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    Crítica | Pequeños milagros en Peckham Street

    El Estado siempre es el enemigo

    Crítica ★★★☆☆ de «Pequeños milagros en Peckham Street», de Vesela Kazakova y Mina Mileva.

    Bulgaria, 2019. Título original: «Cat in the Wall». Director: Vesela Kazakova y Mina Mileva. Guion: Vesela Kazakova y Mina Mileva. Productores: Vesela Kazakova, Mina Mileva, Lambros Atteshlis, Christophe Bruncher. Productoras: Ici et Là Productions, Activist38. Fotografía: Dimitar Kostov. Música: Andy Cowton. Montaje: Donka Ivanova. Reparto: Irina Atanasova, Angel Genov, Orlin Asenov, Gilda Waugh, Jon-Jo Inkpen, Chinwe Nwokolo, Kadisha Gee Kamara. Duración: 92 minutos.

    En No Cow on the Ice (2015), el cineasta español Eloy Domínguez Serén documentaba en primera persona su experiencia como inmigrante en un país económicamente puntero de Europa. Como tantos jóvenes españoles afectados por la crisis de 2008, el director salió de su país —en este caso, se trasladó a Suecia— en busca de un futuro mejor. Sin embargo, lo que encontró estaba lejos de satisfacer sus mínimas expectativas de prosperidad. A pesar de ser una persona joven y con estudios, en el filme expone que solo tuvo acceso a una serie de trabajos temporales, para los que no se requiere cualificación, relacionados con el mundo de la construcción. La idea de un posible sueño europeo se daba de bruces con la realidad: en estos países, los inmigrantes acceden a aquellos trabajos que nadie más quiere. Una idea similar se transmite en Pequeños milagros en Peckham Street, el penúltimo trabajo de la pareja creativa Mina Mileva y Velesa Kazakova —su nueva película, Women Do Cry, se ha podido ver en la reciente edición del festival de Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard—. La cinta es el primer ejercicio en el terreno de la ficción que ofrecen las directoras, y en ella se narra el día a día de Irina (Irina Atanasova) y Vladimir (Angel Genov), dos hermanos búlgaros que han emigrado a Inglaterra huyendo de la corrupción institucional y unas penosas perspectivas de futuro en su país natal —como se ha esforzado en mostrarnos el cine búlgaro contemporáneo en general, y la cinta de 2015 de homónimo título en particular, quienes nacen en este país están condenados a ser unos losers—, buscando un futuro mejor en una de las principales potencias económicas europeas. Ambos cuentan con estudios superiores: Irina, madre soltera de Jojo (Orlin Asenov), es arquitecta, mientras que Vladimir es historiador. Sin embargo, la primera ve cómo nunca se le conceden proyectos, lo que la obliga a tener que trabajar de camarera en un pub, mientras el segundo, con todavía menos oportunidades laborales en su campo, se dedica a la instalación de antenas parabólicas. Los tres viven en un piso del sur de la ciudad, que la mujer posee en propiedad y, además de afrontar la realidad laboral, tendrán que enfrentarse a una serie de conflictos relacionados con la vida comunitaria en el edificio.

