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    Crítica | Sibel | CRCFIC 19

    La mujer errante

    Crítica ★★★ de «Sibel», de Guillaume Giovanetti y Cagla Zencirci.

    Francia, 2018. Título original: «Sibel». Director: Guillaume Giovanetti y Cagla Zencirci. Guion: Guillaume Giovanetti, Cagla Zencirci y Ramata Sy. Productores: Lilian Eche, Michael Eckelt, Christel Henon. Productoras: Coproducción Francia-Turquía-Alemania-Luxemburgo; Mars Production / Riva Film / Les Films du Tambour / Bidibul Productions / Reborn Production. Fotografía: Eric Devin. Música: Bassel Hallak. Montaje: Véronique Lange. Reparto: Damla Sönmez, Emin Gürsoy, Erkan Kolcak Kostendil, Meral Çetinkaya, Elit Iscan, Sevval Tezcan.

    Con la respiración entrecortada, Sibel (Damla Sönmez) recorre el bosque con un rifle en mano. Su mirada atraviesa un vasto espacio silencioso y solitario, pero en él, al mismo tiempo, encuentra la aceptación que le ha sido negada: con las tradiciones y el conservadurismo de su pueblo, Sibel es la joven errante que guía su historia en Sibel (2018), una película de Çağla Zencirci y Guillaume Giovanetti. Zencirci y Giovanetti recurren a la historia de la mujer que es juzgada por sus diferencias según su contexto histórico, y aunque es un prototipo recurrente en el cine, con Sibel realizan un ejercicio que parece buscar la catarsis general, un ejemplo de liberación pero que, al mismo tiempo, otorga un valor incalculable a las transformaciones desde lo íntimo. Alrededor de Sibel habitan elementos que nacen en lo familiar y subrayan su condición como outsider: muda desde la niñez que sólo puede comunicarse a través de silbidos, despreciada por su hermana menor, responsable de las labores domesticas ante la falta de la figura materna, el mundo de la protagonista se configura como una constante prueba de aceptación a la que ve fin si logran, literalmente, cazar al lobo que merodea los alrededores del pueblo.

    Si Sibel anda con un rifle en mano es porque la determinación y la seguridad que le es negada en su hogar lo encuentra ahí, en la inmensidad del bosque. Esta tarea autoimpuesta es el umbral para conocer cómo entiende la protagonista su papel como mujer en su comunidad, y que al mismo tiempo refuerza el entretejido con alusiones en un nivel simbólico a los cuentos de hadas: el bosque, el lobo y la pañoleta roja que carga consigo Sibel recuerdan a la Caperucita roja, al igual que su estatus como la encargada de todas las labores en casa a la Cenicienta. Si ambas narraciones contienen un discurso con claros cuestionamientos a lo femenino, Sibel las coloca como estatus que deben ser rotos por su protagonista. Aunque no sabe cómo lograrlo, Sibel, la Caperucita, tiene que cazar al lobo; Sibel, la Cenicienta, debe exigirle a su padre que también trabaje. La necesidad de desaparecer estas ataduras encuentra su punto de inflexión con la aparición de Ali (Erkan Kolçak Köstendil), un fugitivo del ejército turco que enlaza todo este universo con el presente. Ali se transforma en ese lobo que habita el bosque (no es gratuito que al ser encontrado y curado por Sibel, lo primero que hace es morderla mientras gruñe y gime de miedo y dolor): otro elemento outsider que, paradójicamente, se convierte en la contención de Sibel ante el mundo.

    Ali, por su condición de desertor adquiere un aura de misterio que cuestiona si lo que el espectador enfrenta es una narración apegada 100% a la realidad o con pequeñas intersecciones en la fantasía (¿Ali existe? ¿Es humano?). Zencirci y Giovanetti recuperan esta extrañeza para que la protagonista comience a valorar si lo personal puede ser político: ¿Por qué debe servir a su padre y a su hermana?, ¿por qué debe avergonzarse de su no-habla?, ¿por qué debe apegarse a las reglas de una sociedad que la anula? En el bosque, a través de su contacto con él, aflorará y tomará forma una inquietud rebelde. La redención de esta característica en la protagonista sucede cuando la película abandona el estereotipo en el cine en donde una mujer en apuro necesita una figura masculina para accionar sus decisiones. Aquí, Ali permanece como lo de afuera que no tiene ningún interés por ser parte del contexto de Sibel: no la va a rescatar, no la apoyará y de él, sin la pureza y la perfección apolítica, sólo quedará su presencia como el pretexto para romper estructuras patriarcales. Al cuestionar estas estructuras, Sibel entiende que el lobo y todas las leyendas que definen a su comunidad son falacias. Una vez que enciende la llama, todo se quemará (literal y metafóricamente) hasta los cimientos. La cámara que sigue esta cotidianeidad registra los cambios dramáticos en donde son constantes tres conjunciones: lo fantasioso, lo simbólico y lo político, las tres se transforman en el combustible que hace que la historia avance hacia una redención agridulce pero que rescata y cultiva la complicidad entre las mujeres, la dignidad y una condición errante, del bosque al pueblo sin que nadie la cuestione, que define el empoderamiento cuando ser mujer es sinónimo de silencio | ★★★


    Arantxa Luna
    © Revista EAM / Costa Rica Film Festival


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