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    Crítica | Éter

    La ciencia como enemiga de la religión|

    Crítica ★☆☆☆☆ de «Éter», dirigida por Krzysztof Zanussi.

    Polonia, Hungría, Lituania, Ucrania, Italia, 2018. Título original: Eter. Director y guión: Krzysztof Zanussi. Productores: Krzysztof Zanussi, Janusz Wąchała / TOR Film Production, Olena Fetisova, Judit Stalter, Uljana Kim. Producción Executiva: Janusz Wąchała. Compañías Productoras: TOR Film Production, Interfilm Production Studio, Laokoon Cinema Kft, Studio Uljana Kim, Revolver Srl. Dirección de Fotografía: Piotr Niemyjski. Edición: Milenia Fiedler. Sonido: Maria Chilarecka. Dirección Artística: Joanna Macha. Vestuario: Agnieszka Baranowska. Maquillaje: Krzysztof Kowalski. Intérpretes: Jacek Poniedzialek, Zsolt László, Andrzej Chyra, Ostap Vakulyuk, Maria Ryaboshapka, Kolokolnikov Stanislav, Malgorzata Pritulak, Rafal Mohr, Victoria Zinny, Remo Girone, Ostap Stupka, Rafal Gorski, Arturas Dubaka, Przemyslaw Stippa, Zsuzsa Pálos . Distribuidora: Bosco Films. 118 minutos.

    El alineamiento ideológico de un director no debería ser obstáculo para poder ser valorado con independencia de sus mensajes contrarios a nuestra forma de pensar. Esto, que debería ser una máxima a respetar, en ocasiones resulta imposible de mantener porque, precisamente, el creador, utiliza su obra, única y exclusivamente, para dejar claro su sentido moral excluyente hacia opiniones contrarias, aunque eso sí, bajo una inteligente puesta en escena que pretende comprometer ideológicamente al espectador, haciéndole dudar de sus creencias más profundas si son contrarias a lo que expresan sus imágenes. La posición ideológica de Zanussi, uno de los últimos, si no el último, de los grandes del cine polaco, muertos Kawalerosvski, Kieslowski, Wajda, Zulawski, retirado Skolimowski, americanizado Polanski, es de sobra conocida. Ferviente anticomunista (si puede identificarse a las dictaduras del este de Europa con el comunismo como ideología), ferviente partidario del movimiento Solidaridad, defensor de Juan Pablo II y de la unión estado-iglesia, y, ahora, defensor del movimiento político en el poder en Polonia, Ley y Justicia, partido de corte nacionalista, antieuropeo y católico.

    Éter, conscientemente disfrazada de drama histórico ambientado entre 1912 y 1914, sin embargo, rezuma determinismo orientado hacia el público de Europa del Este, un espacio geográfico en plena contrarreforma como si los sistemas democráticos y de libertad de pensamiento hubieran imperado durante siglos. Recomendable es combinar Éter con el documental Impreza de la directora germano-polaca Alexandra Wesolowski, y así apreciarán mejor el porqué de esta afirmación previa y la simbiosis peligrosa entre política, religión, familia, sexualidad y racismo que se ha inoculado y fructificado en una sociedad siempre bajo la sombra de lo religioso como es la polaca. La regresión democrática en Polonia (y no debe ser casualidad que la producción de la película cuente con dinero húngaro, lituano, ucranio e italiano, junto con el polaco, parte de los países europeos donde mayor es la presión ultraderechista) amenaza con penas de cárcel a los profesores que impartan educación sexual en los colegios bajo la excusa de que promueve la actividad sexual de los menores, mientras paralelamente se potencia la educación religiosa en los colegios públicos y no son infrecuentes los actos confesionales a los que asisten miembros del gobierno, fomentando al mismo tiempo el odio a religiones opuestas al catolicismo imperante bajo la bandera de la esencia de lo polaco. Igualmente, el derecho al aborto pende de un hilo en el país. Toda esta deriva neoconservadora no es ajena a Éter, y ello sin necesidad de mostrar un relato contemporáneo, pero al denostar y cuestionar a la ciencia como una sabiduría sin humanismo y sin valores se lanza la mirada crítica hacia el materialismo dialéctico que llegaría al poder pocos años después, y nada mejor para ello que presentar a un médico sin escrúpulos.

