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    Crítica | El hoyo

    O comes o te comen

    Crítica ★★★★☆ de «El hoyo», de Galder-Gaztelu-Urrutia.
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    España, 2019. Título original: «El hoyo». Director: Galder-Gaztelu-Urrutia. Guion: David Desola, Pedro Rivero. Productores: Ángeles Hernández, Carlos Juarez, David Matamoros. Productoras: Basque Films / Mr Miyagi Films / TVE / ETB / Zentropa International Spain / Eusko Jaurlaritza / ICAA / Consejería de Cultura del Gobierno Vasco / Instituto de Crédito Oficial. Fotografía: Jon D. Domínguez. Música: Aránzazu Calleja. Montaje: Elena Ruiz, Haritz Zubillaga. Reparto: Ivan Massagué, Zorion Eguileor, Antonia San Juan, Emilio Buale, Alexandra Masangkay, Zihara Llana, Mario Pardo, Eric Goode, Algis Arlauskas.

    «Hay tres clases de personas. Los de arriba. Los de abajo. Los que caen». Una voz en off pronuncia estas palabras nada más empezar la película y rápidamente sabremos exactamente qué quiere decir con semejante aseveración. El protagonista, Goreng, se despierta aturdido en un extraño habitáculo, descubriendo que no está solo. Un misterioso compañero, que atiende al nombre de Trimagasi, le informa de que están en el nivel 48 del hoyo, a principio de mes y que pronto descubrirán qué les toca comer, que no es otra cosa que los alimentos que sobren después de haber pasado por las manos de sus vecinos del nivel 47. Las primeras imágenes habían introducido al espectador en una enorme cocina que bien podría ser la de cualquier restaurante de lujo, con numerosos chefs enfrascados en la tarea de confeccionar suculentos platos cuyos destinatarios no tardaremos en descubrir que son los reclusos del hoyo, que esperan, a diario, su ración de comida. Este hoyo es una especie de cárcel futurista compuesta de multitud de niveles, cada uno habitado por dos personas, cuya suerte para conseguir llevarse algo a la boca depende directamente de cuan cerca está su planta de la zona más alta y de la generosidad de las personas que viven sobre sus cabezas. El banquete es servido en una gran plataforma (The Platform es el título, mucho mejor que El hoyo, con el que la película se ha conocido en buena parte del mercado internacional) que baja desde el estrato más alto, permitiendo que los presos se puedan alimentar de todo lo que quieran, siendo sus sobras las que podrán degustar los de más abajo. En esta suerte de Torre de Babel existen, además, otras normas, como la de que cada persona puede acompañarse de un objeto de personal de fuera durante su estancia, o que, pasado un mes de confinamiento, los ocupantes cambiarán aleatoriamente de nivel, ya sea a pisos superiores o a otros más bajos y, por lo tanto, menos favorecidos. Este es el panorama que se dibuja en El hoyo, la distopía futurista que ha aterrizado en Netflix después de su triunfante paso por festivales como el de Sitges, donde se llevó cuatro premios, entre ellos los de mejor película y director novel (Galder Gaztelu-Urrutia), o el de Toronto, del que consiguió traerse para España el Premio del público.

