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    Crítica | Solo nos queda bailar

    Danzad, malditos

    Crítica ★★★★★ de «Solo nos queda bailar», de Levan Akin.

    Suecia, Georgia, 2019. Título original: Da cven vicekvet. Dirección: Levan Akin. Guion: Levan Akin. Productores: Ketie Danelia, Mathilde Dedye. Compañías productoras: AMA Productions / RMV Film / Inland Film / French Quarter Film / Takes Film. Música: Zviad Mgebry, Ben Wheeler. Fotografía: Lisabi Fridell. Montaje: Simon Carlgren, Levan Akin. Diseño de producción: Teo Baramidze. Reparto: Levan Gelbakhiani, Bachi Valishvili, Ana Javakishvili, Giorgi Tsereteli, Tamar Bukhnikashvili, Marika Gogichaishvili, Kakha Gogidze, Levan Gabrava, Ana Makharadze, Nino Gabisonia, Mate Khidasheli, Aleko Begalishvili, Nia Gvatua, Lucas Hesling, Ketie Danelia, Giorgi Aladashvili. Presentación oficial: Quincena de Realizadores de Cannes. Duración: 106 minutos.

    Levan Akin, director de las irregulares Certain People (2011) y El círculo (2015), nació en Estocolmo en 1979, pero es hijo de inmigrantes georgianos y sigue fuertemente ligado a la cultura de sus antepasados. De ahí que la que es de lejos su mejor película hasta la fecha, Solo nos queda bailar, sea ante todo georgiana aun representando a Suecia en los Oscars (que triste y finalmente no la nominaron). Es más, con perdón de Mandarinas (Zaza Urushadze, 2013), que sí logró la candidatura pero no en representación de Georgia, sino de Estonia, estamos ante la producción georgiana más popular de la historia, que por un lado se dice pronto y, por otro, no es decir mucho. Sobre el papel estos trabajos, ambos excelentes, son completamente diferentes. Así, Solo nos queda bailar es un romance contemporáneo entre dos bailarines, mientras que Mandarinas nos traslada a 1990, al corazón del conflicto bélico georgiano, de la mano de un estonio enfrentado a una situación imposible cuando dos soldados de bandos opuestos caen heridos ante sus ojos. Hay, sin embargo, varios puntos de encuentro: para empezar, la apuesta absoluta por el naturalismo, aun cuando evidentemente el título que nos ocupa es mucho más vistoso y folclórico, casi un musical; para seguir, y esto es más importante, encontramos un evidente llamamiento a la tolerancia entre rivales que, en el fondo, son iguales, sean estos enemigos en un conflicto bélico forzados a entenderse o aspirantes a ser el mejor bailarín encuadrados a su vez en la muy dañina guerra entre el amor y la homofobia. El interés por la tradición histórica y la necesidad de encontrar un nexo entre culturas e identidades constituyen, de hecho, la clave tanto de estas películas como de buena parte de la filmografía georgiana, y, en el caso de Solo nos queda bailar, son latentes, claro está, en las escenas de baile, desde el característico atuendo hasta los marchosos movimientos, un contexto donde los protagonistas se permiten explorar su homosexualidad como rara vez se les permite en el mundo real. Solo bailando logran ser ellos mismos; de ahí que, tal y como reza el título, solo les quede bailar. Pero no entremos ahí todavía.

