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    Crítica | El reflejo de Sibyl

    Juego de espejos en el diván

    Crítica ★★★☆☆ de «El reflejo de Sibyl», de Justine Triet.

    Francia, 2019. Título original: Sibyl. Director: Justine Triet. Guion: Justine Triet, Arthur Harari (Diálogos: David H. Pickering). Productores: Philippe Martin, David Thion. Productoras: Coproducción Francia-Bélgica; Les Films Pelléas / France 2 Cinema / Les Films de Pierre / Page 114 / Auvergne Rhône-Alpes Cinéma / Scope Pictures / Le Pacte / MK2 Films / Canal+ / Ciné+ / France Télévisions / CNC. Fotografía: Simon Beaufils. Montaje: Laurent Sénéchal. Reparto: Virginie Efira, Adèle Exarchopoulos, Gaspard Ulliel, Sandra Hüller, Niels Schneider, Paul Hamy, Laure Calamy.

    En 1950, Roberto Rossellini dirigió una de las obras cumbres del neorrealismo italiano, Stromboli, tierra de Dios, en la que Ingrid Bergman interpretó maravillosamente a una mujer prisionera de una relación que no desea, con el incomparable marco de la isla Eolia caracterizada por su volcán activo, como escenario de su drama personal. Siete décadas después, la isla de Stromboli vuelve a asomarse a la gran pantalla en el nuevo trabajo de Justine Triet, El reflejo de Sibyl (2019), donde es el lugar escogido para el rodaje de una película por la realizadora a la que da vida Sandra Hüller. En una de las escenas, durante una entrevista de promoción de su cinta, la directora responde a un periodista sobre cuál es el motivo que le ha llevado a elegir dicha localización para su historia de amor. La respuesta es que se decidió por ella porque está muy lejos y a veces lo mejor es alejarse de todo. Esta búsqueda (o necesidad) de huir de la realidad del día a día es uno de los temas principales de este tercer largometraje de Triet, que llega después de un llamativo debut, La batalla de Solférino (2013), nominado a mejor ópera prima en los César, y la intrascendente comedia romántica Los casos de Victoria (2016), que, no obstante, recibió cinco nominaciones a los premios del cine francés, incluyendo los de mejor película y actriz. Virginie Efira fue, sin duda, lo más destacable de aquel filme y, de nuevo, vuelve a ser el plato fuerte de El reflejo de Sibyl, donde realiza una de las actuaciones más complejas y a corazón abierto de su ya destacada trayectoria. La actriz se entrega en cuerpo y alma al personaje de Sibyl, una psicóloga enfrentada a una encrucijada vital cuando, no contenta con la existencia que lleva, decide darle un cambio radical y abandonar a sus pacientes para dedicarse de lleno a su verdadera vocación, la escritura de una novela.

    El guion de Justine Triet y Arthur Harari es otra de las piezas fundamentales para que El reflejo de Sibyl destaque de entre la diversidad de los estrenos en cartel. Un relato ambicioso, que trata de abarcar diferentes capas, con interesantes juegos de espejos entre distintos personajes y subtramas que hacen que este adquiera una complejidad psicológica mayor de la esperada en una propuesta de sus características. Los guionistas realizan auténticas malabares para que los cambios de tono de la cinta, que oscila entre el drama pasional y la comedia surrealista, unas veces con más acierto que otras, no terminen por arruinar la credibilidad de la historia. El mayor acierto reside, pues, en la notable construcción del personaje de Sibyl, una mujer bella e inteligente, aparentemente triunfadora en lo profesional y con una bonita familia conformada por su marido y dos hijos, pero que no puede evitar sentir un gran vacío interior por no desarrollar la faceta de escritora que verdaderamente la llena, al mismo tiempo que lucha por no convertirse en una copia de su madre, fallecida en un accidente de tráfico, víctima del alcoholismo, y por olvidar a un amor del pasado que es el padre de uno de sus hijos. Al igual que en Otra mujer (Woody Allen, 1988), donde el personaje de Gena Rowlands, curiosamente también una escritora en busca de la inspiración creativa, se veía reflejado en las confesiones que oye de una joven que acudía a sesiones de psicoanálisis en un apartamento contiguo al suyo, la Sibyl de Virginie Efira ve en su última e inesperada paciente, Margot, a la representación de sus propios miedos, deseos y frustraciones, algo que lleva a la terapeuta a obsesionarse tanto con el caso que lo convierte en inspiración de su incipiente libro. Comienza así un peligroso juego en el que la psicóloga se retroalimenta del drama de Margot, una actriz envuelta en una tormentosa relación sentimental con su compañero de reparto, que, a la vez, es marido de la directora de la película que ambos se encuentran rodando, para dar forma a la que deberá ser su gran novela.

    Sibyl, Justine Triet.
    Competición del Festival Cannes.


    «Tratándose de una obra muy irregular, que requiere de la complicidad de un espectador que acepte las reglas de su juego para llegar a buen puerto, hay que reconocer que El reflejo de Sibyl tiene algo que la hace especial y muy atractiva. Es el arrebatador carisma con el que Efira encara este personaje antipático y egoísta como pocos, que no tiene reparos en aprovecharse de la desgracia ajena para sacar adelante su libro y, de paso, al mismo tiempo que se deja arrastrar por una espiral de catártica locura, poner en orden las piezas que no encajaban como debían en su vida».


    El reflejo de Sibyl es una película que está a un paso de naufragar a consecuencia de la densidad de su narración, generosa en saltos temporales, algunas tramas erráticas que no aportan demasiado al conjunto y solo logran distraer la atención (el paciente infantil), y ciertas conductas de sus personajes un tanto disparatadas, algo que crea una extraña sensación de comedia involuntaria cuando, en realidad, la pretensión de sus responsables era la de integrar un humor algo sui géneris dentro de una historia de autoaceptación y redención de los errores del pasado que, tal vez, requería un tono más serio en todo momento para alcanzar mayor equilibrio. Los cansinos líos amorosos entre los distintos personajes, alguna escena erótica de inusitada torridez que representa el redescubrimiento de la protagonista de su apagada sexualidad y un tramo final algo anticlimático, con la protagonista ya totalmente desmelenada actuando de asesora durante el rodaje de la película en Stromboli, se antojan meras concesiones al artificio que, a pesar de todo, no son lo suficientemente graves como para ensombrecer la notabe labor de todo su reparto, con mención especial para las actrices. Así, Adèle Exarchopoulos funciona a la perfección como pieza detonante para que Sibyl despierte de su aletargada vida, mientras que Sandra Hüller, la inolvidable protagonista de Toni Erdmann (Maren Ade, 2016), interpreta con gracia a la neurótica directora, rival amorosa de Margot, o Laure Calamy aporta una estupenda vis cómica a su rol de hermana de Sibyl, personaje que tiene algunas de las líneas de guion más negras del libreto. Tratándose de una obra muy irregular, que requiere de la complicidad de un espectador que acepte las reglas de su juego para llegar a buen puerto, hay que reconocer que El reflejo de Sibyl tiene algo que la hace especial y muy atractiva. Es el arrebatador carisma con el que Efira encara este personaje antipático y egoísta como pocos, que no tiene reparos en aprovecharse de la desgracia ajena para sacar adelante su libro y, de paso, al mismo tiempo que se deja arrastrar por una espiral de catártica locura, poner en orden las piezas que no encajaban como debían en su vida | ★★★☆☆


    José Martín León |
    © Revista EAM / Madrid


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