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    Crítica | El ruido solar / Filmin


    Las posibilidades de la ficción

    Crítica ★★★★☆ de «El ruido solar», de Pablo Hernando.

    España, 2020. Título original: «El ruido solar». Dirección: Pablo Hernando. Guion: Pablo Hernando. Compañía: Seven Code Pictures. Música: Aaron Rux. Fotografía: Pablo Hernando. Reparto: Ingrid García Jonsson, Eva Llorach, Carlos Vermut, Vito Sanz, Miquel Insúa, Vicenç Miralles, Lorena Iglesias, Julián Génisson, Xabi Tolosa, Sussana Mulet, Marian Vilalta. Duración: 15 minutos.

    «Vi una isla y supe que no quedaba nada más en el mundo», dice la voz de Eva Llorach. Al tiempo, escuchamos el sonido de las olas en alta mar; lo que se oye se corresponde con la imagen que vemos en la pantalla: las olas y la posibilidad de una isla en el horizonte. Así comienza El ruido solar (2020), el último cortometraje de Pablo Hernando, estrenado en la pasada edición del Festival de Sitges, dentro de la sección Oficial Fantàstic Competició Curts, y que tras competir en la sección de cortometrajes del Festival de cine español de Nantes, está disponible online en Filmin.

    En El ruido solar Hernando reúne una colección de historias acerca de personas que tuvieron una visión fugaz del futuro después de un evento cósmico extraño e inexplicable, llamado por la gente «lo del Sol». Como narra la voz de Julián Génisson en la secuencia en que se cuenta este evento, durante el instante que duró éste, cada persona vio algo distinto, acontecimientos lejanos en el tiempo u otros inmediatos, hechos triviales o grandes catástrofes históricas. Hernando filma estos destellos de futuro a modo de fotonovela narrada o diario íntimo y colectivo de fragmentos de vida: una paseo por la montaña; las vías de un tren; alguien que podríamos ser nosotros mismos un día cualquiera, tumbados en el sofá de casa sin ganas de hacer nada, viendo un vídeo en el móvil, haciendo la colada, cortándonos las uñas, o mirando otra vez el móvil; un hombre asesinado en el suelo; la figura de quien amamos; un diluvio; un dron en un descampado; una gasolinera en medio de un paraje desolado; un Bingo; el comienzo de una guerra con las máquinas; un mundo vacío en el que solamente se escucha una canción misteriosa; una churrería… De este modo, como ya ocurre en la primera secuencia descrita al principio de este texto, a través del enlace entre la narración, las imágenes y los sonidos, el director construye un relato ficticio en el que, como suele suceder en la vida real, los tonos y los géneros se mezclan: la tragedia, el drama, la comedia, el terror, la ciencia-ficción, lo ordinario y lo extraordinario, lo aparentemente extraño y lo supuestamente «normal», lo real y lo imaginado.

    En este nuevo corto, volvemos uno de los aspectos más apreciables del cine de Pablo Hernando: su forma imaginativa y sugestiva de explorar y narrar mediante los recursos cinematográficos las posibilidades que tienen estos géneros en la ficción. Uno de los aspectos más interesantes y lúcidos de sus cortos y películas es la forma en cómo introduce la ciencia-ficción en lo cotidiano, lo cómico en lo terrorífico (y a la inversa), el costumbrismo en lo universal, y así crea escenas y atmósferas insólitas y llenas de misterio. Como en sus anteriores obras, desde Agustín del futuro (2011) a su parte de Esa sensación (2017) —coescrita y codirigida junto con Juan Cavestany y Julián Génisson—, en El ruido solar hay imágenes que ya son enigmáticas e inquietantes en sí mismas, pero también crea ese misterio a través de su forma de contar. Mediante los medios narrativos que tiene el cine, a través de los visible y también de lo invisible, de la unión y el juego con las imágenes, las palabras, los sonidos, la música, la iluminación y lo que hay fuera de campo, de la exploración y el cruce de las dimensiones de la realidad y la imaginación, de lo supuestamente banal y lo extremo, Hernando capta las posibilidades de misterio que puede haber en la vida de cualquier persona y en cualquier situación, ya sean cotidianas o simplemente demenciales.

    En El ruido solar, a partir de esa mezcla entre lo cercano y lo fantástico o delirante, construye un relato repleto de capas y numerosas lecturas posibles. Una narración que va desde lo interior a lo exterior, lo local a lo universal, lo pasajero a lo atemporal. Con ello, si bien no se trata de una ficción acerca o inspirada en estos tiempos de pandemia, también pudiera serlo, pues refleja con una sensibilidad y viveza emocional singulares situaciones que posiblemente ahora nos resulten demasiado próximas, subyacen sentimientos o estados de ánimo que quizá ya formen parte de la cotidianidad de muchos de nosotros: el miedo a lo desconocido, la perturbación, la inquietud, el estupor, el asombro, la extrañeza, el aislamiento, el desencanto rutinario, el tedio ante la monotonía, la angustia, el desorden emocional... Una sensación malsana que lo recorre todo, una tristeza profunda e inevitable de la que resulta complicado desprenderse, que retumba en todas las cosas, y también —o sobre todo y precisamente por todo esto—, el sentido del humor, un humor de la incomodidad, esa risa incontenible que surge en situaciones inesperadas o quizá en las menos propicias para ella, en momentos tensos o dramáticos. Pablo Hernando conforma un trabajo inclasificable, rompedor —tanto en el fondo como en la forma—, imaginativo, ambiguo, perturbador, con capacidad de sorpresa y desconcierto, con sentido del humor, y de una sensibilidad extraordinaria. Como suele pasar con sus ficciones, así como en la vida real, no todo responde a una lógica; poco importa. Lo interesante son las ideas y posibilidades que nos sugieren e infunden a través de sus sucesos imaginarios; las capas, brechas y caminos que dejan abiertos y que nos acompañan tiempo después de la proyección.


    Júlia Olmo |
    © Revista EAM / Madrid


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