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    Crítica | Dobles vidas

    La priorización de lo evanescente

    Crítica ★★★★ de «Dobles vidas», de Olivier Assayas.

    Francia, 2018. Presentación: Festival de Venecia 2018. Título original: «Doubles vies». Dirección: Olivier Assayas. Guion: Olivier Assayas. Productoras: CG Cinéma / Vortex Sutra / Arte France Cinéma / Playtime. Fotografía: Yorick Le Saux. Montaje: Simon Jacquet. Diseño de producción: François-Renaud Labarthe. Vestuario: Jürgen Doering. Reparto: Guillaume Canet, Juliette Binoche, Vincent Macaigne, Christa Théret, Nora Hamzawi. Duración: 108 minutos.

    El mundo de la edición está cambiando, para bien y para mal. En el primer sentido, la difusión de libros por medios electrónicos, o incluso el diseño o la presentación de nuevos materiales más acordes a los nuevos tiempos, facilita la accesibilidad a las nuevas generaciones y las personas con menos recursos. En el segundo sentido, los lectores pierden capacidad de análisis y de integración de información, teniendo en cuenta que esta aparece mucho más resumida, dado el efecto de las redes sociales. Y los puristas criticarán también el placer en peligro de extinción de sentir la cubierta de una buena novela entre las manos. Estamos pues ante un panorama de inevitable evolución pero de caminos inciertos por las ventajas e inconvenientes que plantean, y por el debate que genera no solo entra la comunidad de lectores sino entre todos los implicados en el proceso de producción de una obra literaria. Que otro arte como es el cine trate estas cuestiones de la manera más ajustada y fiel posible se antoja entonces como una complicada tarea. Pero no lo es tanto en manos de alguien como Olivier Assayas, acostumbrado a lidiar con los cambios artísticos derivados del avance digital y la globalización. De hecho sus películas, aun siendo bastante sencillas en cuanto al uso de sus recursos técnicos, suelen dar bastante protagonismo a los nuevos dispositivos, las distintas geografías, el multiculturalismo, el metalingüismo y demás cuestiones íntimamente relacionadas con la posmodernidad.

    Con todo, aunque ese material del que trata su último trabajo, Dobles vidas, es en efecto propicio para desarrollar estas inquietudes, aparecen ahora de forma más elíptica. Por ejemplo, hay una escena en que el personaje interpretado por Juliette Binoche está rodando una escena de acción para un capítulo televisivo, y la cámara la sigue como si fuera una acción real, hasta que se oye “corten” fuera de campo. Pero no vemos a ningún miembro del equipo de rodaje ni se visualiza la propia cámara, a diferencia de lo que sucedía, con un plano similar pero de final distinto por incluir lo anterior, en Irma Vep (1996). Es oportuno traer a colación esta cinta previa de Assayas porque en ella Maggie Cheung se interpretaba a sí misma. No es el caso exacto de Binoche ahora, pero hay un guiño autorreferencial posterior que alude a la propia actriz, reflejando una de las capas de dualidades o sobreentendidos que están detrás del título de este nuevo filme. Las dobles vidas con todo se refieren sobre todo al adulterio que cometen sus personajes principales, que se aborda con despreocupación y ligereza sorprendentes, aunque no lo son tanto, de nuevo, si consideramos la filmografía de un director cuyos personajes siempre se han tomado todas sus vicisitudes con mucha filosofía. De hecho Dobles vidas está muy centrada en discusiones y verborreas con lindan con el existencialismo más obtuso, aunque mantienen un buen equilibrio entre la profundidad y la frivolidad. Lo primero permite darle calado al desarrollo dramático así como ahondar en las motivaciones o pensamientos de sus referentes, mientras que lo segundo impide que todo ello caiga en una pedantería inverosímil y pueda aburrir al espectador.

    Es importante al respecto el saber hacer de sus intérpretes, desde la citada Binoche hasta Guillaume Canet, pasando por Vincent Macaigne o las quizá menos conocidas Christa Théret y Nora Hamzawi. Todos ellos están muy convincentes en sus múltiples interacciones, y son sus gestos mínimos y el ritmo de sus elocuciones las que contribuyen al debido dinamismo del metraje. Y es que en esta película se observa también algo más de mesura en los habituales movimientos de cámara de los operadores de Assayas, que muchas veces se han caracterizado por movimientos algo más bruscos e inmediatos. Sin embargo, la apertura y el cierre de sus secuencias siguen basándose respectivamente en situaciones in media res y en el ocasional fundido, aunque los transiciones temporales o espaciales también sean aquí menores. Hay referencias a estancias pasadas o futuras de algún personaje en Londres o Japón, pero toda la acción transcurre ahora en Francia, y más concretamente en París y sus alrededores, salvo el epílogo. La sensación derivada de estos elementos unidos es de mayor familiaridad con la historia que se nos cuenta y las personas que la habitan, como si fuera más acogedora u hogareña. Aunque sigue presente cierta sequedad en la narración, esta discurre en localizaciones menos frías y distantes de lo habitual. Si se permite el oxímoron, la superficialidad incisiva que podemos admirar en Assayas encuentra en su última película una manifestación más matizada, quizá más afín a los desvaríos y las dudas de estos personajes.

    «Si se permite el oxímoron, la superficialidad incisiva que podemos admirar en Assayas encuentra en su última película una manifestación más matizada, quizá más afín a los desvaríos y las dudas de estos personajes».


    Mención aparte merece sin embargo el mentado tema del adulterio, cuya justificación puede resultar polémica. Aunque la visión de la vida en pareja que se nos da se caracteriza por la debilidad de sus lazos y la flexibilidad de la convivencia, como sería acorde a los nuevos tiempos, en el desenlace parece establecerse un símil entre el engaño de un hombre y el embarazo de su pareja. Este vendría a sustituir, como creación conjunta, una obra estancada en la que ese hombre escritor siempre se ha basado en sus experiencias amorosas encubiertas. En otras palabras, busca su satisfacción sexual y profesional con otras personas, mientras que con aquella que le es fiel lo que ambos pueden crear es necesariamente de otra naturaleza y, por su reacción final, no le satisface a él a un nivel equiparable. La cuestión podría quedar abierta, pero así planteada daría una dimensión anticuada, por no calificarla de forma más peyorativa, a una narración que como decíamos es de suma actualidad. Sin embargo, Assayas es consciente de esta paradoja y por ello insiste en la hipocresía de sus personajes. Esto es patente en el fatalismo de sus expresiones, en la constante ironía de sus diálogos, e incluso en detalles llamativos para los que estamos familiarizados con su filmografía. Por ejemplo, pese al citado contexto, el frecuente uso de aparatos electrónicos como móviles, tabletas u ordenadores no ocupa aquí encuadres o escenas completas, a diferencia de lo que ocurría en sus filmes anteriores. Por el contrario aparecen ahora de forma accesoria, ya no solo por su propia definición objetiva sino por su incorporación en segundo término a la puesta en escena, pues no serían más que fugaces vías de escape ante problemas cotidianos que no se pueden dejar de abordar directamente. Ello en suma refuerza la síntesis entre complejidad funcional y simplicidad estructural de la que hace gala Dobles vidas | ★★★★


    Ignacio Navarro
    © Revista EAM / Madrid


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