    Promocionada como una revisión del Fausto goetheniano, la película se aleja del sentido de la obra literaria (y mucho más de su revisión por parte de Bulgakov en la divertida y ácida El maestro y Margarita) para crear un artefacto al servicio ideológico de la religión, pues si se utiliza la historia para desacreditar a la ciencia como una fuente de peligro hacia los valores tradicionales, la única alternativa que se presenta no es otra que la del fenómeno religioso. No se opta por contraponer al científico desalmado con la del uso racional y humanista de los avances técnicos. Al personaje del médico no le falta de nada en su contra: violador, asesino, torturador, putero, cocainómano, traidor, espía. Ni un solo valor humano acompaña sus actos, ni los suyos ni los de los militares que le rodean durante la mayor parte del metraje. Y, en compensación, Zanussi no se plantea, en ningún momento, mostrar ni un solo médico correcto o alejado del mal, algún representante de la modernidad que demuestre que la investigación no es mala por sí misma, sino en función del fin pretendido. La película es tan apreciable en su formación de imágenes y recreación de un momento histórico (si se desconoce la realidad del Imperio Austro-húngaro en la década de 1910 puede ser muy posible que no se sitúe correctamente lo que sucede políticamente en su desarrollo), con esas tonalidades grises y ocres transmisoras de frío, que en este caso también pueden identificarse como frío humano; como repulsivo es su mensaje y el objetivo del proyecto, tan pobre y torticero como su coda final, que pretendiendo ser explicativa de las aparentes lagunas del relato, no hace sino reafirmar ese mensaje mesiánico y ultracatólico que se respira durante su desarrollo.

    Éter, Krzysztof Zanussi.
    Anacronía de un gigante.

    «Zanussi despliega todo el catálogo bíblico de ángeles celestiales y ángeles caídos, con derecho a redención final y recuperación del camino recto hacia el cielo, algo que realmente une la película con Goethe y su Fausto pero que a este cronista le provoca vergüenza ajena ante lo burdo del mensaje».


    Éter tiene un inconveniente no menor para hablar sobre ella, que explicarlo a grandes líneas terminaría desvelando más de lo permisible. La historia de este médico que experimenta con la ciencia sin pararse a pensar en sus efectos sobre las personas, aprovechando haber recalado en un destacamento militar fronterizo en tiempos prebélicos para tener carta blanca en sus experimentos (muchos de ellos antesala del nazismo de dos décadas después), y que busca un control cada vez mayor sobre la mente humana, ahonda en esa idea de que, en ausencia de creencias en un ente superior, todo hombre se transforma en un monstruo capaz hasta de exhibir cuerpos diseccionados en vitrinas de instalaciones sanitarias. El espectador podrá sentir que le falta información o que determinados pasajes quedan cojos, deshilvanados, mal integrados en el todo. Si se aguanta hasta el minuto cien de película se llegará a la explicación ausente; aunque igual es peor el remedio que la enfermedad. Por si nadie había sido capaz de identificar al personaje vestido con levita negra, sombrero de copa y aparición enigmática en cualquier tiempo y lugar, Zanussi emplea el brochazo gordo para rematar su in-fausta obra. La película la divide Zanussi en tres partes nada equilibradas pues todo el peso recae sobre la degradación humana de ese médico y el componente negativo que transmite sobre la ciencia que lleva a cabo, un largo camino en declive que se desarrolla entre dos ejecuciones.

    Un mero apunte de menos de dos minutos como segunda parte, titulada «La gran guerra», para que asumamos que sólo un médico creyente es capaz de sacrificarse por los demás, persona que, a lo largo de la película, es la única que encarna esos valores supremos de entrega, generosidad, sacrificio, altruismo, amistad, pero sin olvidar que antes que todo eso, se es creyente y temeroso del señor, para dar paso a esa tercera parte que, de manera pretenciosa, se titula «la historia jamás contada» y que ofrece ese particular espectáculo pirotécnico donde termina triunfando el poder de la religión sobre el maligno y en el que resolviendo las lagunas que ha ido dejando la película por el camino, Zanussi despliega todo el catálogo bíblico de ángeles celestiales y ángeles caídos, con derecho a redención final y recuperación del camino recto hacia el cielo, algo que realmente une la película con Goethe y su Fausto pero que a este cronista le provoca vergüenza ajena ante lo burdo del mensaje, lo pobre de la solución y lo demagógico de las premisas. ¡Qué lejos quedan los tiempos de La estructura de cristal, La vida es una enfermedad de transmisión sexual o Suplemento y cuánto se ha perdido por el camino! | ★☆☆☆☆


    Miguel Martín Maestro |
    © Revista EAM / Valladolid


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