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    Festival de Tallin 2018 (III): The story of a summer lover; Until we fall; Ashes in the snow

    Películas de festivales

    Crónica III de la 22ª edición del Festival Black Nights de Tallin.

    Del imaginario colectivo fluye una idea clara sobre lo que constituyen las “películas de festivales”. Sin importar la procedencia, el término se relaciona con obras largas, lentas y pesadas donde el diálogo escasea, los planos secuencia abundan y el humor brilla por su ausencia. Si puede estar rodada en blanco y negro, mejor que mejor; si no, al menos, que la fotografía tenga suficiente grano para poder pasar por un documental aburrido de esos que echa La 2. ¿Estrellas? Ni hablar: sólo intérpretes desconocidos encarnándose a sí mismos (da igual quiénes sean: la cámara tan sólo los filmará de lejos y el sonido —jamás extradiegético— apenas captará con claridad lo que dicen). Y, claro, habrá subtítulos: en los festivales hay películas en todas las lenguas… salvo la que uno habla. Esa es, nos guste o no, la idea que la mayoría tiene del cine presentado en un festival, y lo cierto es que no puede decirse que sea enteramente errónea: muchas de las mejores obras salidas de todo certamen engloban esas características. Pero por supuesto también hay muchas otras que se salen por completo de tales márgenes. En el Festival de Tallin, por ejemplo, tenemos un absorbente thriller iraní —Sheeple, de Houman Seyedi—, una trepidante road movie checa —Winter Flies, de Olmo Omerzu— y hasta una conmovedora dramedia adolescente americana —Then Came You, de Peter Hutchings—. Y eso que hablamos de un certamen conocido por la experimentación. Al final, el cine es cine y muchos espectadores se sorprenderían si dejaran de lado los prejuicios y se lanzaran a lo desconocido. En el caso del festival que nos ocupa, además, se da un marcado contraste: la mayoría de las proyecciones tienen lugar en el Coca-Cola Plaza o el Apollo Kino Solaris, dos multicines establecidos en despampanantes centros comerciales, de forma que carteles de pequeñas producciones como la india Kadakh, de Rajat Kapoor, o la kirguís Song of the Tree, de Aibek Daiyrbekov, comparten estos días paredes nada más y nada menos que con la superexitosa —cómo no: ¿queda alguien en el mundo que no se haya enterado de su estreno?— Bohemian Rhapsody de Bryan Singer. Muchos entrarán a ver esta última sin plantearse los mundos que podrían estar explorando en las salas colindantes. Difícilmente saldrá de ellos lanzarse a la aventura, tienen demasiadas cosas en las que pensar como para dar demasiadas vueltas a qué película ver (algo que, quizá sólo hagan precisamente para no pensar; y nada malo hay en ello), pero un festival, además de hacer felices año tras año a los cinéfilos de la zona, podría y debería servir también de perfecta excusa para arrastrar a amigos y conocidos a ver obras que, no por alejarse de lo que por sí mismos elegirían, lo hacen de lo que los enriquecería… y hasta gustaría.

    THE STORY OF A SUMMER LOVER

    Povestea unui pierde-vara, Paul Negoescu, Rumanía, Bulgaria ǀ SECCIÓN OFICIAL.

    Tres hombres se reúnen una y otra vez para hablar de la vida en general y de la suya en particular. Petru, el protagonista, es un profesor de matemáticas decidido a cortar con su novia, con quien no logra alcanzar ni el orgasmo ni la felicidad, que cambia de idea al descubrir que ella no sólo está embarazada sino que también pretende cortar, decidiendo entonces reconquistarla pese a que otra mujer más joven haya entrado ya en su vida. Psicología inversa pura y dura, de esa que define tan bien la fidelidad del amor. Sobre eso y sobre muchas otras cosas debate Petru con sus dos mejores amigos, un escritor tan interesado en la situación que ha decidido convertirla en el tema de su siguiente novela y un actor que, como tantos antes que él, debe afrontar una frustración laboral tras otra con la fama en un horizonte aún imperceptible. Alexandru Papadopol, Radu Romaniuc y Rolando Matsangos encarnan a sus personajes hasta prácticamente convertirse en ellos (quizá, en parte, siéndolos), aportando sumo realismo a las escenas que los tres comparten, rodadas estas en atractivas localizaciones de una Budapest harto parisina y bien envuelta por melodías de jazz. Esto último, por supuesto, recuerda al emblemático Woody Allen, cuyo carácter neurótico y humor sagaz parecen haber tenido una gran influencia en un Paul Negoescu que, tras dos comedias de éxito (A Month in Thailand, 2012; Two Lottery Tickets, 2016), ha sofisticado su estilo para acercarlo más al del maestro neoyorkino, tornando The Story of a Summer Lover en una deliciosa e hilarante mirada a la crisis existencial del hombre contemporáneo (la de tres de ellos, en concreto; mas, de alguna forma, la de todos). Aunque el género masculino se presenta con honestidad, empatía y perspicacia, no se cae en el clásico error de descuidar los personajes femeninos, los cuales dan a Nicoleta Lefter y Crina Semciuc bastante margen para ofrecer interpretaciones matizadas aun cuando el punto de vista recaiga del lado contrario. Desde el propio título hasta la cálida fotografía en 35 mm de Ana Draghici, mujer del realizador, The Story of a Summer Lover está además impregnada de una nostalgia que impulsa el romanticismo e invita a reflexionar con calma sobre cuánto se está contemplando (y, sobre todo, escuchando). 77/100.

