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    Crítica | Star Wars: El ascenso de Skywalker

    La historia galáctica que nunca quiso ser contada

    Crítica ★★☆☆☆ de «Star Wars: El ascenso de Skywalker», dirigida por J. J. Abrams.

    Estados Unidos, 2019. Título original: Star Wars: The Rise of Skywalker. Dirección: J. J. Abrams. Guion: J.J. Abrams, Chris Terrio (Personajes: George Lucas. Historia: Chris Terrio, J.J. Abrams, Colin Trevorrow, Derek Connolly). Productoras: Lucasfilm, Bad Robot, Walt Disney Pictures. Fotografía: Daniel Mindel. Montaje: Maryann Brandon, Stefan Grube. Música: John Williams. Diseño de producción: Rick Carter, Kevin Jenkins. Vestuario: Michael Kaplan. Reparto: Daisy Ridley, Adam Driver, John Boyega, Oscar Isaac, Kelly Marie Tran, Joonas Suotamo, Domhnall Gleeson, Ian McDiarmid, Carrie Fisher, Anthony Daniels, Keri Russell, Billie Lourd, Lupita Nyong'o, Billy Dee Williams, Naomi Ackie, Richard E. Grant, Dominic Monaghan, Freddie Prinze Jr., Greg Grunberg, Jimmy Vee, Denis Lawson, Richard Bremmer, Amir El-Masry, Dave Chapman, Harrison Ford, Mark Hamill, Nasser Memarzia, Simon Paisley Day, Brian Herring, Philicia Saunders, Lin-Manuel Miranda, Jodie Comer, Billy Howle, Warwick Davis, Cailey Fleming, Ann Firbank, John Williams. Duración: 141 minutos.

    Es difícil evaluar una película como Star Wars: El ascenso de Skywalker sin dejarse influir por lo que significa para tantas personas. Claro que tampoco tendría sentido hacerlo: no estamos ante una película cualquiera de Star Wars, sino ante el final aparentemente definitivo, si no de la saga como tal (que, en manos de Disney, tiene aún mucha guerra que dar), sí del importantísimo capítulo que corresponde a la familia Skywalker: Anakin y Padmé en las precuelas (1999-2005), Luke y Leia en los episodios clásicos (1977-1983) y Kylo y Rey en los, por así decirlo, reboots encubiertos (2015-2019), que constituyen la primera trilogía que no ha contado con la supervisión de George Lucas y es, por tanto, ajena a su imaginario pese a nutrirse de él. El episodio que nos ocupa, el IX, da comienzo justo donde nos dejó Los últimos Jedi (2017), con el que Rian Johnson enamoró a la crítica pero enfadó a más espectadores aún que La amenaza fantasma (George Lucas, 1999). Dichas reacciones, que son injustas y exageradas pero en absoluto incoherentes, se deben a la libertad que su creador, que por cierto triunfa actualmente con la desenfadada Puñales por la espalda, se tomó a la hora de retratar esa galaxia imaginaria que ha sido durante décadas una segunda casa para tanta gente. Curiosamente, El despertar de la Fuerza (2015), de J. J. Abrams, fue criticada por traspasar la fina línea que separa la fidelidad del plagio y su continuación, por todo lo contrario: por desviarse en exceso de los códigos de la franquicia, jugando con las posibilidades de ese campo de energía metafísico que impregna el universo galáctico conocido como Fuerza de un modo aún más desconcertante que la entrada en juego de los midiclorianos en la recién mentada precuela. Pues bien, el título que nos ocupa, levantado nuevamente por J. J. Abrams, constituye una fusión de ambos caminos creativos que a priori se antoja perfecta pero sólo puede categorizarse a posteriori de error, nunca mejor dicho, astronómico: por un lado, se ha vuelto a la cobardía en la que el estudio Disney, atemorizado por el recibimiento de las precuelas, cayó con la primera película; por otro, se han tomado una vez más decisiones narrativas y estilísticas que podrían tener cabida en otro universo pero no así en este. Y es que recordemos que, como la Tierra Media de J. R. R. Tolkien o la Narnia de C.S. Lewis, la galaxia sin nombre de Star Wars trasciende el estatus de localización fantástica para devenir mitología, con sus seres, sus leyes y, claro, su dios creador, que hasta ahora era George Lucas y, de pronto, es una multinacional sin alma para la que la prioridad es indudablemente financiera. No seamos injustos: ni Abrams ni Johnson, que han probado con creces sus dotes como cineastas en otras ocasiones, son culpables del fracaso de una trilogía que, claro está ya, nació sin un verdadero propósito narrativo. Y El ascenso de Skywalker, capítulo final, no ha hecho sino pagar las deudas, de la misma manera que la hecatombe de la octava temporada de Juego de Tronos llevaba cociéndose desde que los libros del visionario George R. R. Martin dejaron de servir de base.