    Desde su presentación en Cannes, esta historia de amor entre bailarines de la Compañía Nacional de Danza de Georgia ha agitado la homofobia del país donde se ambienta, que curiosamente se cuenta entre los pocos ex miembros de la Unión Soviética que prohíben la discriminación de la comunidad LGTB (pero sin contemplar el matrimonio igualitario, lo que no deja de ser tan irónico como revelador). Así, grupos cristianos y ultraderechistas se manifestaron en contra del estreno en el cine Amirani de Tiflis (ciudad donde, por cierto, acontece la cinta) y, no logrando frenarlo, optaron por quemar banderas arcoíris y lanzar cohetes que hirieron a varios asistentes. La situación, digna de la Edad Media, se repitió en varios pases más, lo que pone de manifiesto la importancia de una obra que, sin que sirva de precedente, sí debe valorarse más allá de los términos estrictamente cinematográficos. Claro que tampoco hace falta recurrir al tópico del “cine valiente y necesario” para encumbrarla: no hay un sólo elemento de Solo nos queda bailar que no brille por sí solo, sirviendo cualquiera de los cuidados planos secuencia para evidenciar la perfecta cohesión entre todos ellos. Levan Gelbakhiani y Bachi Valishvili, ambos debutantes, encarnan respectivamente a Merab e Irakli, compañeros y rivales entre los que va surgiendo una atracción inevitable que pondrá patas arriba tanto su mundo como el de quienes los rodean: familiares, amigos, profesores, la sociedad en su conjunto. El jovencísimo Gelbakhiani, que consiguió la única candidatura recibida por el filme a los Premios de Cine Europeo, recuerda al ya icónico Timothée Chalamet de Call Me by Your Name (Luca Guadagnino, 2017) tanto por su físico como por su vulnerabilidad, siendo a través de sus muy expresivos ojos cómo se cuenta la historia: en ellos vemos crecer el enamoramiento y el deseo, con la conservadora sociedad como freno y la propia aceptación como meta. De hecho, buena parte de la puesta en escena gira en torno al arte de mirar, ser mirado... y dejar de serlo: como espectadores, observamos en silencio al tímido Merab y el más carismático Irakli (que podría a su vez conectarse en muchos aspectos con el atractivo pero traicionero Armie Hammer del clásico LGTB recién mencionado), siguiendo sus miradas en busca de esas ganas de besarse que, intuimos, luchan por abrirse paso.

    Da cven vicekvet, Levan Akin.
    Representante de Suecia en los Oscars 2020 que estrena en España Avalon.

    «Tanto en su retrato costumbrista de la vida en la capital georgiana como en sus entregadas interpretaciones y su elegante realización, Solo nos queda bailar destila verdad y suficientes ganas de mejorar el mundo como para hacerlo».


    El trabajo de la pareja protagonista es honesto, valiente y luminoso, tanto en las confrontaciones con el resto de personajes, sean estas afectuosas o coléricas, como durante los hipnóticos momentos de baile, los cuales, además de ser muy sugerentes por sí solos debido al exotismo que acarrean, están brillantemente interpretados, filmados y editados, yendo además siempre más allá del propio espectáculo. Decíamos que Solo nos queda bailar es casi un musical y lo cierto es que, atendiendo a la principal característica del género, que no es otra que el empleo de los momentos musicales para hacer avanzar la trama, bien podríamos quitar el “casi”. Y es que es innegablemente a través del baile como se confirman los sentimientos de los personajes: en la primera escena, un grupo de bailarines que aún desconocemos se mueve al son de la música sin imaginar lo que les espera; en la última, el maravilloso Merab, ya en solitario, confirma cuánto ha evolucionado, como profesional y como persona, prescindiendo de una vez por todas de esa manía de “masculinizarse” en ambos ámbitos; entre medias, lo hemos visto bailar con suma confianza con su amiga de toda la vida (su principal, quizá único, apoyo); sensual pero contenidamente con Irakli, el objeto de su deseo, y, agotado física y emocionalmente, en solitario, hasta las últimas consecuencias. Gimnástica y casi militar, la danza georgiana es perfecto símbolo tanto del conservadurismo como de la masculinidad tóxica, pero, como sucede a menudo con los deportes y las artes, de ella brota un homoerotismo involuntario, de forma que es justo cuando técnicamente más fieles están siendo Merab e Irakli a lo que se espera de ellos cuando más lo son en realidad a sus propios impulsos, al amor prohibido que los une. Folclore georgiano aparte, no puede decirse que el guion, firmado por el propio Akin, sea muy original como retrato de iniciación: todo se desarrolla más o menos como esperamos, en especial a lo largo del esquemático y hasta melodramático tercer acto. Pero lo cierto es que nada de eso importa demasiado: tanto en su retrato costumbrista de la vida en la capital georgiana como en sus entregadas interpretaciones y su elegante realización, Solo nos queda bailar destila verdad y suficientes ganas de mejorar el mundo como para hacerlo | ★★★★★


    Juan Roures |
    © Revista EAM / LesGaiCineMad, Madrid


    Festival de Cine Alemán

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