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    Crítica | A russian youth


    Tradición y experimentación

    Crítica ★★★★☆ de «A russian youth» de Alexander Zolotukhin.

    Rusia, 2019. Título Original: Malchik russkiy. Dirección y guión: Alexander Zolotukhin. Fotografía: Ayrat Yamilov. Montaje: Tatyana Kuzmicheva. Sonido: Andrey Fonin. Intérpretes: Vladimir Korolev, Mikhail Buturlov, Artem Leshik, Danil Tyabin, Sergey Goncharenko, Filipp Dyachkov. Escenografía: Elena Zukhova. Productores: Eduard Pichugin, Alexander Sokurov. Compañía Productora: Lenfilm Studios. Música: Sergei Rachmaninov; Concerto para piano Nº 3 en Re menor / Danza Sinfónica. Duración: 72 minutos.


    El esquema argumental del primer largometraje de Alexander Zolotukhin es bien simple e inteligible. Durante la Primera Guerra Mundial, en el frente germano-ruso, un adolescente se incorpora de manera entusiasta al ejército ruso. En la alegría, determinación, incluso exceso de ingenuidad del joven podría uno recordar el mismo ímpetu del personaje tarkovskiano de Iván. Su afán de notoriedad interrogando a los veteranos sobre cuántos alemanes hay que matar para ganar esas medallas que lucen en su pecho rápidamente sufre un baño de realidad. Antes de llegar a las trincheras hay que cargar con las cajas de armamento que un caballo transporta hasta las inmediaciones. Sofocado por el esfuerzo como ninguno de sus compañeros empieza a sentir el peso de la muerte como algo tremendamente cercano y alejado de cualquier mixtificación. Su paso por las trincheras termina siendo tan breve como dramático, cargado con un acordeón con el que se ha desplazado al frente pronto descubrirá su inutilidad, como inútil es la protección que ha recibido para protegerse de un ataque con gases tras un bombardeo que ha acabado con la alegría de golpe. Tras ese ataque químico Alexei despierta en un hospital sin él ser consciente de dónde se encuentra. Los gases le han quemado los ojos y ha perdido la visión, así comienza A russian youth, y así va a transcurrir su vida militar a partir de ese momento, a ciegas.

    Es una película bélica pero no estamos ante una simple película de guerra. Es una película atemporal pero aparece circunscrita a un momento histórico concreto. No es una película musical pero los ensayos de una orquesta se superponen a los diálogos de los soldados y comparten el espacio sonoro provocando una indudable confusión entre presente y pasado. Hay dos notas estéticas que caracterizan a la película, y la primera, porque así comienza ésta, es la forma en la que Zolothukin simultanea pasado y presente, guerra y paz, la historia del soldado con el ensayo musical de la orquesta. Se podrían establecer conexiones del porqué mezclar ambas realidades, una, la más directa es la que proporciona el título. Si la película habla de la juventud rusa el director no quiere constreñirse al ámbito castrense porque no quiere olvidar que existen otros espacios donde la juventud tiene que obedecer órdenes. Si Alexey, consecuencia de su empeño, no es enviado a su casa y permanece en el ejército como vigilante sonoro de las incursiones aéreas enemigas, y por lo tanto continúa bajo las órdenes de sus mandos, la orquesta que comparte la acción con el campo de batalla también obedece las indicaciones de su director. Como los oficiales del ejército, el director musical aparece en pocos momentos, pero su presencia es constante y sus directrices audibles. Kolothuzin filma soldados jóvenes pero también se ocupa de los jóvenes integrantes de la orquesta. Dos maneras muy diferentes de enfrentarse a la juventud, pero dos maneras de expresar el entusiasmo y dedicación de la misma.

    «Alexander Sokurov produce y Sokurov es el maestro de Zolotukhin, de ahí que alguna imagen puede entenderse como deudora de esa influencia, pero también circulan por ahí los bosques de Tarkovski o Zvyagintsev, la alegría de los camaradas de Kalatozov, la ingenuidad del soldado de Chukrai; porque en el fondo, como con la música, en este caso de Rachmaninov pero que podía ser de Shostakovich o de Tchaikovski, A russian youth es un resumen de tradición del cine ruso templado a fuego por el ansia de un joven director que quiere aportar su propio estilo sin olvidar los precedentes».


