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    Crítica | La chica del brazalete


    El silencio

    Crítica ★★★☆☆ de «La chica del brazalete», de Stéphane Demoustier.

    Francia, 2019. Título original: «La fille au bracelet». Director: Stéphane Demoustier. Guion: Stéphane Demoustier. Productores: Petit Film, France 3 Cinéma, Frakas Productions. Fotografía: Sylvain Verdet. Montaje: Damien Maestraggi. Reparto: Melissa Guers, Roschdy Zem, Anaïs Demoustier, Annie Mercier, Pascal Garbarini, Chiara Mastroianni.

    Las pantallas del tribunal muestran las imágenes del cuerpo sin vida de una joven. Ensangrentado, maltratado, desparramado encima de una cama. En la silla de los acusados, otra joven, su mejor amiga. El juez le pide que describa lo que siente al ver esa escena. Ella solamente le devuelve la mirada, con una expresión impenetrable en el rostro. Vuelve a ser interpelada, insistentemente. Después de una pausa que se siente eterna, la chica musita “No lo sé”.

    Basada en el thriller judicial argentino Acusada (Gonzalo Tobal, 2018), La chica del brazalete recoge la historia de Lise Bataille, una adolescente cuyo grado de atrocidad se pone a prueba de juicio. Con sólo 16 años, Lise es la principal sospechosa del cruento apuñalamiento de Flora Dufour. La grave temática del filme no desentona en una época en la que existe una creciente obcecación alrededor de la materia criminal y todo lo que la envuelve, desde la investigación policial hasta la intriga judicial, como la que nos ocupa. La tendencia tiene sin duda un origen literario, y en el fondo viene de lejos, pero sus adaptaciones a lo audiovisual se encuentran en claro auge, como podemos observar en el boom de los reputados nordic noir – como por ejemplo, La caza (Thomas Vinterberg, 2012) o The Killing: Crónica de un asesinato (Søren Sveistrup, 2007-2012) – y en sus exportaciones regionales; se podría hablar, entre otras muchas, de la Trilogía de Baztán, las novelas de Dolores Redondo adaptadas al cine por Fernando González Molina, en 2017, 2019 y 2020, respectivamente. El interés se extiende hasta la no-ficción, en la que se pueden encontrar inacabables podcasts de true crime, documentales y recreaciones de casos mediáticos en plataformas de VoD. Según los motivos del crimen, el método de ejecución, las repercusiones públicas o las características de las víctimas y supuestos perpetradores, el abanico de subgéneros que se extiende dentro del drama criminal es tremendamente amplio y rico.

    Acusada y, por extensión, La chica del brazalete beben, a su vez, de un caso real especialmente encarnizado, tanto por el crimen en sí como por su repercusión mediática, que fue brutal con la principal sospechosa, una jovencísima Amanda Knox. Es probable que el nombre resulte familiar, se trata de un caso que ha estado en el foco de los medios, bajo un constante bombardeo sistemático durante hace ya casi 15 años, envuelto en especulaciones peliculeras y morbosas. Aunque comparta muchos de los detalles con el argumento de las dos ficciones, no puede ser considerado nada más que una inspiración o un marco conveniente para ellas. Si hay interesados o interesadas, Netflix cubrió el caso en un documental de 2016, pero tanto el filme de Gonzalo Tobal como la adaptación francesa de Stéphane Demoustier dejan a un lado el acercamiento true crime para apostar por dos visiones radicalmente opuestas.

    La fille au bracelet, Stéphane Demoustier​.
    Número uno en la cartelera española | 📷 Sylvain Verdet.

    «La ambigüedad con la que el director baña todo su filme no permite al espectador decantarse por ninguna de las hipótesis planteadas. Y así se mantendrá hasta el desenlace. Aunque existe un pequeño atisbo de vulnerabilidad por parte de la sospechosa en los últimos minutos, no reúne significación suficiente como para hacer llegar a conclusión alguna. Lo que queda, tras el juicio, es duda y silencio».


    Ya desde su semilla verídica, vemos como las dos películas tratan la terrible hipótesis de si una joven aparentemente “normal” (adolescentes de clase media acomodada, con rutinas reconocibles y vidas que nos son familiares) es verdaderamente capaz de asesinar a sangre fría y de forma encarnizada. La aproximación del francés se separa del guión que adapta al acercarse al caso de Lise (una debutante, muy convincente, Melissa Guers) y Flora con una estanqueidad que en sus reflejos latinoamericanos (igual historia, distintos nombres: Dolores Dreier - acusada - y Camila Nieves - víctima -) quedaba tintada de drama epidérmico. Desde la primera escena, la única situada temporalmente cercana al día del asesinato, Demoustier establece una clara distancia entre los hechos, los personajes y el espectador, mientras un plano general quieto y mudo muestra el arresto de la protagonista. El largometraje transcurre durante los días de juicio, dos años más tarde. Es evidente que la propia lejanía temporal tiene algo que ver con ese enfriamiento dramático del que Stéphane Demoustier se hace abanderado con una economía del lenguaje y una sobriedad prominentes en toda la cinta. La limitación no se da solamente por el período que comprime el filme, condicionado por la durada del juicio, también en gran parte por su acotación espacial (el grueso realmente relevante de sucesos se da en los tribunales) y, como decía, emocional. La agresividad de la fiscal chirría en medio de un océano de inexpresividad y apatía en el que Lise parece ir a la deriva.

    El verdadero núcleo del argumento, el eje real del conflicto, más allá del hecho de que la chica sea la responsable o no del crimen, está en los pequeños juicios externos a los que tiene que enfrentarse. Al juicio presente en la mirada de sus padres (Roschdy Zem y Chiara Mastroianni), que confían pero en el fondo viven aterrados por el… ¿y si?; al juicio en las palabras de la fiscal, que teje una historia de celos, rabia y promiscuidad; al juicio en los testimonios de sus amigos, en el dolor de la madre de Flora, y finalmente en el juicio que el cineasta obliga ejercer al espectador. ¿Cómo discernir entre qué es evidencia de lo que es prejuicio? ¿No será, como al extranjero de Camus, que la juzgamos por no sentir el pesar de la forma que consideramos correcta? ¿Por no llorar? ¿Por no protestar? O quizás es por su vida sexual ya activa a los dieciséis. Quizás simplemente, como afirma el personaje de Chiara Mastroianni, por estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Sea como sea, la ambigüedad con la que el director baña todo su filme no permite al espectador decantarse por ninguna de las hipótesis planteadas. Y así se mantendrá hasta el desenlace. Aunque existe un pequeño atisbo de vulnerabilidad por parte de la sospechosa en los últimos minutos, no reúne significación suficiente como para hacer llegar a conclusión alguna. Lo que queda, tras el juicio, es duda y silencio.


    Júlia Gaitano Mendizábal |
    © Revista EAM / Barcelona


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