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    Crítica | Damas de hierro

    El último tren

    Crítica ★★★☆☆ ½ de «Damas de hierro», de Pamela Tola.

    Finlandia, 2020. Título original: «Teräsleidit». Dirección: Pamela Tola. Guion: Aleksi Bardy, Pamela Tola. Productores: Aleksi Bardy, Dome Karukoski, Sirkka Rautiainen. Productoras: Helsinki Filmi Oy. Fotografía: Pauli Kairismaa, Päivi Kettunen. Música: Panu Aaltio. Montaje: Antti Reikko. Reparto: Leena Uotila, Saara Pakkasvirta, Seela Sella, Heikki Nousiainen, Pirjo Lonka, Samuli Nittymäki, Jani Volanen. Duración: 92 minutos.

    Hace tan solo una semana, aterrizaba en las salas de cine la nueva propuesta de M. Night Shyamalan, Tiempo (2021), que, bajo su apariencia de vehículo de terror, reflexionaba sobre el imparable paso del tiempo y de lo demoledor que resulta tomar consciencia de la efímera que es la vida y de cómo tendemos a desaprovecharla, pensando en el pasado o inquietándonos por el futuro, mientras que descuidamos lo más importante: el presente. Damas de hierro (2020), segundo largometraje como realizadora de la actriz Pamela Tola tras Swingers (2018), desde una óptica completamente distinta, no anda demasiado lejos de esas reflexiones, utilizando el vehículo del humor para poner sobre la mesa cuestiones mucho más profundas y dolorosas de las que una alocada huida de tres señoras casi octogenarias por carretera pudiera parecer ofrecer. Estrenada en el Festival de Cine de Göteborg, en su sección Nordic Light, con una calurosa acogida que ya presagiaba su condición de pequeña sorpresa llegada desde Finlandia y que acabaría compitiendo en los Premios del Cine Europeo en la categoría de mejor comedia, la cinta de Tola cuenta con todos los ingredientes necesarios para ganarse la complicidad del espectador, empezando por un trío protagonista absolutamente entrañable, con el que resulta imposible no empatizar, se tenga la edad que se tenga. Y es que las motivaciones, los problemas y las angustias de estas mujeres resultan tan universales que cualquiera puede verse reflejado en ellos. La acción con la que arranca el viaje de Damas de hierro es, en principio, lo suficientemente trágico como para detonar un dramón de manual: Inkeri, una mujer a punto de cumplir los 75 años, en medio del acaloramiento de una discusión con su marido, termina golpeándole fuertemente con una sartén y, tras darle por muerto, no se le ocurre otra idea que la de buscar apoyo en sus dos hermanas, con las que huye en una desesperada búsqueda de sí misma, de aquella joven idealista y rebelde que una vez fue y que acabó enterrada en lo más profundo de su ser pasar a vivir una vida de conformismo y entrega a una familia que jamás había deseado y a un esposo que nunca la ha valorado.

