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    Crítica | After. Aquí empieza todo

    (Aquí empieza todo) Lo malo

    Crítica ★ de After. Aquí empieza todo, de Jenny Gage.

    Estados Unidos, 2019. Título original: After. Dirección: Jenny Gage. Guion: Susan McMartin (basado en la novela de Anna Todd). Productoras: CalMaple / Wattpad / Diamond Film Productions / Voltage Pictures / Offspring Entertainment. Fotografía: Tom Betterton. Montaje: Michelle Harrison. Música: Justin Caine Burnett. Diseño de producción: Lynne Mitchell y Rusty Smith. Vestuario: Alana Morshead. Reparto: Josephine Langford, Hero Fiennes Tiffin, Selma Blair, Dylan Arnold, Shane Paul McGhie, Inanna Sarkis, Pia Mia, Peter Gallagher. Duración: 106 minutos.

    Esta semana llega a la cartelera la enésima adaptación de una novela romántica de adolescentes, la primera de una saga que al hilo de Crepúsculo aprovecha el tirón de este subgénero entre un público muy concreto, pues su limitada calidad cinematográfica impide o al menos dificulta que otros espectadores puedan sentir interés por un material con el que, de primeras, no están familiarizados. Es una pena porque si se narraran con algo más de profundidad, se rodaran con algo más de dinamismo y se montaran con algo más de elegancia, este tipo de historias podrían resultar en películas bastante atractivas. Sin embargo lo cierto es que sus creadores y sobre todo sus productores se contentan con un producto mucho más cercano al telefilme de sobremesa que al digno estreno en salas. Otra referencia en este sentido sería la de Cincuenta sombras de Grey, pues aunque el marco es el de la adolescencia, la trama vuelve a girar ahora sobre el enamoramiento de una chica ingenua en manos de un chico seductor pero oscuro. A partir de ahí el desarrollo se centra en esa relación a priori tóxica, sin apenas desarrollar otros personajes, en particular los familiares respectivos de la nueva pareja, aunque los puedan interpretar actores de más renombre, como son aquí Selma Blair o Peter Gallagher. Sus papeles no son de mero relleno pues los traumas respectivos de la madre de la protagonista y el padre del coprotagonista explican los conflictos actuales de estos últimos. En concreto, esa madre fue abandonada en el pasado por su marido y por ello desconfía de toda relación que pueda iniciar su hija, sobre todo si se apoya en la pasión más irracional. Por su parte, ese padre fue antes un alcohólico y abandonó igualmente a la madre del chico, algo que este nunca ha podido perdonarle.

    Pero en realidad el trauma de este último viene de un dato concreto que solo conocemos una vez avanzado el metraje, si bien indirectamente. Es una revelación clave que tiene que ver con algo que padeció su madre siendo él niño: sin embargo cuando por fin este se lo cuenta a su novia no se percibe apenas reacción, no asistimos al sufrimiento y consiguiente catarsis, sino que ambos se ponen entonces a bailar como si nada, teniendo en cuenta que están asistiendo a la boda del padre con su nueva mujer, y luego no se vuelve a tocar el tema. Su gravedad inherente contrasta entonces con su frívolo tratamiento escénico, desaprovechando el único momento en que After podría haber adquirido algo más de profundidad, renunciando por tanto a la madurez que podría haber aportado la atención a esas subtramas, e incluso pecando de bastante insensibilidad. La misma es particularmente llamativa en esa escena, pero se extiende a toda una historia que pretende ser un alegato feminista, apoyado en un guion, una dirección y en general una mirada femeninas, pero que ahonda en la justificación del comportamiento masculino más dañino. Alguna frase del chico como que no puede crear que ella sea suya, o el fácil olvido por parte de ella del desprecio inicial por parte de él, son ejemplos de lo anticuado y degradante de la propuesta. Por poner un ejemplo más detallado, la protagonista es la que tiene inicialmente mayor capacidad académica, algo que vemos pronto en el gesto de ilusión que tiene en su primera clase en la universidad (por cierto la primera vez que vemos tal gesto en su cara, no cuando conoce al chico u otros compañeros), o en la energía con la que participa en una posterior clase de literatura. Pero luego este último interés se desplaza al chico, que llega a asumir escritos de pluma y destinatario esencialmente femeninos, socavando la emancipación que de ellos debería resultar al estar dirigida a esa chica. En otras palabras, la chica acaba sometida a un chico que representa lo opuesto a su objetivo vital, aunque la cinta busque el argumento, de forma un tanto falaz (al oponer sus presuntos intereses con los de su madre, aunque el gesto más genuino que mencionábamos en la clase acredita lo contrario), de que su verdadero objetivo es él.

    «Su escaso carisma provoca que la mayoría de primeros planos con que está estructurada la puesta en escena suscite bastante desinterés ante lo que vemos en la pantalla […]. La directora Jenny Gage lo apuesta todo a la química que puedan desprender, y aunque esta no es inexistente, la forma en que se presenta es errática».


    En cualquier caso, lo anterior nos confirma que el peso de casi todo el filme recae en estos dos personajes principales, interpretados por Josephine Langford (hermana de Katherine) y Hero Fiennes Tiffin (sobrino de Ralph y Joseph). Todavía son jóvenes y puede que mejoren con los años, pero su casting aquí parece responder antes al nepotismo que al talento. Su escaso carisma provoca que la mayoría de primeros planos con que está estructurada la puesta en escena suscite bastante desinterés ante lo que vemos en la pantalla, a falta de otro tipo de información en los encuadres más allá de sus atractivos pero inexpresivos rasgos faciales. La directora Jenny Gage lo apuesta todo a la química que puedan desprender, y aunque esta no es inexistente, la forma en que se presenta es errática. Valga el dato de que la primera vez que se conocen, una de las miradas que intercambian ocasiona un salto de eje. Este error técnico se repite más claramente en una escena posterior en la que discuten, pero no se puede interpretar ahora como una opción deliberada que reflejaría la ruptura de su conexión, puesto que el eje se recupera enseguida cuando esa ruptura o crisis es más manifiesta, al final de la misma escena. Así pues, incluso en una planificación sumamente básica, que no utiliza ningún recurso inventivo, su presentación roza la incompetencia. Desde este punto de vista estético, apenas hay imágenes que escapen a lo anodino: una sola digna de mención es la de la pareja rodeada por un acuario gigantesco, en el momento álgido de su enamoramiento. La metáfora es que entonces la chica se siente como en una burbuja, sin que otras acciones o diálogos necesiten explicitarlo: es prácticamente la única escena donde se advierte una mayor habilidad para sintetizar los elementos emotivos y narrativos desde un punto de vista puramente cinematográfico. Esta metáfora de la chica no del todo sumergida ya la hemos visto antes, cuando ella y el se bañan en un lago, pero aquí vuelve a ser patente la torpeza, porque el reclama un silencio poético que anula una música innecesaria. De hecho la banda sonora redondea la acumulación de clichés que caracteriza todo la película, en la que hay que rascar bastante donde apenas hay voluntad ni elementos para salvar alguno siquiera accesorio | ★


    Ignacio Navarro
    © Revista EAM / Madrid


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