    J. J. Abrams, que convirtió la muy esperada El despertar de la Fuerza en un remake de la canónica La guerra de las galaxias (George Lucas, 1977), ha hecho como si la arriesgada Los últimos Jedi no existiera, corrigiendo sus supuestos errores y retomando el espíritu que, en teoría, corresponde a la saga. El resultado, cobarde y absurdo como él solo, se queda en tierra de nadie: sorprende más que las dos películas previas gracias básicamente a que ya no había nada que calcar —no nos engañemos: Los últimos Jedi, aunque más arriesgada, no dejaba de ser una mezcla de El imperio contraataca (Irvin Kershner, 1980) y El retorno del Jedi (Richard Marquand, 1983)—, pero lo hace por regla general para mal, desviándose una vez más de la coherencia pero, esta vez, sin motivación autoral alguna más allá de contentar a unos fans a los que se tiende a despersonalizar, como si existiera realmente un modelo concreto de espectador en busca de un modelo concreto de obra audiovisual. Al final, buena parte de dichos fans se ha llevado las manos a la cabeza, el público medio se ha limitado a pasar el rato y la crítica se ha aburrido, lo que convierte esta obra en el mayor tropiezo de tan irregular franquicia. Pero, ¿es tan terrible El ascenso de Skywalker? Realmente no, aunque sí es el triste resultado de un cúmulo de malas decisiones que, como ya se ha dicho, no se limitan a esta película sino que nacieron con la propia concepción de la trilogía que la alberga. Ejemplo perfecto de ello es el regreso de Palpatine (de nuevo encarnado por Ian McDiarmid), que, además de ser perezoso y abracadabrante, confirma que nada de lo acontecido, y luchado, en las películas anteriores fue útil: vale que con su reaparición se retoma una cuestión introducida por el propio Lucas en La venganza de los Sith (2005), esa capacidad del Lado Oscuro de devolver la vida que llevó a Anakin Skywalker a caer en él, pero no es menos cierto que se pierde así el cierre perfecto del dramático recorrido de dicho antihéroe. ¿Y qué decir del ninguneo al personaje de Rose Tico, por el que la actriz asiática Kelly Marie Tran recibió un sinfín de ataques personales que la llevaron a abandonar las redes sociales? Pues que tristemente los acosadores cibernéticos han ganado esta batalla: la primera heroína no caucásica de la saga apenas hace acto de presencia en esta cinta, que la convierte en fondo de escritorio sin explicación alguna e incluso da a Finn (un John Boyega siempre a medio gas), de quien ella se despidió con un beso en la película anterior, un nuevo interés romántico, una amazona sin desarrollo alguno cuya introducción mata dos pájaros de un tiro al erradicar también todo rastro de homoerotismo entre él y Poe Dameron (Oscar Isaac, el intérprete más carismático de la trilogía), a quien, por si acaso, se da también una examante despechada que, nuevamente, carece de interés más allá de un tímido alegato feminista. O sea que Disney no sólo ha renunciado a dar a la comunidad LGTB la pareja galáctica que pedía, sino que ha eliminado además toda ambigüedad, ofreciendo un beso lésbico entre personajes que no llegan a secundarios como irrisoria compensación.

    Star Wars: The Rise of Skywalker, J.J. Abrams.
    Reciclando mitos.

    «Ni Abrams ni Johnson, que han probado con creces sus dotes como cineastas en otras ocasiones, son culpables del fracaso de una trilogía que, claro está ya, nació sin un verdadero propósito narrativo. Y El ascenso de Skywalker, capítulo final, no ha hecho sino pagar las deudas».