    Rumanía, Bulgaria, 2018. Título original: Povestea unui pierde-vara. Presentación: Festival de Tallin 2018. Dirección: Paul Negoescu. Guion: Paul Negoescu. Productora: N-Graphix, Papillon Film, Screening Emotions. Fotografía: Ana Draghici. Montaje: Dragos Apetri. Música: Hristo Namliev. Reparto: Adrian Anghel, Iulia Ciochina, Marius Drogeanu, Angela Ioan, Nicoleta Lefter, Olimpia Malai, Rolando Matsangos, Alexandru Papadopol, Radu Romaniuc, Crina Semciuc. Duración: 100 minutos.

    UNTIL WE FALL

    Til vi falder, Samanou Acheche Sahlstrøm, Dinamarca, Suecia ǀ SECCIÓN OFICIAL.

    Que no hay nada más doloroso que la muerte de un hijo es algo que el séptimo arte nos ha recordado una y otra vez; que no hay forma más trágica de romper un matrimonio, también. Until We Fall nos evita el inclasificable dolor inicial de tan horrible circunstancia y presenta a una pareja danesa de regreso a una casa de verano en las Islas Canarias a la que no vuelve desde la muerte de su pequeño, ahogado entre sus hermosas pero traicioneras olas. Dar Salim y Lisa Carlehed extraen dolor de sus entrañas para encarnar a dos personajes incapaces de seguir viviendo pero decididos a hacerlo. Mientras, el francés Samanou Acheche Sahlstrøm, que debutó con I dine hænder (2015), recurre a encuadres cerrados cámara en mano para plasmar la eterna pesadilla que habitan los personajes, acrecentada por la negativa de quienes los rodean de afrontar los hechos tal y como sucedieron. Antes de que hayan podido asimilar siquiera tan desbordante situación, se les pide —casi, se les exige— que la olviden, no tanto para que ellos mismos puedan seguir viviendo, sino para que la turística zona pueda eliminar cuanto antes un recuerdo que no hace bien a nadie. Como daneses, además, ambos están fuera de su entorno, alejados de las personas que realmente los quieren, lo que vuelve los habitualmente bellos enclaves canarios en lugares desapacibles y nada acogedores. El drama da paso así poco a poco a un thriller durante el que los protagonistas se ganarán el apoyo del espectador por el mero hecho de no contar con el de nadie más, si bien el distanciamiento entre ambos se volverá cada vez más insalvable. No es esta por tanto una película para conquistar precisamente a la población canaria, presentada desde una óptica algo anticuada (la idea de una comunidad tan cerrada y hostil tiene claros fines narrativos pero no es del todo justa) y, en lo que respecta al lenguaje, por completo irreal (cuesta decidir qué es peor: que todos los canarios presentados hablen en inglés con tanta soltura o que carezcan de acento regional alguno cuando lo hacen en castellano). Apreciación cultural aparte (una que, claro está, no notarán en otros países), Until We Fall es un filme potente sobre la imperiosa necesidad humana de encontrar respuestas a preguntas que desearía con toda su alma no tener que plantearse. 65/100.

