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    Crítica | Nación salvaje

    Caza de prójimas (y prójimos)

    Crítica ★★★ de «Nación salvaje», de Sam Levinson.

    Estados Unidos, 2018. Presentación: Festival de Sundance 2018. Título original: «Assassination Nation». Dirección: Sam Levinson. Guion: Sam Levinson. Productoras: BRON Studios / Foxtail Entertainment / Phantom Four. Fotografía: Marcell Rév. Montaje: Ron Patane. Música: Ian Hultquist. Diseño de producción: Michael Grasley. Dirección artística: Jason Baldwin Stewart. Decorados: Gretchen Gattuso. Vestuario: Rachel Dainer-Best. Reparto: Odessa Young, Abra, Suki Waterhouse, Hari Nef, Colman Domingo, Danny Ramirez, Joel McHale, Maude Apatow, Cody Christian, Bill Skarsgård. Duración: 108 minutos.

    La llegada de Trump a la presidencia norteamericana nos ha mostrado que el progreso en general, y en concreto hacia una mayor igualdad, tolerancia y solidaridad, puede resquebrajarse con facilidad. Resurgen así los gérmenes de una sociedad que, pese a esos supuestos avances, cuenta todavía con altos niveles de desigualdad, con una mentalidad reaccionaria y un individualismo hostil. No es gratuito decir que esa sociedad está podrida en varias de sus esferas, en la actitud y el pensamiento de muchos de sus habitantes, porque se ha observado un desajuste entre ese progreso y las circunstancias reales con las que muchos siguen conviviendo y que no han logrado superarse. El norteamericano no es sino un ejemplo de los fermentos repletos de odio y prejuicio que pueden materializarse en otras sociedades, como atestiguan las elecciones presidenciales en Brasil o el auge de los populismos europeos. En otras palabras, ante el grito de desesperanza de nuevas generaciones y la reacción de sectores antes marginados, una gran parte de la población responde en sentido inverso, abriendo un panorama desalentador donde la incapacidad de avanzar puede incluso perjudicarnos en otros frentes, como el medioambiental. Pero centrándonos en los parámetros anteriores, hay algunos invariables, y en particular el conflicto entre emancipación y sumisión, de largo recorrido histórico y que en los últimos tiempos ha rebrotado con firmeza gracias al feminismo. Su discurso llama la atención, entre otros puntos, sobre los frecuentes equívocos a los que muchas mujeres se ven sometidas, porque la visión que otros tienen de ellas está objetivada y entonces muchas de sus conductas o gestos se interpretan en ese sentido cuando no deberían serlo en absoluto.

    Es oportuno traer esto a colación para situar la segunda película de Sam Levinson, Nación salvaje. Ya el título es una declaración de intenciones ante el retrato que hemos esbozado de la sociedad norteamericana (o mundial), aunque es mejor el título original, Assassination Nation, jugando con el solapamiento de ambos términos. Esa nación es asesina no solo en su sentido literal, de muerte física por un acto de violencia intencionada, sino también en un sentido psicológico, al impedir o al menos coartar la autorrealización, pues sin ella el ser humano no tiene razón de ser. Las cuatro chicas protagonistas de esta historia interactúan sin filtros, hablan sin tapujos y utilizan las redes sociales para hacer a los demás participes de sus experiencias, las cuales no están limitadas por convenciones, ya sea en fiestas nocturnas o en expresiones artísticas, como los dibujos de una de ellas donde muestra a mujeres desnudas. El que además se asocie a esta expresión una intención provocadora es una manifestación de esa visión sesgada a la que nos referíamos, en este caso la del director del instituto, al que luego se acusará de ocultar fotos inapropiadas y visitar webs censuradas. Antes y pese a ello, le pide a la chica mayor moderación en su discurso. El mismo, donde ella defiende que un desnudo no es inherentemente sexual, no tiene quizá la brillantez que persigue en esa escena, y en verdad la historia que nos cuenta el hijo de Barry Levinson no suele alcanzar el poderío que pretende su mensaje, porque las situaciones y diálogos están presentados en el fondo de manera un tanto parcial, incluso paradójicamente prudente o recatada, y dan a veces la sensación de un quiero y no puedo.

