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    Crítica | Los niños del mar

    Los infinitos descubrimientos del océano

    Crítica ★★★★☆ de «Los niños del mar», dirigida por Ayumu Watanabe.

    Japón, 2019. Título original: 海獣の子供 | Kaijû no kodomo. Dirección: Ayumu Watanabe. Guion: Hanasaki Kino (basado en el manga de Daisuke Igarashi). Productoras: 3B Productions / Bun-Buku / MI Movies / France 3 Cinéma. Música: Joe Hisaishi. Reparto (voces): Mana Ashida, Hiiro Ishibashi, Seishû Uragami, Win Morisaki. Duración: 110 minutos.

    Hay un componente esencial del cine y es que en pantalla se puede recrear cualquier tipo de idea, percepción o narración, que abstractamente solo existe en la mente de su creador pero que una vez guionizada, rodada y montada cobra cuerpo o al menos imagen delante de todos sus espectadores. Al ser el cine un arte que reúne varias de sus manifestaciones anteriores permite así dar rienda suelta con mayor riqueza a nuestra imaginación. Y esto se acentúa en la animación, pues hay total libertad de creación desde el dibujo, sin elementos preexistentes. Pueden entonces plasmarse formas inéditas, muy distintas de la realidad por la que, al fin y al cabo y pese a su manipulación, se mueven los actores de carne y hueso. Es entonces paradójico que buena parte de la animación moderna intente asemejarse cada vez más a esa realidad y sea alabada por ello. El grado de detalle con que se recrean desde los paisajes urbanos o campestres hasta las facciones de los personajes exige una labor tan ardua como meritoria, invirtiendo mucho tiempo e implicando a multitud de manos con el lápiz o el teclado y a muchos ojos frente al ordenador o el papel, todo ello para lograr un resultado lo más distintivo y a la vez fidedigno posible. Centrándonos en la animación japonesa, no se alcanza el trazo perfeccionista de la computación occidental, pero se pueden recrear mejor determinadas anomalías ambientales o íntimas. También es cierto en cualquier caso que en toda película de anime los personajes tienen rasgos muy distintos entre el primer plano y los planos más generales, pues en estos últimos apenas si su cara más imprecisa presenta un par de ojos y un leve contorno de la parte inferior.

    En Los niños del mar, nuevo ejemplo de esta progresión de la animación en general y del anime en particular, en los planos abiertos o descriptivos el detalle es maravilloso, ya sea de la arquitectura urbana o de la propia naturaleza. Son especialmente llamativos en este sentido recurrentes planos del puerto donde se ambienta buena parte de la acción, con los barcos de pesca amarrados y ondulando a la par que las olas; o del propio fondo marino, con toda su vida interna en profundidad cuya textura es tan fluida como consistente. Por su parte, los primeros planos de los personajes se nos aparecen con mayor énfasis del habitual en las imperfecciones y ondulaciones de la piel, pero el efecto más que de mayor definición es de cierta extrañeza. Y esto se corresponde con la trama de una película caracterizada por la ambigüedad y el misterio, partiendo de nuestra joven protagonista que durante las vacaciones de verano, en una pequeña ciudad costera, se encuentra con otros dos jóvenes que han crecido literalmente dentro del mar, por lo que tienen un organismo (que no una fisonomía) a medio camino entre el ser humano y el animal acuático. El mayor de estos dos muchachos es el más etéreo, de destino aciago y solitario, mientras que con el más joven la heroína inicia una relación donde se mezclan varios sentimientos, y en este caso su destino será compartido. Antes de llegar al mismo la historia se desvía hacia otros personajes secundarios de escasa relevancia, como los padres de la protagonista, y va incorporando ese mensaje mitológico que liga las experiencias cotidianas a un origen fantástico, en este caso en concreto el que conecta las estrellas con el mar, y entre medias a los seres humanos o no tan humanos que contemplan ambos fenómenos.

    海獣の子供, Ayumu Watanabe.
    Magia bajo el océano.

    «Ese tercer acto […] eleva a esta cinta por encima de toda expectativa, no tanto por dar sentido a las complejidades o más bien lagunas narrativas anteriores como por absorberlas todas ellas gracias al apabullante espectáculo de luces y colores que de repente presenciamos».


    El problema es que en esa evolución narrativa se sacrifica la consistencia de las propias motivaciones personales, en favor de esa visión imaginativa más amplia pero también más difusa… al menos hasta el tercer acto del metraje. Hasta entonces probablemente el espectador se haya sentido más atraído, incluso emocionado, por ese detalle visual al que nos referíamos que por las propias acciones de sus referentes, porque parecen hiladas con torpeza y confusión. Pero estas en realidad se pueden interpretar como señales de ese enigma intencionado que persigue la cinta de Watanabe, por cierto con un guion basado como casi siempre en el anime en un manga, por lo que da la sensación de que se han tomado solo los elementos esenciales de este último como excusa para construir un largometraje cuyo interés es antes técnico que dramático. Sin embargo se va advirtiendo una mayor correspondencia entre esa estructura dramática algo opaca e incluso errática y la imagen con que se proyecta, pues pese a su luminosidad minuciosa esta incorpora de súbito destellos más primitivos, en concreto en algunos planos cerrados de la protagonista que se convierten en primerísimos primeros planos gracias a rápidos zooms, y entonces sus rasgos faciales pierden la definición a la que aludíamos para quedarse casi en un esbozo, pero esta vez por representarse como un simple dibujo con lápiz negro. Es oportuno detenerse en este ejemplo porque anticipa el giro visual de ese tercer acto, que es el que eleva a esta cinta por encima de toda expectativa, no tanto por dar sentido a las complejidades o más bien lagunas narrativas anteriores como por absorberlas todas ellas gracias al apabullante espectáculo de luces y colores que de repente presenciamos. La mejor comparación sería la temprana secuencia de El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick) donde se nos mostraba el origen del universo y de la Tierra. Empero en este caso se abandona todo afán de verdadera correspondencia con la realidad para permitir que se sucedan sin límites imágenes a veces identificables y otras veces no, pero en todo caso bellísimas y dotadas de un ulterior propósito, como es manifestar con nuevas formas el sustrato también novedoso que podía derivarse de este relato. Quizá entonces era necesario construir de forma tan meticulosa sus localizaciones y a la vez presentar a quienes habitan en ellas de forma tan parcial, para que luego las primeras dieran paso a la minuciosidad de imágenes insospechadas, donde a su vez adquirirían mayor consistencia el cuerpo y la mente de unos personajes en gran parte ajenos a la realidad que conocemos | ★★★★☆


    Ignacio Navarro Mejía |
    © Revista EAM / Madrid



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