    Este punto de partida podría definirse a la perfección como la consecuencia de poner a unas señoras mayores, cuyos arquetipos coinciden con las protagonistas de aquel clásico de las sitcoms que fue Las chicas de oro, en la tesitura de tener que escapar de un “asesinato accidental” como lo hicieran las míticas Thelma y Louise en el clásico feminista de Ridley Scott, cinta en la que la comedia de Tola se mira con gran desparpajo, hasta el punto de realizar un divertido guiño con el personaje de un joven y atractivo autoestopista (Samuli Nittymäki), al que, como hicieran Susan Sarandon y Geena Davis con Brad Pitt, terminan recogiendo en su coche, despertando, de paso, la aletargada sexualidad de alguna de las hermanas. Hay que aplaudir la valentía del guion de Aleksi Bardy y la propia Tola para romper tabúes o estigmas absurdos, mostrando desenfadadamente cómo una señora de ochenta años puede tener una noche de sexo desinhibido con un chico al que triplica en edad, circunstancia que si se mostrara con los géneros invertidos parecería más tolerable en esta sociedad aún bastante machista en la que vivimos. La naturalidad y ese sano sentido del humor con el que la directora se ríe de los achaques que rodean a la tercera edad (divertidísimas las discusiones sobre los múltiples funerales a los que les ha tocado ir) hacen que la cinta desdramatice una historia que en la que, en el fondo, subyace una potente carga melancólica. Las protagonistas de Damas de hierro pueden ser tres personas ancianas, pero nunca se pierde la perspectiva de que, ante todo, son mujeres que una vez tuvieron sueños e ilusiones y que han vivido las vidas que han elegido (equivocadamente o no), llegando a la conclusión de que nunca es tarde para detenerse y reconducirlas lo más cerca posible a aquello que aspiraron a tener, permitiéndose una escapada que bien podría ser la última, en la que hay lugar para reencuentros con primeros amores, muchos tragos de vodka, asaltos a pistas de bailes y, claro está, sexo. Estos tres personajes femeninos están perfectamente definidos, algo que resulta imprescindible para que su interacción en pantalla funcione con la precisión con que lo hace.

    Teräsleidit, Pamela Tola.
    Nominada a la mejor comedia en los European Film Awards.


    «Con sus generosas dosis de gamberrismo geriátrico y su punzante humor negro, la cinta consigue ser una experiencia tan simpática como emotiva, ya que, en medio de gags escatológicos o divertidos equívocos y confusiones, el mensaje que guarda invita a la reflexión y reivindica la, muchas veces subestimada, figura de los abuelos, con la sabiduría que el tiempo les ha dado».


    Inkeri (fantástica Leena Uotila en un rol que sería perfecto para Diane Keaton en un hipotético remake estadounidense) había sido una joven idealista, inquieta y con marcado talante feminista, que gozó del sexo libremente con diferentes novios antes de casarse y abandonar la universidad, una prometedora novela que estaba escribiendo, y sus artículos con los que, bajo el seudónimo de “chica libre”, se convertiría en inspiración para la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres para futuras generaciones. Todo para acabar convertida en aquello que siempre combatió, una esposa abnegada a la sombra de un hombre desagradable y cruel, y madre de una hija egoísta, que preferiría que sus padres se mantuvieran juntos para siempre, anteponiendo las apariencias a la verdadera felicidad. Un viaje por carretera hasta el hogar donde pasó su infancia y juventud hará que se reencuentre con esa joven Inkeri que luchaba por volver a salir, contando con el inestimable apoyo de sus hermanas. Mientras que Seela Sella encarna a Raili, una mujer que se ha enriquecido a través de cinco matrimonios, poseedora de una franqueza a veces dañina y de un afilado sentido de la ironía, que no se corta a la hora de desplegar sus dotes de seducción hacia esos veinteañeros que le gustan, en la genial Saara Pakkasvirta recae el personaje más desmadrado de la función, el de esa Sylvi ingenua y algo senil que saca de quicio a sus hermanas menores con sus ocurrencias. La contribución de estas tres monumentales actrices es la razón por la que Damas de hierro consigue ser un ejercicio tan divertido y enriquecedor en un panorama cinematográfico urgentemente necesitado de propuestas que sorprendan. De hecho, cuando las estrellas de la función no están en pantalla, el interés de la misma se resiente considerablemente algo que se evidencia en esa subtrama de la preparación de la fiesta sorpresa de cumpleaños, a manos de la hija de Inkeri, únicamente justificable como detonante catártico en el tramo final. Con sus generosas dosis de gamberrismo geriátrico y su punzante humor negro, la cinta consigue ser una experiencia tan simpática como emotiva, ya que, en medio de gags escatológicos o divertidos equívocos y confusiones, el mensaje que guarda invita a la reflexión y reivindica la, muchas veces subestimada, figura de los abuelos, con la sabiduría que el tiempo les ha dado.


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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