    ¿Y qué decir de Leia (antaño princesa, ahora generala, nunca Jedi), la única de los tres protagonistas clásicos que seguía con vida? Pues que, considerando que la gran Carrie Fisher falleció antes del rodaje y no se ha recurrido al Lado Oscuro, ni a la tecnología digital, para traerla de vuelta, pocas pegas pueden ponerse, pero lo cierto es que sus apariciones se antojan frías y forzadas: no hay vida en sus ojos porque realmente no está interactuando con quienes se nos pretende hacer creer, consistiendo todo su arco en una serie de apariciones inconexas que hacen pensar en uno de sus muñecos a los que, tirándose de un cordel, se extrae un número limitado de frases estándar. Por no hablar del sentimiento agridulce que su presencia despierta en el público, que sigue de luto y es consciente en todo momento de la magia cinematográfica que hay detrás. No podía hacerse El ascenso de Skywalker sin ella, pero difícilmente puede alabarse el resultado, donde probablemente encontremos además parte de la culpa de que el guion se antoje tan frágil. Por momentos, de hecho, parece que ni siquiera haya tal cosa, siendo chocante descubrir la firma de Chris Terrio, que ganó el Oscar por Argo (Ben Affleck, 2012), junto a la del propio J. J. Abrams, quien, con Misión imposible 3 (2006) y Star Trek (2009), revitalizó dos de las franquicias más populares de todos los tiempos pero sigue siendo bastante mejor realizador que guionista (sólo hay que ver lo impactantes que resulta a menudo la puesta en escena del trabajo que nos ocupa, fuertemente crepuscular, pese al absurdo que, valga la redundancia, escenifica). Pisándose los pasos como si la galaxia fuera del tamaño de D-O o Babu Frik (únicos personajes nuevos de interés, por cierto), héroes y villanos corren de un lado para otro, resolviendo problemas que sólo llevan a nuevos problemas hasta desembocar en una resolución tan acelerada como inverosímil que, habiendo seguido los ocho filmes anteriores (diez si se tienen en cuenta los infravalorados spin-offs), resulta imposible de aceptar. Entremedias hay galopantes escenas de acción, envolventes localizaciones y simpáticas criaturas, pero nada de ello conlleva motivación alguna más allá de una efímera fascinación que, eso sí, no debe menospreciarse. Y es una pena, porque Rey (perfecta Daisy Ridley), protagonista indiscutible de la tercera trilogía y, esta vez sí, incontestable símbolo feminista, merecía un destino mejor, al igual que su ambigua relación con el ambivalente Kylo Ren (Adam Driver, intérprete de moda que brilla bastante más en el cine independiente) podría y debería haber dado lugar a una narrativa cautivadora y, sencillamente, no lo ha hecho. Porque, una vez más, se parte de un planteamiento absurdo que se retrotrae al episodio VII y era ya difícil de enmendar: que Rey, conociéndose su identidad, entrara en escena así como así es una casualidad gratuita que, aun calcada, en nada puede compararse al modo en que Luke lo hizo en su día, al igual que el interés de Kylo Ren por el Lado Oscuro difícilmente puede explicarse haciendo referencia al caso de Darth Vader. No dejan de ser copias de grandes personajes del pasado sacadas de contexto, al igual que la trilogía que nos ocupa lo es de la clásica, la cual por un lado echa por tierra y por otro insta a valorar más que nunca. La guerra de las galaxias, El imperio contraataca e, incluso, El retorno del Jedi sencillamente eran demasiado especiales, hijas de otro tiempo.

    «Ni los mejores personajes, ni los efectos visuales más elegantes, ni siquiera la realización más alegórica, pueden paliar los efectos de una historia que nunca quiso ser contada».


    Al final, la mayor baza de esta película en particular y esta trilogía en general es ese progresismo que, aunque en el fondo siempre estuvo presente (ni Leia ni Padmé eran de esperar sentadas), cobra más fuerza que nunca, y no sólo por sus personajes femeninos, sino también por los mayores, los no caucásicos y los sexualmente ambiguos. A fin de cuentas, como se ha señalado, los protagonistas son una mujer, un afroamericano y un latino, resultando la amistosa relación entre ellos (todos huérfanos necesitados de cariño, pero también de nuevos maestros, un refuerzo al peso de los emblemáticos Luke, Leia y Han Solo, en cuya vejez y sabiduría más de uno se verá reflejado) uno de los elementos más disfrutables de estas tres películas, sólo explotado en la última al confluir por fin sus destinos. Anteponer la a menudo infravalorada amistad a todo lo demás podía haber servido a esta trilogía para marcar la diferencia, ya que los héroes de las dos anteriores (siempre tres, siempre jóvenes, siempre dos hombres y una mujer) estaban unidos por lazos románticos y familiares. Pero no ha sido así, y todo por ese empeño tan Disney de ofrecer un innecesario interés amoroso a todos y cada uno de ellos, como si la amistad y las ganas de cambiar el mundo no bastaran para sostener una obra. Entretanto, se fuerza a la lágrima fácil desde C-3PO y R2-D2, únicos héroes presentes en los nueve episodios al ser robots inmunes a la muerte, desaprovechando (por suerte no del todo) sus archiconocidas cualidades cómicas en pos de frases (o pitidos) sentimentalistas que nunca fueron necesarios en el pasado y verdaderamente siguen sin serlo. Perdónese la insistencia, pero ni los mejores personajes, ni los efectos visuales más elegantes, ni siquiera la realización más alegórica (que por momentos lo es), pueden paliar los efectos de una historia que nunca quiso ser contada. Sin pretenderse hacer leña del árbol caído, hay que decir también que el retorno de Billy Dee Williams como Lando Calrissian carece de explicación más allá de la nostalgia y que la banal omnipresencia de Chewbacca, encarnado por el jugador de baloncesto finlandés Joonas Suotamo en sustitución del recientemente fallecido Peter Mayhew, remite una y otra vez a la cruel descripción que de él hizo Leia en su día: alfombra con patas. Suerte, eso sí, que hay alguien velando por la auténtico emoción y, sobre todo, la continuidad narrativa: el maestro John Williams, quien, por novena, y probablemente última, vez pone alma a esa galaxia muy, muy lejana que siempre ha bastado un par de notas musicales para evocar, fusionando temas viejos y nuevos para dotar a viejos y nuevos héroes y lugares de esa trascendencia que los demás elemento no han logrado alcanzar. Es gracias a ello que la escena final se antoja tan simbólica y hermosa, dejándonos, pese a todo, con el corazón conmovido. Porque en la melancolía de esa imperecedera partitura confluyen cuatro décadas de sueños en una galaxia que, nos guste o no, sigue en proceso de expansión | ★★☆☆☆


    Juan Roures |
    © Revista EAM / Madrid


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