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    Crítica: Petra

    Great Scene of Agony

    Crítica ✷✷✷✷✷ de Petra, de Jaime Rosales.

    España, 2018. Título original: Petra. Director: Jaime Rosales. Guion: Jaime Rosales, Clara Roquet, Michel Gaztambide. Duración: 107 minutos. Edición: Lucía Casal. Fotografía: Hélène Louvart. Música: Kristian Eidnes Andersen. Diseño de producción: Victoria Paz Álvarez. Diseño de vestuario: Iratxe Sanz. Productora: Coproducción España-Francia-Dinamarca; Fredesval Films / Wanda Visión / Oberón Cinematográfica / Les Productions Balthazar / Snowglobe Films / Televisión Española / Movistar+ / Televisió de Catalunya. Intérpretes: Bárbara Lennie, Àlex Brendemühl, Marisa Paredes, Joan Botey, Petra Martínez, Carme Pla, Oriol Pla, Chema del Barco, Natalie Madueño. Presentación oficial: Cannes Film Festival, 2018.

    El artista aburguesado, que ha alcanzado su posición social traicionando todos aquellos principios de libre expresión y creatividad, cayendo en la manipulación de los fríos designios mercantiles, es una figura de corte modernista que reviste gran interés en las nuevas visiones de una realidad costumbrista, y al que se suele tratar con cierta aversión tanto por su éxito en su labor de vendedor y mercader, como por su fracaso en mantener la pureza del arte. Es por ello que este personaje suele recordamos al arrogante dictador de la literatura romántica, dueño absoluto de la población, controlador de la voluntad de cada individuo pero carente del aprecio y el respeto de su pueblo, arrogante, manipulador y violento. Este personaje obtiene, además, un placer grotesco en la contemplación del sufrimiento ajeno, por lo que no duda en dedicar su tiempo libre a la maquinación de perversas bromas macabras y degeneradas con el objetivo de hacer sufrir a las personas que lo rodean. Éste es justo el perfil que Jaime Rosales ha dibujado para el coprotagonista de su última película, Petra. Jaume, un afamado artista encuentra, en esa felicidad fugaz producida por el sufrimiento de una persona –a quien ve como un ser inferior y despreciable–, una vía de escape al soberano aburrimiento que impera en su rutina diaria vendiendo piezas de incalculable valor de las que nunca estará orgulloso, y le permite romper con la seriedad casi patética que caracteriza su personalidad, aunque sólo sea durante unos segundos de plena satisfacción al saberse objetivo de un sentimiento tan puro e intenso como puede ser el odio, ya que en su maldad encontramos, en realidad, una desesperada lucha por escapar de la indiferencia de todos sus seres allegados.

    Para hacernos llegar el análisis de un personaje tan desagradable, Rosales recurre al esperpento, esa variante enfermiza y nigérrima del realismo mágico que presenta un contexto desfigurado y absurdo, con personajes muy identificables en lo que a sus personalidades se refiere, pues suele tratarse, como en el presente caso, de personajes-límite, claros ejemplos de un tipo de carácter muy específico, como el de la protagonista epónima del filme, Petra, una mujer de ideas claras y obstinada que buscará la verdad sin importar los medios que tenga que emplear en su empeño, Petra sería la antagonista de Jaume; ambos se enfrentan tanto en su forma de ser como en sus objetivos, así, la película dedicará gran parte de su argumento a mostrar ese desafío para tratar de desenmascarar al otro, con la particularidad de que, mientras el tirano es el único conocedor y, por lo tanto, el líder de ese juego psicológico, Petra deberá permanecer en un plano reactivo, a la espera de los movimientos del anciano para decidir su contraataque. Por otro lado tenemos a Lucas, hijo de Jaume, que vendría a representar el clásico personaje-marioneta, siempre dejado de lado y a expensas de las decisiones que tomen los protagonistas, quienes decidirán, ora de forma consciente y perversa –caso de Jaume–, ora involuntariamente –caso de Petra–, la suerte que finalmente corra este pobre pusilánime. En último lugar hallamos a Marisa, la mujer de Jaume, cuyo papel viene a personalizar la consecuencia de la proximidad con el tirano; una mujer completamente sumisa, envilecida por un inexorable contagio idiosincrático al pasar tanto tiempo junto a su marido, más por miedo que por amor; miedo a la soledad, al fracaso, a ser víctima de una venganza macabra, a la pobreza, a la mediocridad… para Marisa, el precio a pagar por soportar a su marido y contemplar a diario sus innumerables atrocidades, es mucho menor que el que supondría una separación.

