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    Crítica | Adiós, idiotas

    Chilla más, que no te escucho

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Adiós, idiotas», de Albert Dupontel.

    Francia, 2020. Título original: Adieu les cons. Dirección: Albert Dupontel. Guion: Albert Dupontel, Xavier Nemo, Marcia Romano. Compañías productoras: Manchester Films, France 2 Cinema, Gaumont, Région Ile-de-France, Mikros Image, Ciné+, France Télévision, Canal+, CNC, ADCB Films. Fotografía: Alexis Kavyrchine. Música: Christophe Julien. Montaje: Christophe Pinel. Diseño de producción: Carlos Conti. Vestuario: Mimi Lempicka. Producción: Catherine Bozorgan. Reparto: Virginie Efira, Albert Dupontel, Nicolas Marié, Adèle Galloy, Grégoire Ludig, Michel Vuillermoz, Kyan Khojandi, Jackie Berroyer, Terry Gilliam. Duración: 87 minutos.

    Adiós, idiotas se abre con el monólogo de un médico —bata blanca, barba bien recortada, posado cercano pero profesional— que recita una lista de síntomas con un hilo de inquietud en su voz. Lo vemos a través de una pantalla holográfica donde se proyectan radiografías increíbles, que casi parecerían galaxias por su colores y formas. Detrás, su paciente (una mujer de mediana edad) lo mira ansiosa: no hay ni uno de los nombres que el médico recita que no sea hipertécnico e indescifrable. Ella le dice que no lo entiende, pero él sigue con su recital interior, como molesto por la ignorancia. Por su actitud, impropia de alguien que lo ha visto todo, adivinaríamos que, palabras aparte, lo que tiene la paciente es grave, y mucho. Nos lo confirma un ataque de tos, que aparece violento y sin aviso alguno. El monólogo de él, el ruido, es interrumpido con justicia por una señal nítida: el toque de la muerte que se avecina. Cuán guturalmente entendedor es un ataque de tos, y cuán innecesarias las palabras que lo acompañan. Por aquello de que una imagen vale más que mil palabras, por aquello de que no siempre chillar es hablar más claro. Es una lástima que la película de Albert Dupontel no entienda esta sencilla premisa.

    El pecado de Adiós, idiotas no recae solamente en la confusión entre comedia y enredo (un error, por otra parte, muy típico del cine sin gracia), aunque esa es una buena puerta de entrada al universo de barullo que reina dentro de la cinta del director francés. La mujer de la consulta, Suze, descubre que tiene una enfermedad terminal que ha desarrollado por culpa de inhalar partículas tóxicas de los espráis en la peluquería que regenta. Decide entonces partir en busca del hijo al que abandonó recién nacido por presión de sus padres. En el registro del Departamento de Sanidad trabaja JB, un cuarentón amargado que provoca el caos en la oficina cuando su intento de suicidio sale mal, hiere accidentalmente a un compañero y le cae el techo encima. Allí estará Suze para chantajearlo y que la ayude a encontrar a su hijo perdido. En algún momento, se les unirá un invidente (ciego por doble golpe de pelota de foam en una manifestación). A él lo han encerrado de por vida en un archivo, si no recuerdo mal, por su pesadez.

    Para la película de Dupontel, todo lo serio (el suicidio, la enfermedad laboral, la diversidad funcional) es relegado a la coña, aplanado e incorporado al pastiche de giros cómicos que vertebra la propuesta. Todo lo verdaderamente importante, por tanto, deviene tralla. Hay verborrea en el alud furioso de diálogos orientados únicamente a la línea de punch, que se declaman rápidos y apisonados, pero llegan lentos y cansados a su conclusión. Hay un speed malsano en la sucesión de gags físicos, un recurso que parece ser la única salida posible a escenas de diálogo de gracia insuficiente: cuántas veces aparecerá el hombre ciego para estamparse contra una puerta, una pared o cualquier otra parte y así capar el silencio de un chiste venido a menos. En la historia del cine, nunca se ha visto un invidente tan convenientemente patoso. Si a ello le sumamos la anarquía solo aparente de una cámara desfasada, pero a la vez incapaz de abandonar los lugares comunes de los géneros que emplea, obtenemos una película chillona pero obediente, un soplo de aire que de frescura no tiene rastro alguno. Una imagen que, incluso cuando es capaz de despegarse de todo anhelo de verosimilitud, no puede evitar agotarse y caer en la referencia. El expresionismo no siempre es una forma liberadora.

    Adieu les cons, Albert Dupontel
    Presentada en el D'A Festival 2021. Ganadora del Premio César a Mejor Película.

    «Una película chillona pero obediente, un soplo de aire que de frescura no tiene rastro alguno. Una imagen que, incluso cuando es capaz de despegarse de todo anhelo de verosimilitud, no puede evitar agotarse y caer en la referencia».


    El volantazo libera, eso sí, de responsabilidades. En el mundo ficcional creado por Dupontel y Xavier Nemo (coguionista), el ritmo vertiginoso de la acción, a base de pastiche puro, es el ingrediente esencial para eludir aquella reacción incómoda que el aluvión de chistes ofensivos-por-minuto despertaría en cualquier ser humano medio. La velocidad niega el tiempo de respuesta y en la cinta capa el efecto de toda ofensa más allá de la simple mirada sorprendida: sobre el papel, un insulto deja de vibrar si inmediatamente lo replicamos y decimos aquello de «es coña, ha ha». Culpa eludida, si le duele, hágaselo mirar. Entiéndaseme: el humor negro, punzante, puede ser un arma terriblemente poderosa. Véase, por ejemplo, la tupida melancolía que de las salvajadas de Rick Alverson nace. Una tristeza profunda e indisociable del humus cómico que entona naturalmente, y a pesar de las sacudidas, con una idea clave en la propia película de Dupontel: que nada es para siempre y que, justamente por ello, todo vale la pena. Esta, una premisa básica que, una vez más, queda lejos de la realidad abigarrada en pantalla. Para ser completamente justes, no esperábamos menos… Pero sí queríamos más.

    La risa ha marchado desde siempre en consonancia con la lucidez, la transgresión clara e hiriente hacia los mecanismos de poder o, lo que es lo mismo, ha venido sirviendo para revisar y actualizar aquellos arquetipos caducos en el cine, pero también en la vida. Con esto en mente, nunca podré entender la cinta de Albert Dupontel como una comedia. Ya no como una comedia fracasada —para ello, tendría que fallar su tiro en la expresión de su espíritu revulsivo—, o como una comedia de mal gusto —que podría arrancarnos alguna buena carcajada gutural—. Por su falta de miras y por su indisposición a asumir los efectos de sus propias transgresiones, me niego simple y llanamente a considerarla una comedia.


    Mariona Borrull |
    © Revista EAM / Barcelona


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