    Dinamarca, Suecia, 2018. Título original: Til vi falder. Presentación: Festival de Tallin 2018. Dirección: Samanou Acheche Sahlstrøm. Guion: Samanou Acheche Sahlstrøm. Productora: Metafilm. Fotografía: Brian Curt Petersen. Montaje: Theis Schmidt. Música: Magnus Jarlbo. Reparto: Dar Salim, Lisa Carlehed, Francesc Garrido, Óscar Casas, Mario de la Rosa, Pernille Andersen, Yaiza Guimaré. Duración: 108 minutos.

    ASHES IN THE SNOW

    Marius A. Markevicius, Lituania, Estados Unidos ǀ COMPETICIÓN DE CINE BÁLTICO.

    Pese a las innumerables películas que ha inspirado la II Guerra Mundial, todavía hay muchas otras que permanecen calladas, aun habiendo afectado a pueblos enteros. Este es el caso, por ejemplo, del ataque frontal que sufrieron los países bálticos por parte de la Unión Soviética de Stalin en 1941, cuando millones de personas fueron deportadas a Siberia en medio de un brutal desmantelamiento que se cobró tantas vidas como sueños. Con la novela Entre tonos de gris (2011), la lituano-estadounidense Ruta Sepetys buscó llenar ese vacío, fusionando su conocimiento de la tierra de sus antepasados con las técnicas narrativas comerciales aprendidas en el país donde nació. En ella, la escritora narra la deportación de un grupo de lituanos, centrándose en una adolescente aspirante a artista y su madre, dos rebeldes en un mundo donde serlo se paga caro. Marius A. Markevicius, otro estadounidense de ascendencia lituana, vio el evidente potencial de la obra y decidió llevarla al cine, dando así voz a un pueblo todavía desconocido al otro lado del océano. No es la primera vez que el cineasta retoma sus raíces y probablemente no sea la última: ya en 2012, dedicó su primer largometraje, el documental The Other Dream Team (2012), al equipo de baloncesto que, tras convertirse en símbolo de la independencia lituana al haber luchado durante el régimen soviético, triunfó en los Juegos Olímpicos de Barcelona de 1992. Tampoco sería raro que Ashes in the Snow se convirtiera en la película lituana más exitosa de todos los tiempos, pero estaríamos ante una victoria tramposa. Y es que esta producción se antoja bastante más internacional que lituana, empezando por estar filmada en inglés (algo chocante de entrada pero comprensible al comprobar que así está escrita la novela de la que parte) con un reparto anglosajón encabezado por una magnífica Bell Powley cuyos ojos transmiten más que todas las palabras del mundo —la escena en la que, sin abrir la boca, se ve forzada a dibujar a su mayor enemigo es el triunfo interpretativo que auguraba The Diary of a Teenage Girl (Marielle Heller, 2015)— y siguiendo por una puesta en escena del todo hollywoodiense. El plano visual es impecable; las interpretaciones, también, y tampoco puede decirse que el guion o la propia realización tengan agujeros claros. Sin embargo, la película no termina de funcionar como debería por no lograr un punto de encuentro razonable entre la durísima historia real que, con el homenaje como fin, plasma y la apertura de la misma al público adolescente, algo que la novela consigue gracias a la honesta narración en primera persona. El resultado no es malo, pero falta verdadera emoción, verdadera involucración por parte de un espectador probablemente más conmocionado por la Historia que se le está revelando que por la historia que se le está contando. 60/100.

    Lituania, Estados Unidos, 2018. Título original: Ashes in the Snow. Presentación: Festival de Los Ángeles 2018. Dirección: Marius A. Markevicius. Guion: Ben York Jones (Novela: Ruta Sepetys). Productora: Sorrento Productions, Tauras Films, Twilight Merengue Studios. Fotografía: Ramunas Greicius. Montaje: Jonathan M. Dillon, Veronika Jenet. Música: Volker Bertelmann. Reparto: Bel Powley, Sophie Cookson, Jonah Hauer-King, James Cosmo, Peter Franzén, Lisa Loven, Martin Wallström, Nadja Bobyleva, Sam Hazeldine, Adrian Schiller, Ieva Andrejevaite, Dolya Gavanski, Aiste Dirziute, Timothy Innes, Darius Meskauskas, Tom Sweet, Valentinas Krulikovskis, Greg Kolpakchi, Gabija Jaraminaite, Kestutis Jakstas, Ramunas Rudokas. Duración: 98 minutos.


    Juan Roures
    © Revista EAM / Tallin


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