    El cine social de relatos sobre las penurias de los migrantes suele abordar las vidas de personajes de clase trabajadora y sin estudios, que emigran porque su vida está en serio peligro. Quizás por su menor impacto dramático, resulta menos habitual encontrar historias como la de Pequeños milagros en Peckham Street, que abordan las vidas de individuos de clase intelectual precarizada. Como ocurría en No Cow on the Ice, los personajes no tratan de luchar por sobrevivir, sino por tener una vida digna, y, como en aquella película, el aspecto autobiográfico es fundamental —las directoras son de origen búlgaro pero residen en Londres—. Esta situación permite establecer diálogos en torno a diferentes aspectos sobre la realidad sociopolítica, tanto a nivel nacional como global, lo que ofrece la posibilidad de perfilar personajes complejos, en los que las ideas contradictorias tienen cabida. Irina se queja de su baja calidad de vida, pero defiende la gentrificación como un proceso positivo, ya que, según ella, consiste en ofrecer mejoras en los barrios en los que se desarrolla. Su mentalidad de clase media choca, por tanto, con su realidad precarizada. Otro debate estimulante surge de uno de los lugares comunes del cine de Europa del Este, que consiste en la contraposición entre cómo entienden el comunismo quienes lo han vivido y quienes lo observan —incluso idealizan— desde fuera. En una de las pocas escenas donde vemos a la protagonista lejos del hogar —el grueso del filme transcurre en el piso de la familia—, discute sobre comunismo con unos activistas ingleses que tratan de transmitir su ideología a pie de calle. Aquí la realidad de unos choca con el idealismo de otros. Al mismo tiempo, Irina destaca por una defensa del neoliberalismo, no solo por su visión de la gentrificación, sino por el desdén con que mira a sus vecinos, quienes, a su juicio, viven de las ayudas del Estado sin dar un palo al agua, algo que ella jamás hará, pues no es «una sanguijuela».

    Cat in the Wall, Vesela Kazakova y Mina Mileva.
    Sección oficial del Festival de Locarno.


    «Resulta menos habitual encontrar historias como la de Pequeños milagros en Peckham Street, que abordan las vidas de individuos de clase intelectual precarizada. Como ocurría en No Cow on the Ice, los personajes no tratan de luchar por sobrevivir, sino por tener una vida digna».


    No obstante, la protagonista se ve forzada a pensar en comunitario cuando descubre que el gobierno ha decidido desarrollar un plan de mejora del edificio, que consiste en la renovación de las ventanas de las viviendas, algo que tienen que pagar los propietarios, aunque nunca lo hubieran solicitado. Espoleada por la indignación, la protagonista organiza una reunión vecinal en el salón de su casa, como una manera desesperada de solucionar el problema. Sin embargo, con lo que se encuentra es con una sociedad derrotada, incapaz de movilizarse, hasta el punto de que el tema de conversación acaba evolucionando hacia otros terrenos que nada tienen que ver con el motivo de la reunión, tales como el del Brexit. Rodada en 2019, la cinta retrata una sociedad marcada por el referéndum donde se votó a favor de una salida de la Unión Europea, que por aquel entonces todavía no se había hecho efectiva. Quizás el mayor valor de la cinta sea el paralelismo que se establece entre el pasado comunista búlgaro y el presente capitalista británico. En ambos casos, el Estado es un ente oscuro y por momentos absurdo, que toma decisiones injustificables, que están lejos de mejorar la calidad de vida de sus ciudadanos, y que además aplica sus políticas con mano de hierro, como se observa en la absoluta incapacidad para parar las obras de renovación. Quizás el elemento más problemático gire en torno al retrato de la mentalidad post-Brexit y la xenofobia de la sociedad. En este sentido se podría aludir, con razón, que el conflicto que se establece entre Vladimir y una de las vecinas —que solo se puede explicar por el odio irracional a quien viene de fuera— esté insuficientemente desarrollado. Sin embargo, quizás la falta de explicaciones que ofrece la película sea, en realidad, la clave para reforzar dicho paralelismo. En la última escena, la policía llega a casa de los protagonistas y actúa de manera autoritaria y amenazante, dando por hecho que Vladimir es un delincuente, y por tanto llevándoselo detenido sin tener la menor prueba del delito que aparentemente ha cometido. Esta actuación tan salvaje y absurda, que linda con la paranoia, recuerda demasiado a las actuaciones de las policías secretas de los estados de Europa del Este que vivieron bajo el régimen comunista buena parte del siglo XX como para no tenerla en cuenta. En última instancia, lo que Mileva y Kazakova parecen querer transmitir es que no importa en qué país residas: si no formas parte de la élite social, estás vendido ante el Estado, que puede cambiar tu vida en cualquier momento, y normalmente para peor.


    Yago Paris |
    © Revista EAM / Budapest


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