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    Crítica: Il Varco

    Jugar a inventar

    Crítica ★★★★☆ de «Il Varco», de Federico Ferrone y Michele Manzolini.

    Italia, 2019. Título original: Il Varco. Título internacional: Once more unto the breach. Directores: Federico Ferrone, Michele Manzolini. Guión: Federico Ferrone, Michele Manzolini, Giovanni Cattabriga. Voz: Emidio Clementi. Productores: Roberto Cicutto, Claudio Giapponesi, Mauro Lepri. Música y sonido: Simonluca Laitempherger. Fotografía: Andrea Vaccari. Edición: María Fantastica Valmori. Compañías productoras: Kiné, Archivo nacional del cine de familia, Instituto Luce Cinecittá, Rai Cinema. Duración: 70 minutos.

    Entre las obras más interesantes del actual cine documental (o etiquetado como tal) la delgada línea que separa ficción y realidad cada vez se difumina más. Existen, y son mayoría, los ejemplos groseros (en el DocsBarcelona hay unos cuantos) que pretenden jugar con el espectador sin inteligencia alguna en su propuesta, con la simple intención de modificar la realidad presentándola convenientemente adulterada. No es el caso de Il Varco, la potentísima creación del dúo Ferrone-Manzolini, que se sitúa en el mismo nivel de riesgo y atracción que la recientemente vista My mexican bretzel, utilizando casi las mismas armas para imaginar una historia, por lo demás muy creíble, a partir de imágenes absolutamente ciertas, que no es lo mismo que veraces, porque la mayoría de las mismas han sido extraídas de reportajes de propaganda fascista durante la campaña rusa de la Segunda Guerra Mundial. Imágenes verdaderas y una voz de narrador que cuenta un largo viaje desde Italia a Ucrania para enfrentarse con la realidad de la guerra. La expectativa de una campaña fácil, el recuerdo amargo de lo vivido en Abisinia frente al inconsciente entusiasmo de los jóvenes reclutas, el martilleo incesante de la vida dejada en Italia cuya recuperación se va haciendo, cada vez, mucho más incierta. El intento, y el logro, de los directores es hacernos partícipes de esa experiencia, inmersión se dice ahora; algo que se consigue mediante una acertada selección de imágenes, una voz hipnótica que nos acompaña y un diseño de sonido acomodado a la perfección al relato inventado.

    Inventado sí, pero no por ello increíble. Lo que parece el diario leído de un suboficial del ejército italiano es una recensión de varios diarios de diferentes soldados enviados al frente, las imágenes que vemos no han sido filmadas por ese fantasma del soldado que nos habla sino por los reporteros de guerra de la propia armada enviados junto a esta para glosar las gestas, estas sí inventadas, de un ejército que por sí solo no hubiera conseguido avanzar ni un kilómetro en territorio soviético; y las imágenes familiares junto con las del recuerdo de la guerra colonial mussoliniana igualmente obedecen a fuentes diversas como los créditos de la película atestiguan. Pese a esta multiplicidad de orígenes, diferentes operadores de cámara, y fines tan diferentes entre unas imágenes y otras, el trabajo de los directores consigue dotarlas de unidad y de un relato homogéneo perfectamente posible. Las sensaciones de fracaso personal acompañan a este narrador desde que el tren inicia su marcha entre banderas, saludos y homenajes. A ese ingrato sabor de la despedida se le une el de la nostalgia por el propio país en cuanto se atraviesan los Alpes para dirigir el largo convoy a través de la Europa central y oriental rumbo a Ucrania como fuerzas complementarias de refuerzo del ejército alemán. El avance hacia el frente ayuda a este soldado, que en realidad son muchos, a ir tomando conciencia no de lo que es una guerra y lo que supone, sino lo que implica encontrarse junto con el bando alemán, que les desprecia, en su tarea de exterminio. Aquí el soldado revive el recuerdo deshumanizador del comportamiento represor del ejército italiano en la campaña de Abisinia, recuerdos mentales a los que los directores incorporan el testimonio cinematográfico de esas mismas cámaras propagandísticas enviadas para fomentar el espíritu nacional de gran país.

    Il Varco, Federico Ferrone, Michele Manzolini.
    DocsBarcelona.



    «La película no es solo este viaje hipotético que muchas personas tuvieron que realizar en realidad; la película montada y sonorizada para hacernos creíble la experiencia de principio a fin, no se olvida del presente. Si el texto se acomoda perfectamente a los rostros que las filmaciones nos van presentando, a las costumbres de los pueblos por los que la tropa expedicionaria se acerca a Ucrania, a los cantos y bailes de los prisioneros soviéticos, pequeños fogonazos en color nos recuerdan que, hoy en día, en los mismos territorios pero ochenta años después, se mantiene la guerra».


    Cuanto mayor es el avance en territorio enemigo, mayor es la sensación de desamparo, de anticipada derrota que va leyéndose en los diarios de ese soldado que representa a todos los demás. La idea de deserción se va haciendo más presente cuanto más evidente es la trampa en la que han caído fruto del invierno, el hambre, la incansable resistencia soviética, inagotable en hombres y material. Y, como fogonazos, el recuerdo de un rostro y un cuerpo femenino iluminado por el sol del verano, las tardes de descanso aprovechando un río trasparente para relajarse; un mundo abandonado al que difícilmente se regresará, y si se consigue, ya no será el mismo porque el propio narrador ha cambiado profundamente. Un relato que, como diario, carece de final. Ya sea porque el escritor no pudo seguir adelante con sus sueños, porque perdió el cuaderno, porque murió, fue apresado, fusilado por desertor; posibilidades todas abiertas y todas factibles, como la de que este relato inventado hubiera sido verdad y nos lo hubiéramos creído sin dudar. Pero la película no es solo este viaje hipotético que muchas personas tuvieron que realizar en realidad; la película montada y sonorizada, para hacernos creíble la experiencia de principio a fin, no se olvida del presente. Si el texto se acomoda perfectamente a los rostros que las filmaciones nos van presentando, a las costumbres de los pueblos por los que la tropa expedicionaria se acerca a Ucrania, a los cantos y bailes de los prisioneros soviéticos, pequeños fogonazos en color nos recuerdan que, hoy en día, en los mismos territorios pero ochenta años después, se mantiene la guerra, el odio, la ejecución gratuita del combatiente enemigo. Ucrania sigue siendo campo de batalla, por motivos diferentes, con oponentes distintos, pero los rostros de los muertos ahora en poco se diferencian de aquellos de los muertos en 1941-1942 en la URSS que filmaron los noticieros Luce para glorificar al mando fascista | ★★★★☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid



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