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    Crítica | A la vuelta de la esquina

    En los pasillos (del alma)

    Crítica ★★★★ de «A la vuelta de la esquina», de Thomas Stuber.

    Alemania, 2018. Título original: «In den Gängen». Presentación: Festival de Berlín 2018. Dirección: Thomas Stuber. Guion: Clemens Meyer y Thomas Stuber. Productora: Sommerhaus Filmproduktionen. Fotografía: Peter Matjasko. Montaje: Kaya Inan. Reparto: Franz Rogowski, Sandra Hüller, Peter Kurth, Ramona Kunze-Libnow, Henning Peker, Matthias Brenner. Duración: 125 minutos.

    Con la crudísima Herbert (2015), Thomas Stuber nos presentó a un excampeón de boxeo cuya vida daba un vuelco al serle diagnosticada una enfermedad terminal. Tres años más tarde, el realizador sajón exhibe en A la vuelta de la esquina al nuevo empleado de un inmenso supermercado, un personaje muy diferente que, sin embargo, guarda con aquel múltiples similitudes que van desde una amenazadora coraza de tatuajes bajo la que esconder un corazón de oro hasta una existencia solitaria a la que poner remedio antes de que sea tarde. En el caso de Herbert (quien, sí, daba nombre a un filme que giraba plenamente en torno a él), el dolor físico marcaba una carrera contrarreloj que lo forzaba a recuperar la relación con su hija cuanto antes; en el de Christian, protagonista de la más coral obra que nos ocupa, será la desolación de un ambiente que sume poco a poco a quienes lo pueblan en la exasperación lo que lo animará a luchar por la atención de una compañera de trabajo necesitada de un cariño que, aun estando casada, nunca ha sentido. Para el primero, apenas había margen para la redención o el consuelo: malas decisiones pasadas lo enfrentaban a un final descorazonador; para el segundo, sin embargo, el futuro es aún incierto, no derivándose su infelicidad actual de sí mismo, sino de un contexto que, por insustancial y hasta opresivo, arrebataría las ganas de vivir a cualquiera. Hay, por tanto, bastante más esperanza en esta segunda obra —la tercera del cineasta si contamos los 65 minutos de Angustia adolescente (2008); la cuarta, si consideramos también el telefilm Más allá de la amistad (2016)—, que parte del que quizá sea el gran tema del cine contemporáneo: la soledad que, en mayor o menor medida, nos invade a todos, incluso cuando técnicamente no estamos solos. Y lo hace para ofrecer una mezcla de comedia negra, drama social y realismo mágico en el corazón de unos grandes almacenes para mayoristas que, con sus gigantescas estanterías y espaciosos pasillos, enfatizan todavía más la sensación de aislamiento vital. Los variopintos personajes funcionan como arquetipos de esa realidad, pero no por ello caen en el tópico ni pierden humanidad. La empatía, de hecho, es clave tanto de la relación entre ellos como de lo que une a la película con un espectador que difícilmente podrá verla sin entrega emocional.