    «A la gran innovación argumental conseguida por el realizador en esta reconfiguración del melodrama clásico, se le suma la habilidad de éste en la planificación de escenas, mostrando lo justo y necesario para dejar fuera de plano lo que vendrá a golpearnos más tarde, en el impactante desenlace». 


    Pero, ¿qué queda del arte en todo este entramado maquiavélico? Lo cierto es que muy poco, alguna que otra escena en la que Petra, la verdadera artista del relato, recurre a la pintura como medio de dirigir sus frustraciones o inquietudes. Ahí tenemos sin lugar a dudas una definición muy certera de lo que se busca en un trabajo de experimentación y argumentación estético, muy alejado de la fabricación a medida que realiza Jaume de piezas monumentales destinadas a la apreciación masiva de un público consumista e influido por las corrientes decorativas en boga. Con el objetivo de resaltar esta visión paradigmática del valor y la calidad de una obra, así como la matización de una carga dramática afín al complejo entramado narrativo, Rosales opta por la proliferación de planos de gran duración y sin corte alguno, dejando que las imágenes transcurran a velocidad natural, promoviendo así la reflexión del espectador frente al pavoroso y delirante espectáculo del viejo opresor. Un hombre desagradable que, además, podría ser el padre de Petra, al menos, ése es el verdadero motivo que ha llevado a la joven a buscar la tutoría del artista, disfrazando sus intenciones reales en una falsa admiración. Al parecer, la madre de la protagonista le confesó en su lecho de muerte la verdadera identidad de su padre, algo que tendrá que corroborar de primera mano en un viaje que jamás se imaginaría tan escabroso. Sin duda,la conjunción de forma y contenido no podría ser más satisfactoria, y da como resultado la mejor película de este director, así como uno de los grandes éxitos de la cinematografía española en lo que llevamos de siglo. Petra es un ejercicio sublime de pericia narrativa y control de la intriga, que queda perfectamente ejecutado gracias a las interpretaciones de Bárbara Lennie y Joan Botey.

    A la gran innovación argumental conseguida por el realizador en esta reconfiguración del melodrama clásico, se le suma la habilidad de éste en la planificación de escenas, mostrando lo justo y necesario para dejar fuera de plano lo que vendrá a golpearnos más tarde, en el impactante desenlace. Así, algunas escenas son cortadas a mitad, como ciertas confesiones están explicitadas a medias, permitiendo que siempre quede hueco para la duda y la conjetura. Rosales logra algo tan complicado como que el espectador se olvide de la forma –algo de vital importancia en un filme que trata sobre el acto artístico– y de gran parte del contenido, para buscar, ya en los compases finales de metraje, la esencia misma de la película, la psicología oculta en su mensaje trágico, una búsqueda que dejará, seguro, una sensación de desagrado e inestabilidad en el público, la percepción de extrañeza e impotencia al pensar que todo el mal ocasionado podría haberse evitado de una forma sencilla, si hubiéramos conocido de antemano el alcance de la perversión de este ser vesánico e implacable que obtendrá finalmente su objetivo primordial, al ser el destinatario de la ira y el aborrecimiento de todas las personas que alguna vez se cruzaron en su camino. Sin embargo, puede que no todo salga de manera tan meticulosa como había imaginado, algo que no resultará tan difícil de concebir ya que, pese a tratarse de un hombre de una astucia inusitada, al final no es otra cosa que un fraude; un artista que no entiende el arte y, por lo tanto, una parodia de sí mismo incapaz de darse cuenta de que toda forma de expresión estética ha de estar concebida de forma introspectiva, y nunca, como él se empeña en razonar, destinada a satisfacer las necesidades del lector, principalmente porque si algo hemos sacado en claro de las difusas definiciones del arte desde su concepción, es que éste no puede ser racional. | ✷✷✷✷✷ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Festival de Cannes


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