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    Stéphane Demoustier
    Stéphane Demoustier
    || Críticas | ★★☆☆☆
    El arquitecto
    Stéphane Demoustier
    El inconformista


    Mario Peña
    Barcelona |

    ficha técnica:
    Francia, 2025. Título original: «L’inconnu de la Grande Arche». Dirección: Stéphane Demoustier. Guion: Stéphane Demoustier (basado en la novela de Laurence Cossé). Compañías: Agat Films & Ex Nihilo, Zentropa, France 3 Cinéma. Festival de presentación: Cannes 2025 (Un Certain Regard); Festival de Gijón - FICX 2025. Distribución en España: LaZona. Fotografía: David Chambille. Montaje: Damien Maestraggi. Música: Olivier Marguerit. Reparto: Claes Bang, Sidse Babett Knudsen, Xavier Dolan, Swann Arlaud, Michel Fau. Duración: 105 minutos.

    A estas alturas del año pasado, la cinefilia internacional parecía quedar arrebatada ante una mastodóntica obra de tres horas y media que narraba la epopéyica empresa de un arquitecto húngaro-judío que, después de sobrevivir al Holocausto, era el encargado de construir un ambicioso centro comunitario. Inspirándose en el horror vivido en un campo de concentración y sublimando su dolor, construía una colosal edificación brutalista que remitía directamente a la austeridad y funcionalidad de los campos de exterminio nacionalsocialistas. Por lo tanto, en The Brutalist, László Tóth erigía los muros de hormigón bruto como materialización física del dolor, como mineralización vertical de su agonía. Aquello que esencialmente Brady Corbet parecía expresar con sus imágenes es que el ejercicio artístico se nutre de las pulsiones inconscientes —y en demasiadas ocasiones reprimidas— del individuo para manifestarse de forma concreta. La misma creencia comparte indudablemente Stéphane Demoustier, quien, a partir de la historia real de la creación del Arco de la Defensa en París, monumento inaugurado en 1989 en conmemoración del bicentenario de la Revolución Francesa, narra la historia de la creación de la obra magna del desconocido Johan Otto von Spreckelsen, arquitecto danés que ganó el concurso promovido por el presidente François Mitterrand para la construcción del monumento.

    Y es que la gran pregunta que le surgió tanto a la comunidad arquitectónica como al espectador es: ¿por qué? ¿Por qué delegar la construcción de un edificio tan colosal a un profesor danés que tan solo ha hecho unas pocas iglesias y su propia casa? ¿Por qué no elegir un arquitecto francés? Otto von Spreckelsen, pues, se nos presenta desde la primera secuencia como un enigma, un misterio a resolver para descubrir qué es aquello tan genial que encierra para sí el artista danés de pocas palabras al cual el gobierno francés le ha confiado tan transversal proyecto. Lo que en breve puede ser constatado es el carácter exacerbadamente obstinado del protagonista, quien, rozando la intransigencia, defiende a capa y espada su visión de lo que él no dudará en denominar como su magnum opus, el pináculo creativo de toda una vida. Esa terquedad infantil, cuyo origen permanece inconcreto entre la megalomanía y el visionarismo, es la característica que articulará su obra y relaciones, tanto profesionales como personales, y que inevitablemente terminará con él.

    Por lo tanto, no es casualidad que Von Spreckelsen diseñe un edificio de forma totalmente cúbica y de ciento diez metros de altura —constantemente referido como El Cubo—, pues de manera inconsciente el arquitecto proyecta su personalidad cuadriculada en su trabajo. La forma bidimensional del cubo, el cuadrado, será evocada formalmente por Demoustier en relación con el protagonista: una relación de aspecto cuadrada de 1:37, composiciones cuadrangulares en las que el arquitecto, interpretado por Claes Bang, aparece siempre encerrado pictóricamente en el centro, remitiendo a la reclusión a la que su personalidad cuadrática lo somete. La inercia cubista presente en todos sus trabajos relaciona así directamente al hombre con la geometría en un único ente indisoluble.

    La arquitectura de la cinta opera, pues, en una dimensión alegórica muy similar a la de trabajos como El conformista (Il conformista, 1970) de Bernardo Bertolucci, cuyas mastodónticas estructuras brutalistas eran la viva imagen del fascismo: suntuoso en su exterior y vacuo nuclearmente. Aquellos grandes angulares con los que el italiano filmaba todo el aire que insuflaba a las edificaciones fascistas donde reinaba el vacío, remitían directamente al resignado protagonista —Jean-Louis Trintignant—, quien veía su identidad personal subordinada a la popular. Aunque el arquitecto danés sea diametralmente opuesto —pues su inconformismo lo aísla personal y profesionalmente—, se ve unido a aquel pétreo Trintignant por la conexión formal entre los espacios que ocupan y su identidad, vinculados en una simbiosis bilateral entre volúmenes y entornos.

