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    Crítica | Atlantique, de Mati Diop

    La chica que se enamoró del mar

    Crítica ★★★★☆ de «Atlantique», de Mati Diop.

    Senegal, Francia, Bélgica 2019. Título original: Atlatique. Dirección: Mati Diop. Guion: Mati Diop, Olivier Demangel. Productora: Les Films du Bal, Frakas Productions, Cinekap. Productores: Judith Lou Lévy, Eve Robin. Música: Fatima Al Qadiri. Fotografía: Claire Mathon. Montaje: Aël Dallier Vega. Vestuario: Salimata Ndiaye, Rachel Raoult. Reparto: Mame Bineta Sane, Amadou Mbow, Nicole Sougou, Ibrahima Traoré, Aminata Kane, Mariama Gassama, Coumba Dieng, Babacar Sylla. Duración: 104 minutos

    El océano nunca desaparece en Atlatique. Su pulso, constante y certero, acompaña a las imágenes de la directora senegalesa Mati Diop como una presencia omnisciente que se adueña de la narración. Un océano que baña los suburbios de Dakar en los que viven Ada (Mame Bineta Sane) y Souleiman (Ibrahima Traore), una pareja enamorada que se enfrenta a las dificultades sociales (ella) y económicas (él) de una tierra que no tiene lugar para ellos ni para su amor. Para Ada, ese océano es una puerta cerrada que la aprisiona y la fuerza a contraer matrimonio con un hombre rico del que no está enamorada. Para Souleiman, las olas son una puerta abierta que le permitiría llegar a la tierra prometida y empezar una vida digna. Y para Diop, el océano se convierte en una fuerza narrativa que llena de misticismo una historia en la que se tratan algunos de los principales problemas actuales de la sociedad africana y, por efecto rebote, también de la occidental, particularmente el de los refugiados en el mar Mediterráneo. El centro narrativo que ha dado forma a esta crisis, tanto dentro como (especialmente) fuera de la ficción, se ha creado en torno a un punto en concreto: a dónde van (a por nuestro trabajo, nuestro dinero, nuestro privilegio). Mati Diop, sin embargo, decide explorar lo contrario: de dónde vienen. Más en concreto, lo que dejan atrás. Pero la verdadera virtud de esta película es que, a pesar de todo y como diría la Fleabag de Phoebe Waller-Bridge, «esto es una historia de amor».

    Después de que Netflix comprara la película al poco de que ésta ganara el Grand Prix en el Festival de Cannes, ha sido habitual encontrar comentarios de personas recomendando encarecidamente ver Atlantique, pero añadiendo que la experiencia es mucho más gratificante si uno se enfrenta a ella sin haber leído nada sobre ella. Y a pesar de que toda gran película, si verdaderamente es buena, no se ve afectada por los spoilers, Mati Diop utiliza aquí la incertidumbre como un arma de doble filo de forma muy astuta, donde la incapacidad de discernir el futuro transforma el presente en un puzle en constante movimiento. En cierto modo, ver Atlantique es como mirar la inconsistencia de las olas del mar: saber que es inevitable que vayan a romper no implica que sepas cómo lo van a hacer. De hecho, a pesar de que la protagonista del relato es Ada, la película comienza con Souleiman y sus compañeros en la construcción de una torre, donde llevan cuatro meses de trabajo sin cobrar. No es hasta que Souleiman vuelve a la ciudad cuando conocemos a Ada, separada de él en el momento en el que cruzan miradas por un tren en marcha que, al igual que la sociedad y el compromiso de ella, evita que puedan juntarse. Durante unos segundos los enamorados solo pueden verse en los pequeños huecos que existen entre los vagones, definiendo la relación que mantienen y demostrando que Diop es una excelente narradora visual. Desde ese momento, la película cambia de protagonista y la sigue exclusivamente a ella, siendo nosotros testigos a través de Ada de la huida de Souleiman a España en patera, de su boda con un hombre rico y de los extraños sucesos que ocurren después del enlace, provocados por fuerzas sobrenaturales que no merece la pena explicar. La historia acaba centrándose en una investigación policial que coexiste con el viaje personal de Ada dentro de este laberinto de eventos, el verdadero centro de la historia.

    Atlantique, Mati Diop.
    El primer largometraje de la directora francesa está disponible en Netflix.

    «La película se transforma de drama social a drama romántico, a noir policiaco, a thriller de ciencia ficción. Lo admirable es cómo consigue que el alegorismo de sus imágenes y su atmósfera infecten su narrativa, cuya evolución continua no invalida lo sucedido anteriormente, sino que lo enriquece. No es que Mati Diop sea incapaz de encontrar un tono o un ángulo para su historia, sino que el cambio constante refleja la convulsión que Ada vive».


    Esta narración queda siempre permeada por el sonido del mar, así como los cambios en su enfoque se marcan con planos estáticos de las olas. Su majestuosidad e indiferencia (además de belleza), similar al de una naturaleza muerta, generan una presencia inquietante parecida a la de los planos del ojo rojo de Hal que Kubrick mantenía en 2001: Una Odisea del Espacio. Ambos exudan peligro tanto por lo que pueden hacer (matar a Souleiman en su viaje a España), como por lo que representan (la incapacidad de escapar de Ada), pero especialmente porque su voluntad es impredecible e imparable. Diop vuelca esto en el desarrollo de su historia. No dejamos de ver cómo la película se transforma de drama social a drama romántico, a noir policiaco, a thriller de ciencia ficción. Lo admirable es cómo consigue que el alegorismo de sus imágenes y su atmósfera infecten su narrativa, cuya evolución continua no invalida lo sucedido anteriormente, sino que lo enriquece. No es que Mati Diop sea incapaz de encontrar un tono o un ángulo para su historia, sino que el cambio constante refleja la convulsión que Ada vive por dentro como persona y por fuera como mujer senegalesa casada y luego repudiada. La soledad a la que se enfrenta cuando Souleiman la abandona sin avisar nunca la termina de definir, como tampoco su matrimonio y su repudio. Ada nunca se limita a ser aquello que dejaron atrás y por eso la incertidumbre que el mar transmite cobra tanto valor como proyección del interior de la protagonista. Por eso tiene un efecto tan poderoso. Atlantique es una historia de amor: primero de Ada con Souleiman, y posteriormente de Ada con su identidad de mujer con voz propia. Amor romántico y amor propio. Al final de la película, frente a un espejo, Ada se reafirma a sí misma mientras las olas suenan de fondo. Las olas que se lo quitaron todo, como una deidad caprichosa e indiferente, ahora parecen sonar para ella. Ahora su poder también le pertenece. Es una con el mar | ★★★★☆


    Aitor Salinas |
    © Revista EAM / Pamplona




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