    La pareja principal, que protagoniza los momentos más bellos de la obra —a destacar esa humilde celebración improvisada que ilustra el cartel original y, claro esta, ese inolvidable beso esquimal—, no podría tener mejores rostros: Franz Rogowski, el actor alemán del momento al haberse hecho con el Lola (equivalente germano al Goya) por esta película y ser también el perfecto protagonista de la ambiciosa En tránsito, de Christian Petzold, todo ello poco después de saltar a la fama con Victoria (Sebastian Schipper, 2015) y Happy End (Michael Haneke, 2017), y Sandra Hüller, la carismática estrella de la que quizá sea la mejor película alemana de la última década: Toni Erdmann (Maren Ade, 2016). La química entre ambos es mágica, lo que sin duda es clave del éxito de una historia de amor que en el fondo no lo es; y su trabajo es impecable, precisamente por su contención, como lo es también el de Peter Kurth (nada más y nada menos que el mentado Herbert) como el ya desilusionado encargado de instruir al protagonista en los trucos para salir adelante en una profesión que, por su carácter rutinario y facilón, insta a dejarse llevar por el camino de la incompetencia y la desmotivación. Este último personaje, secundario pero vital, ilustra el contraste entre la aceptación de que la vida quizá no sea para tanto y las fuerzas para pese a todo seguir luchando por que lo sea. Nada de ello es evidente en el libreto de Clemens Meyer —a quien debemos el relato breve que sirve de base, así como la novela que inspiró Mientras soñábamos (Andres Dresen, 2015), otra bella reflexión sobre la frustración por fuerza ligada al ser humano— y el propio Stuber. El guion, de hecho, desborda sutileza, no buscando jamás el impacto en diálogos estilizados o chocantes, sino en algo tan sencillo y a la vez tan difícil de alcanzar como la verdad. Para ello, la pareja de guionistas, que por cierto ya colaboró con éxito en la mentada Herbert y previamente en el aclamado cortometraje estudiantil Von Hunden und Pferden (2012), sabe que es a menudo el silencio donde reside mayor revelación. En honor a ello, la fotografía renuncia a todo artificio y el montaje es mínimo.

    «Colmada de compasión por sus personajes, pero también de formas imaginativas de extraer poesía del día a día, A la vuelta de la esquina es una de esas historias tiernas, honestas y halagüeñas que tanto necesita en estos momentos un continente europeo que incomprensible y fatigosamente parece incapaz de encontrar el término medio entre el conformismo y la revolución».


    La sensible puesta en escena de Stuber saca máximo partido de los colores, las texturas y hasta la cadencia de su única localización, confeccionando así una evocadora poesía de lo mundano que vuelve más llevadero el latente drama. El título original significa literalmente “en los pasillos” y atañe de forma directa a esos grandes almacenes cuyos pasillos sólo llevan a más pasillos colmados de banalidad, conformándose así un laberinto sin sentido donde todos los caminos llevan a cualquier destino y al mismo tiempo a ninguno. Capitalismo puro y duro. Asimismo, el alma humana se presenta como un sinfín de recovecos que dificultan llegar a conocer del todo a nadie, siendo sin embargo pequeños gestos los que permiten a los personajes penetrar las corazas de los demás y por consiguiente ofrecen momentáneamente al espectador la posibilidad de conocerlos, siempre desde el ritmo pausado que ya auguran esas lentas elevadoras con que da comienzo el filme. Las máquinas, de hecho, parecen por momentos cobrar vida, y no sólo porque por supuesto realizan tareas antaño adjudicadas a los humanos, sino también porque estos se apoyan literal y figuradamente en ellas para expresar y desarrollar sus emociones, como muestra ese hermoso momento en que Christian regala felicidad a su amor platónico llevándola de paseo en el carrito, brotando así una de las muchas coreografías improvisadas que genera la estética cinta. Entretanto, los seres humanos corren riesgo de acabar convertidos en autómatas por un sistema económico donde sólo parece importar una productividad tornada en alienación, siendo sin embargo el compañerismo, la amistad y en ultima instancia el amor la única (y a fin de cuentas harto humana) escapatoria. Y es precisamente esa luz parpadeante al final del pasillo (o a la vuelta de la esquina, por citar el título castellano) lo que dota la obra de sumo positivismo sin necesidad de aportar verdaderas soluciones a problemas que, lamentablemente, no harán sino crecer con el supuesto desarrollo de la civilización. Colmada de compasión por sus personajes, pero también de formas imaginativas de extraer poesía del día a día, A la vuelta de la esquina es una de esas historias tiernas, honestas y halagüeñas que tanto necesita en estos momentos un continente europeo que incomprensible y fatigosamente parece incapaz de encontrar el término medio entre el conformismo y la revolución | ★★★★


    Juan Roures
    © Revista EAM / Madrid


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