    Irónicamente, aquello que irremediablemente recuerda a un cubo es también el dispositivo argumental, cuyas fachadas estéticas exteriores relucen y pueden llegar a deslumbrar con cierta posición solar, pero cuyo centro está llamativamente vacío. Al igual que el Gran Arco, donde desde la lejanía se puede vislumbrar el gran espacio negativo de la edificación, ya en el comienzo de la cinta se es consciente de la unidimensionalidad del texto filmado, la clara falta de profundidad retórica respecto al autor y la obra sobre la que la narración se asienta. Las imágenes de El arquitecto se presentan entonces como televisivas, y no porque no haya una identidad estilística, sino por la falta de subtexto en unas escenas que rozan la banalidad en pos de una expositividad argumental clara, como si de una teleserie se tratara. Y es que la gran pregunta que se instala en el espectador una vez aparecen los títulos de crédito es: ¿por qué Demoustier ha hecho esta película y por qué ahora? ¿Es por pura casualidad? ¿Es una reivindicación de la figura de Otto von Spreckelsen y, si ese fuera el caso, con qué voluntad? Las respuestas a estas preguntas no se hallan en la retórica que el realizador ha instalado en la cinta ni en su aparato formal, y seguramente no por incapacidad, sino porque, simple y llanamente, las ignore. ♦


    por Mario Peña
    marzo 13, 2026

    Crítica | El arquitecto

    por Mario Peña | marzo 13, 2026
    || Críticas | ★★★★☆
    Borgo
    Stéphane Demoustier
    Relatos criminales


    David Tejero Nogales
    Badajoz |

    ficha técnica:
    Francia, 2023. Título original: Borgo. Director: Stéphane Demoustier. Guion: Pascal Garbarini, Stéphane Demoustier. Productores: Jean des Forets, Amélie Jacquis. Productoras: Petit Film, France 3 Cinema, Canal +, Cine +, France TV. Distribuida por: Festival Films. Fotografía: David Chambille. Música: Philippe Sarde. Montaje: Damien Maestraggi. Diseño de Vestuario: Céline Brelaud. Diseño de producción: Catherine Cosme. Reparto: Hafsia Herzi, Moussa Mansaly, Louis Memmi, Michel Fau, Pablo Pauly, Florence Loiret Caille, Anthony Morganti, Henri- Noël Tabary.

    Parece que el cine francés siempre tiene un as en la manga para moverse con habilidad por la intersección de géneros utilizando parámetros clásicos y transitando, de manera eficaz y sencilla, elementos tradicionales de su cinematografía. El cineasta Stéphane Demoustier ya recurrió en La chica del brazalete (2019) a los tropos y recursos del drama judicial, y ahora con su último filme, Borgo (2023), alberga una seductora miscelánea de thriller criminal, subgénero carcelario y polar francés. Desde los primeros segundos de cinta apreciamos el interés por simular características afines al género policíaco con una cámara inmersiva que nos adentra en el interior de un coche de policía. Una música de carácter hermanniano, compuesta por el veterano compositor Philippe Sarde, nos indica en un breve plano secuencia, la llegada al escenario de un crimen en donde vemos dos cadáveres en el suelo justo a la entrada de un aeropuerto. La cámara se centra en esos cuerpos y fija nuestra atención en una gota de sangre que precede al título de la película sobreimpresionado en la pantalla. Estamos ante un inicio orgánico, que sin duda evoca a los relatos criminales escritos y dirigidos por José Giovanni, en paralelo a ese cine de concienciación y denuncia que tan buenos frutos dieron en los años 60 y 70. En este sentido no es un azar que la historia de Borgo suceda en una prisión ligando con el subgénero carcelario, teniendo en cuenta el oscuro pasado del propio Giovanni que según sus propias palabras no hubiera sido escritor sin su paso por la cárcel. El aclamado director de Ultimo domicilio conocido (1970) elude la pena de muerte y aprovecha sus años de reclusión para indagar y escribir sobre los hampones y la criminalidad, y acuña el termino polar para referirse a todo un estilo capaz de cubrir la mitología propia del delincuente. Giovanni explora la masculinidad, la amistad y los códigos de honor, con un apasionado constructo melancólico. Tampoco será casualidad las evidentes correspondencias entre Borgo y muchas de sus películas, especialmente Dos hombres en la ciudad (1973), o La última esperanza (1976), en el retrato de la imposibilidad de redención y fatal destino de los ex convictos.

