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    Crítica | No creas que voy a gritar, de Frank Beauvais

    Autorretrato sin rostro

    Crítica ★★★☆☆ de «No creas que voy a gritar», documental dirigido por Frank Beauvais.

    Francia, 2019. Título original: Ne croyez pas surtout que je hurle. Dirección y guión: Frank Beauvais. Edición: Thomas Marchand. Sonido: Matthieu Deniau, Philippe Grivel, Olivier Demeaux. Productores: Justin Taurand, Michel Klein, Matthieu Deniau, Philippe Grivel. Compañías productoras: Les films du Bélier, Les films Hatari, Studio Orlando. Premiére en la sección Forum de la Berlinale 2019. Duración: 75 minutos.

    Fagocitar la imagen ajena en beneficio del propio relato es lo que Frank Beauvais utiliza para construir Ne croyez surtout pas que je hurle, primer largometraje del director francés reciente ganador del festival Novos Cinemas de Pontevedra, que funciona, más que como cine documental, como un diario personal, un recorrido por una experiencia vital de seis meses en los que, lo particular de su historia, no elude la cercanía al momento sociopolítico vivido en la Francia del año 2016. Del mismo modo que nadie discute que la literatura no es sólo la novela, el término “documental” parece anteponerse al titulo de la obra para advertir al espectador que se trata de algo diferente a una película, cuando todas son cine. Cuestión diferente es que a todos los espectadores les guste todo lo audiovisual, como no a todo lector le gusta la poesía, el relato de viajes o el ensayo aunque le apasione la novela. Todo es cine y todo merecería el mismo trato, y el mismo rigor, a la hora de ser valorado como una manifestación artística apreciable por igual. Frente al discurso, también vomitado por el político de turno, que habla del cine como lugar de diversión y esparcimiento, es decir, como equivalente de un lugar para no pensar; hay que defender la necesidad de la manifestación cultural como vehículo para articular el pensamiento crítico. Como ya se quejaba Jonas Mekas parece que la crítica está imposibilitada para valorar el cine-ensayo o el cine-poesía, permanentemente excluídos del análisis como si fueran un refugio para minorías vergonzantes, algo que termina trasladándose al espectador.

    El hilo conductor de la película de Beauvais es su crisis personal; una ruptura amorosa le sume en un estado depresivo acrecentado por la necesidad económica, el paro, la muerte repentina de un padre con el que no existía un gran afecto y la huida de la gran ciudad para refugiarse en una pequeña localidad de Alsacia. Beauvais se convierte en un eremita contemporáneo sin aspiraciones místicas ni religiosas. Su encierro voluntario es más prosaico. Igual que la sociedad francesa queda paralizada con la sucesión de atentados de 2015 y 2016, Beauvais se sumerge en ese estado de letargo, de manera consciente, y sin voluntad de enfrentarse racionalmente a las adversidades cotidianas. El refugio que se construye, más utilizado como un narcótico que como una necesidad de abarcar cuantas más obras mejor, es el cine en casa. Cuatrocientas películas en seis meses será la medicación que el director se autoprescribe para que esa temporada discurra de manera automática. Un frenético ritmo de descargas y compras, unido a horas seguidas pegado a la pantalla, hacen de las horas de vigilia algo más soportable. Quien piense que el documental muestra en imágenes esa sucesión de monotonía se equivoca, la novedad radica en servirse de las obras de otros para mostrar esa deriva existencial. Precisamente de los cuatro centenares de filmes vistos durante ese medio año obtendrá Beauvais el material visual necesario para cubrir los 75 minutos de metraje de su obra.

    Lo acertado (que no original) surge de ese uso de escenas de las obras vistas para acompañar el texto que relata sus experiencias. Uniendo breves tomas del espacio físico de esa casa en la que el director se encierra, los fotogramas van creando la sensación mental de corresponder con lo que la palabra va contando, aunque la realidad sea muy divergente. Texto e imagen se mezclan en nuestro cerebro como si quisieran formar una unidad, pero sucesivas revisiones permiten determinar que no, que es la palabra la que termina condicionando el relato y hacernos pensar que asistimos a “una película”, no que “la película” se forma por el uso de la palabra. La disociación de texto e imagen no es tampoco nueva ni original, aunque suene novedosa por su escasa difusión y menor aceptación. Entre el cine más reciente que recuerdo, Transeúntes de Luis Aller sería un ejemplo notable, como lo es el siempre moderno cine de Godard, salvo que éste sí que tiene mucho más presente que su obra fílmica pretende trascender la literalidad de la imagen y la literalidad del texto para crear un verdadero discurso poético-político-filosófico. Pero más allá de Histoire(s)du cinema, Film socialisme o la última Le libre d,image, el cine francés de los 60 ya enseñó este camino propuesto por Beauvais, el cine de Marker, Débord, Duras, Robbe-Grillet, no está tan alejado de lo que ahora presenciamos en Ne croyez surtout pas que je hurle, salvo que en ésta el material es usurpado de otras obras. Cómo consigue Beauvais engañarnos con el material audiovisual es un valor añadido de la película. Correspondan, o no, las imágenes a aquello que nuestro cerebro procesa condicionado por la palabra, el uso de escenas muy difíciles de reconocer en su procedencia, y la omisión de rostros y cuerpos reconocibles de actores, facilitan la sensación inmersiva de asistir a imágenes filmadas por el director y no reutilizadas, permitiendo seguir un relato a la par discursivo y visual en el que quedan de manifiesto las sensaciones de hastío, rabia, impotencia, manipulación, miedo, inseguridad, desamparo. Que el artista evolucione en su forma de relacionarse, que vaya abriendo su cerrado universo para recuperar la normalidad, resulta intrascendente, lo importante es el desnudo existencial anclado a un período de tiempo muy concreto. Del resto podemos prescindir; de las interpretaciones pre y post depresión, incluso del cine como herramienta de escape, lo que hace de la película un interesante objeto de reflexión es su contexto, no las soluciones ni los ejemplos. De ese contexto personal del que cada uno puede obtener cantidad de preguntas sobre la evolución autodestructiva de la sociedad europea | ★★★☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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