    Lo primero que llama poderosamente la atención de una obra como El hoyo es la precisión con la que está elaborada, a todos los niveles, pese a tratarse de la ópera prima de su realizador. Son inevitables, sin duda, las comparaciones con Cube (Voncenzo Natali, 1997), otra pesadilla distópica en la que un grupo de personas tenía que luchar por escapar de un enorme laberinto cúbico en el que despertaban sin saber cómo habían llegado allí, o con Rompenieves (Bong Joon-ho, 2013), que también mostraba una encarnizada lucha de clases en el interior de un tren que representaba a una descompensada sociedad formada por los supervivientes de la humanidad después de un desastre nuclear, pero el filme de Gaztelu-Urrutia sabe desmarcarse pronto de estas referencias para alcanzar una identidad propia e intransferible. El guion, obra de David Desola y Pedro Rivero, este último uno de los codirectores y autores del libreto de la espléndida cinta animada Psiconautas, los niños olvidados (Alberto Vázquez, Pedro Rivero, 2015), construye una sangrante alegoría política y social en la que, a pesar de su escenario futurista, con una mesa que se desliza en el aire a través de un hueco del centro de cada piso, se reconocen todos los males que azotan a nuestra sociedad. La metáfora no es nada sutil. Las clases altas, representadas en los habitantes de los niveles más elevados, devoran toda la comida que pueden sin detenerse a pensar en los pobres que mueren de hambre más abajo y que dependen, directamente, de aquello que desechen. El egoísmo, la gula, el abuso del poder, son pecados que están presentes en unas personas desprovistas de cualquier tipo de empatía o solidaridad, reducidos a la categoría de animales salvajes que hacen suya esa ley de la selva en la que o comes o te comen. Goreng, que no está prisionero por haber cometido un delito, sino que ingresó por voluntad propia durante un plazo de seis meses para tratar de dejar de fumar, es el personaje con el que el espectador se identifica, ya que asiste horrorizado a una sociedad deshumanizada, tratando de mantener intactos sus valores. Diferentes compañeros de cautiverio le ayudarán, en menor o mayor medida, a llegar a plantearse tomar cartas en el asunto y rebelarse contra la injusticia.

    El hoyo, Galder-Gaztelu-Urrutia.
    Premio a la mejor película del Festival de Sitges.

    «Pocas veces se ha facturado en España una película tan cruel y sádica y que, al mismo tiempo, su mensaje se antoje tan universal, ya que habla de ese desequilibrio económico y social que azota al mundo, con personas a las que les sobra los millones y otras que mueren de hambre en lugares olvidados por los dirigentes políticos».


    Es El hoyo una historia de la que conviene no dar demasiados detalles, con pocos personajes, aunque estos están muy bien definidos y tienen una gran importancia en el conjunto del relato. Iván Massagué realiza una labor extraordinaria en el papel de Goreng, ese Mesías encargado de hacer llegar el mensaje a la Administración, aunque para ello tenga que sumergirse a los niveles más profundos de la construcción. Zorion Eguileor se pone en la piel del rol más enigmático de la función, el primer compañero de celda del protagonista, que siempre responde con un “obvio” a todas sus preguntas, mientras que Una sensacional Antonia San Juan y Emilio Buale ofrecen las pocas notas de humanidad que sobreviven dentro de un hábitat tan corrompido y negro, sobre todo la primera en el papel de una antigua trabajadora de la Administración reconvertida en habitante del hoyo, luchadora incansable por la solidaridad y hacer ver al resto de la gente que hay que compartir la comida para que todos puedan alimentarse en las mismas condiciones. El hoyo ofrece una visión muy pesimista y visceral (literalmente) de la sociedad, mostrando la peor cara del ser humano en un espectáculo no apto para paladares sensibles. Sus responsables no han escatimado en violencia explícita (incluso gore) y escatología para conseguir su objetivo de revolver, no solo estómagos, sino, también, conciencias. Pocas veces se ha facturado en España una película tan cruel y sádica y que, al mismo tiempo, su mensaje se antoje tan universal, ya que habla de ese desequilibrio económico y social que azota al mundo, con personas a las que les sobra los millones y otras que mueren de hambre en lugares olvidados por los dirigentes políticos. Además de su valía como reflejo de una realidad, El hoyo es una película técnicamente impecable, que ha sabido exprimir cada euro de su presupuesto para hacer alarde de un acabado formal más que digno. La dirección artística, con esos habitáculos fríos y minimalistas, los efectos especiales y una fotografía de Jon D. Domínguez que consigue crear la sensación de claustrofobia requerida son algunas de las cartas ganadoras del director para que este trabajo funcione, más allá de su condición de crítica social, como perturbadora experiencia de ciencia ficción que tiene mucho más que decir que la mayoría de superproducciones con millones de dólares detrás | ★★★★☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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