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    Crítica | La diosa fortuna

    Las edades del amor

    Crítica ★★★★☆ de «La diosa fortuna», de Ferzan Ozpetek.

    Italia, 2019. Título original: La dea fortuna. Director: Ferzan Ozpetek. Guion: Ferzan Ozpetek, Silvia Ranfagni, Gianni Romoli. Productores: Tilde Corsi, Gianni Romoli. Productoras: Faros Film, R&C Produzioni, Warner Bros. Italy. Fotografía: Gian Filippo Corticelli. Música: Pasquale Catalano (Canción: Diodato). Montaje: Pietro Morana. Reparto: Stefano Accorsi, Edoardo Leo, Jasmine Trinca, Filippo Nigro, Serra Yilmaz, Barbara Alberti, Sara Ciocca, Edoardo Brandi, Pia Lanciotti, Cristina Bugatty, Dora Romano.

    Mucho ha llovido desde que el cineasta turco, nacionalizado italiano, Ferzan Ozpetek conquistara a medio mundo con su magnética ópera prima, Hamam, el baño turco (1997). Protagonizada por el vástago de una de las grandes estrellas de la cinematografía italiana, Alessandro Gassman, la cinta embriagaba al espectador a través de un viaje iniciático al corazón de Estambul, donde el joven protagonista quedaba atrapado por la cultura y la sensualidad de la mágica ciudad turca. Desde aquel éxito crítico, el director ha conseguido asentarse como uno de los cineastas más interesantes del panorama europeo, labrándose una más que considerable carrera en la que ha explorado las relaciones humanas en todas sus formas, siendo la homosexualidad un tema especialmente recurrente en su obra, con títulos tan destacados como El hada ignorante (2001), No basta una vida (2007) o Tengo algo que deciros (2010). El drama La diosa fortuna llega a los cines avalado por un enorme éxito comercial en Italia, algo que no es de extrañar, ya que Ozpetek ha sabido, en esta ocasión, confeccionar un producto milimétricamente pensado para ganarse la simpatía del mayor número de público posible. En estrecha colaboración con sus guionistas Silvia Ranfagni y Gianni Romoli, ha creado una trama que, en un primer vistazo, tiene poco de novedosa aunque ha demostrado su infalibilidad en numerosas ocasiones: la de unos adultos emocionalmente inmaduros que, de la noche a la mañana, se ven obligados a hacerse cargo del cuidado de unos niños, circunstancia que, como es de esperar, trastoca sus vidas de una manera imprevisible. Esta fórmula ya la habíamos visto mil veces en la gran pantalla, tanto en tono dramático –Kramer contra Kramer (Robert Benton, 1979)– como más humorístico –Tres solteros y un biberón (Coline Serreau, 1985) y su aún más popular remake norteamericano–, pero hay algo que hace que La diosa fortuna consiga desmarcarse dentro de su subgénero, y es que, lejos de detenerse en las típicas tribulaciones que acarrea educar a dos pequeños que llegan sin avisar, la película se descubre como una profunda radiografía de la pareja protagonista.

    Ellos son Alessandro y Arturo. Llevan juntos más de quince años en los que han pasado por todas las etapas posibles. La pasión, la ilusión, las ganas de renunciar a los propios sueños por estar junto a la otra persona, han dado paso a unos sentimientos más frágiles, de conformismo, rutina, cierta decepción y muchos reproches. Durante todo ese tiempo, han intentado mantener viva la llama llevando una relación de pareja abierta, con ocasionales amantes que entran en su cama, tanto compartidos como de manera individual. La película comienza justamente en un momento en el que la pareja parece tocar fondo, con el descubrimiento de un engaño que se salta las reglas impuestas por ambos, episodio que coincide en el tiempo con la reciente llegada a sus vidas de Annamaria, la mejor amiga de Alessandro. En compañía de sus dos pequeños hijos, Sandro y Martina, la mujer viene a Roma para someterse a unas pruebas médicas por un problema neurológico que puede ser grave y los dos hombres deben ocuparse de los niños durante la estancia de la madre en el hospital. Lo que en principio parece suponer un nuevo contratiempo en la desgastada relación entre Alessandro y Arturo, se convierte en una imprevisible aventura en la que ambos empiezan a reencontrarse, avivando sentimientos que parecían sepultados por el desgaste del tiempo. Lo primero que llama poderosamente la atención de La diosa fortuna es la habilidad con la que Ozpetek pasa del drama más desgarrador a un tono mucho más amable, casi de comedia costumbrista ligera, algo que queda reflejado desde los mismos títulos de crédito iniciales, en los que la cámara recorre las estancias de una elegante mansión repleta de libros, muebles ostentosos y enormes murales en las paredes que asustan por sus macabras pinturas. Los gritos de auxilio de una niña resuenan por los pasillos hasta que la imagen se detiene ante un armario en el que está encerrada. De pronto, la narrativa da un abrupto salto en el espacio y el tiempo para situar al espectador en una animada fiesta en una terraza romana, la de una boda gay en la que un grupo de amigos, entre los que se encuentran los protagonistas, ríe, baila y bebe de manera desenfadada. Es el contraste entre la terrible infancia vivida por Annamaria en su mansión familiar de Palermo, sometida a malos tratos por su madre, una baronesa autoritaria y cruel, y el ambiente de libertad en el que se mueven Alessandro y Arturo en Roma.