    Con Borgo estamos ante una transliteración de los elementos básicos del polar, por un lado, la atmósfera gélida, grisácea, de cine negro, con escenarios neblinosos cercanos a la costa que articulan un paisaje misterioso e intrigante. Por otro, la investigación policial llevada a cabo por el comisario interpretado por Michel Fau, de características parecidas a la de un Michel Serrault o un Lino Ventura. Y por último la escritura del personaje principal, en este caso un intercambio de roles masculino femenino muy bien integrado en el relato y que nos sitúa en el epicentro de la agente de prisiones, Melissa (excelente Hafsia Herzi). La imagen pivota sobre la mujer como foco principal rodeada y limitada por hombres en una resistencia y lucha consigo misma. El guion aplica una realista y veraz urdimbre en el que proyectar y someter un cine de idiosincrasia popular, dándole vueltas a los estilemas básicos del género. Es también determinante el hecho de que Melissa no distinga los límites de un lado u otro del espectro difuminados por la difícil situación personal que atraviesa junto a su marido y sus hijos. Han viajado del continente, el arraigo telúrico de un espacio tangible, a mudarse a una isla, en el que el ecosistema insular la sumerge y mantiene bajo una presión constante. El ambiente flotante de Córcega y su particular forma de vida, afectan a la protagonista hasta el punto de alejarla de las responsabilidades tanto laborales como familiares.

    No debe extrañar, por tanto, que el lenguaje convocado por Demoustier sea el de la inestabilidad, el caos y la opresión. El director filma dejando apenas entrever grandes escenarios o espacios, normalmente a través de una óptica cerrada o de corto alcance, con muchos primeros planos y temblorosos movimientos de cámara que coordinan con el periplo emocional de Melissa. Mismamente el dibujo que se hace de la prisión no difiere en absoluto del retrato de su nuevo hogar, en un típico barrio corso en el que tienen que luchar contra la hostilidad y las actitudes racistas de sus vecinos. Esto subraya la idea generalizada de estar enjaulados, en una construcción difusa que no distingue el bien del mal; la cárcel del mundo exterior, la libertad con la privación de esta, y más que nada, como bien indica la directora de la prisión, damos la sensación de estar en un lugar donde los presos son los que vigilan a los guardias y no a la inversa. Precisamente esa inversión reabre las vicisitudes de un relato fiel reflejo de una sociedad contraída, que tiene mucho que decir acerca de la mitología del crimen y sus repercusiones en el imaginario colectivo. La relación de Melissa con los prisioneros corsos se hará cada vez más estrecha, rompiendo cualquier barrera idiomática entre ellos comparable al de la propia naturaleza del lugar. Por ello mismo los únicos planos generales en donde podemos respirar y contemplar escenarios abiertos con el mar y el cielo de la isla serán aquellos que Melissa comparte con Saveriu (Louis Memmi), uno de los jóvenes reclusos con el que ya tuvo relación atrás en una prisión del continente. Las escenas juntos suponen una ruptura con el ambiente tenso y lúgubre de la ciudad. Por ejemplo, destaca la escena de las prácticas de tiro con el mar al fondo símbolo de libertad y expansión, y la habitual luz mortecina dando paso a una luz melancólica mucho más hermosa y redentora.

    Pero esto no es todo. Si Demoustier teledirige con su especial intensidad transformando lo que parece un montaje paralelo en una estructura no lineal, es debido a la fuerza bruta que transmiten sus planos. Los cuales pulsionan el interés y atención del espectador confundido hasta que las piezas encajan por completo. Un estilo visual que se parece al de Cédric Jimenez, puestos a citar arqueologías mucho más contemporáneas, henchido de estímulos de montaje, sonidos y de texturas granuladas, opacas y correosas. Su inspiración es la de los bajos fondos, en una jugosa escala de grises con la noche y la lluvia marcando imágenes de intriga y de sospecha. Entremedias, la escritura deletrea alto y claro las fugas de un cine de denuncia, con temas de eterna actualidad como el choque cultural, la complicada integración y acogida de un lugar a otro, el racismo, y las teorías acerca de la monstruosidad que emanan de cualquier tipo de persona en según qué contexto o accidente. El paréntesis de un mínimo conato de amor, o de amistad - la epidérmica relación de Melissa con Saveriu -, es el acicate para reflotar conductas poco éticas pero unidas y fusionadas a la supervivencia. Contamos con escenas rodadas de forma un tanto asépticas como la del interrogatorio, con el uso de plano contra plano, pero que sirven de contraste para llevarnos hacia un final bello a bordo del ferry camino de nuevo al continente. De vuelta al principio alejándose de la isla y de los fantasmas que la habitan en un nuevo amanecer en el horizonte. Borgo es un sobresaliente y habilidoso cruce de géneros y sobre todo una brillante traducción de los resortes y claves del polar a los tiempos actuales. ♦


