suicida, del chófer asfixiado por las deudas y el nulo horizonte de mejora, coinciden temporalmente para rebajar un tanto las altas expectativas del conjunto durante su primera mitad. El solvente y eficaz retrato nocturno presentado hasta entonces en clave de estimable noir sin perfilar los matices, aportando una información justa para que el espectador encaje las piezas y rellene las omisiones con su propia imaginación, da paso a una precipitada conclusión del hombre solo contra todo que resulta muy creíble en su conclusión, pero mucho menos en su planteamiento y decisión inicial. Pese a ello, pese a su deriva hacia lo convencional en su último tercio, la atmósfera de exclusión y de tiempo suspendido para toda esta gente, que va apareciendo y cuya vida se mueve por hilos que no pueden manejar, se mantiene y resulta lo más reseñable de una película filmada con una cámara tranquila en sus movimientos y en cuyas imágenes abunda el primer plano porque lo que rodea a su pareja protagonista no es el mundo que esperaban y no merece la pena ser contemplado. Parisinos que no ven, o no quieren ver, la enorme bolsa de pobreza y marginalidad que les rodea mientras exista alguien que pueda recogerles, borrachos o dispuestos a estarlo en breve, de un local a su casa o al revés; esa ceguera del primer mundo que cree que podrá subsistir indefinidamente alimentando sus egos a costa de restringir cada vez más las oportunidades de extranjeros, parados, jóvenes. Una auténtica olla a presión que ya no sólo busca la válvula de escape en la «banlieu» y Ferrucci se da, y nos da, cuenta de ello.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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