    «La diosa fortuna es ante todo una hermosísima historia de amor capaz de sobreponerse a la agonía provocada por todos los embates de la vida, elegantemente servida en imágenes por el director de fotografía Gian Filippo Corticelli y con una selección de canciones que sirven para subrayar las emociones a flor de piel de la narración».


    El nuevo filme de Ozpetek brilla por esa aparente sencillez con la que teje un multicultural microcosmos alrededor de los protagonistas, presentando a personajes secundarios de los más coloristas y entrañables, desde una pareja en la que la esposa cuida con amor a su esposo, víctima de un Alzheimer precoz que le hace olvidar los momentos vividos con rapidez, hasta una chica transgénero llamada Mina (deliciosa Cristina Bugatty), en honor a la admirada diva de la canción, y su madre. Todos ellos sirven de contrapunto luminoso a un relato, el de Alessandro y Arturo, que oscila entre la ternura (los momentos de complicidad, los resquicios de un amor que no se resiste a extinguirse definitivamente) y la amargura, con unos diálogos que muestran, en toda su crudeza, el daño que se pueden hacer dos personas que se han amado con toda el alma después de haberse sentido traicionadas. Steffano Accorsi y Edoardo Leo ponen toda la carne en el asador para resultar creíbles como esa pareja de enamorados que se encuentran en la encrucijada de acabar con tantos años de vida en común o aceptar que en el amor hay diferentes etapas a las que hay que adaptarse para que este sobreviva. Ambos actores, sorprendentemente bien respaldados por los niños Sara Ciocca y Edoardo Brandi, todo un prodigio de naturalidad, entregan unos trabajos sinceros y muy emotivos, que desprenden química en cada gesto, cada mirada y cada línea de diálogo. Por su parte, Jasmine Trinca ilumina la pantalla con su trágico personaje de Annamaria, una mujer generosa que no ha sido correspondida en el amor por los hombres como mereciera. La diosa fortuna es ante todo una hermosísima historia de amor capaz de sobreponerse a la agonía provocada por todos los embates de la vida, elegantemente servida en imágenes por el director de fotografía Gian Filippo Corticelli y con una selección de canciones que sirven para subrayar las emociones a flor de piel de la narración, con mención especial para el nostálgico tema 20 años, cantado por Isaac y Nora. No se trata de una obra redonda, ya que cae brevemente en el trazo grueso durante el pasaje en el palacete de la abuela y en el dibujo que se hace de esta, excesivamente caricaturesco, casi de bruja de cuento, pero compensa esta falta de sutileza con otras muchas escenas que transmiten genuina emoción, especialmente aquella, maravillosa, en la que los protagonistas rememoran el instante en que se vieron por primera vez, cuando Arturo era guía turístico en aquel Santuario de la Fortuna Primigenia de Palestrina y Alessandro acudía como visitante junto a su amiga Annamaria. Cuenta la leyenda que, si dos amantes se miran los ojos fijamente, son capaces de robar sus imágenes para, al cerrarlos después, hacer que lleguen al corazón. De esta forma, estarán juntos para siempre. La historia de Alessandro y Arturo podría ser un vivo ejemplo de ello | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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