    «Lo que acaba plasmando Nación salvaje está más cerca de otra realidad en ebullición donde sale a relucir la auténtica naturaleza de esas personas, que solo por medio de reglas y restricciones pueden frenar sus instintos más agresivos. La película quiere mostrarnos a una sociedad donde una parte busca una plena libertad y la otra lo contrario».


    Esto contrasta con su carácter transgresor, y se extiende a una puesta en escena que busca chocar con sus montajes fragmentados y pantallas partidas pero que tampoco llega suficientemente lejos a partir de esa premisa. Esto lo advertimos en una secuencia inicial durante una fiesta, con ese recurso inusual de la pantalla partida, en dos o tres, anticipando un desenlace climático que luego se queda corto. Suena al mismo tiempo una música atronadora y ominosa que desemboca en expectativas falseadas. Mucho más efectivo, al menos en el suspense que genera, es un virtuoso y en gran parte silencioso plano secuencia de una casa de invasión inminente. En cualquier caso, la sucesión de escenas como la anterior y de comentarios como el del párrafo de más arriba va creando un efecto acumulativo donde la insistencia del mensaje acaba teniendo sus frutos, pues es inevitable sufrir indignación y revuelo ante lo que vemos. Sin adelantar muchos más detalles de la narración, que como decíamos es esencialmente alegórica aunque diga estar basada en hechos reales, la misma reposa en una degeneración de acontecimientos que siguen a la revelaciones de un hacker. Este saca a la luz los secretos inconfesables de varios miembros de una comunidad llamada Salem (por las brujas del lugar homónimo), y entonces los demás les persiguen llegando hasta un punto de violencia que se antojaría inverosímil si no fuera por esa nota alegórica, pero también por ese inquietante caldo de cultivo que puede estallar cuando menos lo esperamos. Sin embargo Levinson quizá no es del todo consciente del potencial de la historia, por no haberla desarrollado con plenitud anteriormente y no exponer luego con todo rigor sus implicaciones extremas.

    Un ejemplo claro lo tenemos hacia el final cuando el policía que ha arrestado a dos de las chicas protagonistas responde a sus quejas con un tono moderado, señalando que habrá que preguntar al chico que las ha acusado, cuando hace unos instantes, megáfono en mano y liderando a un grupo de fanáticos sublevados, ha prometido dar su merecido a esas chicas. Ignora que hace un momento ese grupo ha intentado asesinarlas, y ello sería otro dardo más a uno de los sectores, el de la policía, donde en Estados Unidos se perciben más representantes de esa corriente tan peligrosamente reaccionaria, donde la hipocresía del afán de protección y seguridad puede llevar a resultados opuestos. Pero más allá de estas obviedades, Levinson peca un poco de falta de confianza en sus espectadores para sacar sus propias conclusiones. Y es que una vez revelada la deriva extrema del relato, lo entorpece ese comentario aparte del policía que en cierta medida busca volver a poner las cosas en su sitio, en un contexto más realista, cuando ya no es posible este enfoque en el sentido que solemos darle. Sobre todo no lo es porque lo que acaba plasmando Nación salvaje está más cerca de otra realidad en ebullición donde sale a relucir la auténtica naturaleza de esas personas, que solo por medio de reglas y restricciones pueden frenar sus instintos más agresivos. La película quiere mostrarnos a una sociedad donde una parte busca una plena libertad y la otra lo contrario, choque dramático que tiene su correspondencia formal en los recursos técnicos que mencionábamos, apoyados en el contraste directo, pero ante esa alternativa no caben caminos intermedios, de presunto compromiso. Hay que llevar el discurso hasta sus últimas consecuencias, pues solo así podrá triunfar como la marcha triunfal, aquí irónica, que acompaña a los créditos finales | ★★★


    Ignacio Navarro
    © Revista EAM / Madrid


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