    por David Tejero Nogales
    noviembre 27, 2024

    Crítica | Borgo

    por David Tejero Nogales | noviembre 27, 2024

    El silencio

    Crítica ★★★☆☆ de «La chica del brazalete», de Stéphane Demoustier.

    Francia, 2019. Título original: «La fille au bracelet». Director: Stéphane Demoustier. Guion: Stéphane Demoustier. Productores: Petit Film, France 3 Cinéma, Frakas Productions. Fotografía: Sylvain Verdet. Montaje: Damien Maestraggi. Reparto: Melissa Guers, Roschdy Zem, Anaïs Demoustier, Annie Mercier, Pascal Garbarini, Chiara Mastroianni.

    Las pantallas del tribunal muestran las imágenes del cuerpo sin vida de una joven. Ensangrentado, maltratado, desparramado encima de una cama. En la silla de los acusados, otra joven, su mejor amiga. El juez le pide que describa lo que siente al ver esa escena. Ella solamente le devuelve la mirada, con una expresión impenetrable en el rostro. Vuelve a ser interpelada, insistentemente. Después de una pausa que se siente eterna, la chica musita “No lo sé”.

    Basada en el thriller judicial argentino Acusada (Gonzalo Tobal, 2018), La chica del brazalete recoge la historia de Lise Bataille, una adolescente cuyo grado de atrocidad se pone a prueba de juicio. Con sólo 16 años, Lise es la principal sospechosa del cruento apuñalamiento de Flora Dufour. La grave temática del filme no desentona en una época en la que existe una creciente obcecación alrededor de la materia criminal y todo lo que la envuelve, desde la investigación policial hasta la intriga judicial, como la que nos ocupa. La tendencia tiene sin duda un origen literario, y en el fondo viene de lejos, pero sus adaptaciones a lo audiovisual se encuentran en claro auge, como podemos observar en el boom de los reputados nordic noir – como por ejemplo, La caza (Thomas Vinterberg, 2012) o The Killing: Crónica de un asesinato (Søren Sveistrup, 2007-2012) – y en sus exportaciones regionales; se podría hablar, entre otras muchas, de la Trilogía de Baztán, las novelas de Dolores Redondo adaptadas al cine por Fernando González Molina, en 2017, 2019 y 2020, respectivamente. El interés se extiende hasta la no-ficción, en la que se pueden encontrar inacabables podcasts de true crime, documentales y recreaciones de casos mediáticos en plataformas de VoD. Según los motivos del crimen, el método de ejecución, las repercusiones públicas o las características de las víctimas y supuestos perpetradores, el abanico de subgéneros que se extiende dentro del drama criminal es tremendamente amplio y rico.

    Acusada y, por extensión, La chica del brazalete beben, a su vez, de un caso real especialmente encarnizado, tanto por el crimen en sí como por su repercusión mediática, que fue brutal con la principal sospechosa, una jovencísima Amanda Knox. Es probable que el nombre resulte familiar, se trata de un caso que ha estado en el foco de los medios, bajo un constante bombardeo sistemático durante hace ya casi 15 años, envuelto en especulaciones peliculeras y morbosas. Aunque comparta muchos de los detalles con el argumento de las dos ficciones, no puede ser considerado nada más que una inspiración o un marco conveniente para ellas. Si hay interesados o interesadas, Netflix cubrió el caso en un documental de 2016, pero tanto el filme de Gonzalo Tobal como la adaptación francesa de Stéphane Demoustier dejan a un lado el acercamiento true crime para apostar por dos visiones radicalmente opuestas.

    por Júlia Gaitano Mendizàbal
    febrero 22, 2021

    Crítica | La chica del brazalete

    por Júlia Gaitano Mendizàbal | febrero 22, 2021

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