    Las manos de Alexei pasan a ser sus ojos, si bien torpes y engañosos (como la escena donde se sienta a comer por error en la mesa de oficiales o cuando por primera vez utiliza el mecanismo de captación aéreo). Cuando es azotado golpeando sus manos lo que se dañan son sus sentidos restantes; no ve pero, además, no puede tocar y apreciar lo que toca consecuencia del dolor físico y de su orgullo pisoteado. Kolothuzin muestra otras manos, las del pianista que comparte ensayo con la orquesta. Unas manos que crean y transmiten sentimientos, otras que protegen al resto de la tropa y mantienen al soldado en contacto con el mundo. Si esa mezcla de ensayo musical y ensayo guerrero es una de las más acertadas apuestas del director en su película, la otra es el tratamiento visual que da a sus imágenes para envolvernos en una atmósfera de irrealidad y onirismo producto del virtuosismo técnico de la postproducción. Es verdad, la imagen es puro artificio y artificial, una creación de laboratorio o de programa informático, pero los setenta minutos de película respiran el sabor de esas viejas fotografías belle époque de colores en tonos pastel, como si se hubieran coloreado a posteriori o el paso del tiempo las hubiera despojado de su tonalidad inicial para permanecer con una falta de intensidad propia de una visión deteriorada, que ha perdido la capacidad de definición, y que se incrementa porque los márgenes del encuadre quedan desvaídos, parcialmente alterados en su percepción, como quien comienza a perder su visión periférica y subsiste agarrándose al centro de su campo óptico.

    Aunque sea mínimamente, esa deficiente imagen manipulada facilita que el espectador se acerque a la inexistente visión del soldado Alexei con este conjunto de imágenes repletas de grano y colores deslucidos, consiguiendo eliminar las dudas acerca del tiempo en que transcurre el drama bélico. La música que nos envuelve, que se interrumpe, que se impone a las órdenes militares con expresiones como “pizzicato”, “repetir desde…”, “más intensidad”, mezclan arte y guerra y colocan al espectador en una incómoda pero atractiva experiencia sensorial para determinar a quién corresponde la voz o el sonido (incluso en sus títulos de crédito se habla de extras de voces para advertirnos de que, como parece, las voces que oímos no pertenecen a quien habla, ni lo que oímos es lo que se está hablando en pantalla). Como ensayo al que asistimos, el soldado preferiría estar en una orquesta (de ahí que aparezca con un acordeón) a empujar y tirar de unas cajas pesadas, pero cuando el ensayo acaba y el director despide a sus músicos hasta el día siguiente resulta que el soldado, el joven ruso del título, se encuentra igual que al principio pero habiendo perdido la alegría y la inocencia; si tiraba de unas cajas, al final empujará un carro enganchado en el barro del campo de batalla en dirección contraria a la inicial, porque ahora vuelve a recibir órdenes, pero en esta ocasión del enemigo. La juventud rusa como receptor de órdenes durante toda la historia reciente. Alexander Sokurov produce y Sokurov es el maestro de Zolotukhin, de ahí que alguna imagen puede entenderse como deudora de esa influencia, pero también circulan por ahí los bosques de Tarkovski o Zvyagintsev, la alegría de los camaradas de Kalatozov, la ingenuidad del soldado de Chukrai; porque en el fondo, como con la música, en este caso de Rachmaninov pero que podía ser de Shostakovich o de Tchaikovski, A russian youth es un resumen de tradición del cine ruso templado a fuego por el ansia de un joven director que quiere aportar su propio estilo sin olvidar los precedentes, y en esta ocasión lo consigue, a costa del guión sí, pero quizás de la Primera Guerra Mundial ya se ha contado demasiado y hay que virar para buscar nuevas fórmulas visuales y narrativas.


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


    A media voz

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