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    Crítica: El escándalo Ted Kennedy

    La cruz de la perfección |

    Crítica ✷✷✷ de El escándalo Ted Kennedy (Chappaquiddick, John Curran, Estados Unidos, 2017).

    Estados Unidos. 2017. Título original: Chappaquiddick. Director: John Curran. Guion: Taylor Allen, Andrew Logan. Productores: Mark Ciardi, Chris Cowles, Campbell G. McInnes. Productora: Apex Entertainment. Fotografía: Maryse Alberti. Música: Adam Wiltzie. Montaje: Keith Fraase. Dirección artística: Chloe Arbiture, Jonathan Bell. Reparto: Jason Clarke, Kate Mara, Ed Helms, Bruce Dern, Jim Gaffigan, Taylor Nichols, John Fiore, Andria Blackman.

    En julio de 1969, los ojos de todo el mundo estaban puestos en un acontecimiento que supondría un gran paso para la humanidad en su camino hacia la exploración del espacio. Millones de personas esperaban expectantes el momento en que el Apolo 11 llegara a la Luna y el comandante de aquella arriesgada misión, el célebre Neil Armstrong, se convirtiera en el primer hombre que pisaba su superficie. La fascinación hacia un hecho que, tiempo atrás, podía haber sido catalogado como imposible de realizar, poco menos que pura ciencia ficción, unió, muy especialmente, al orgulloso pueblo norteamericano que presenció por televisión cómo uno de sus héroes hacía historia aquel 20 de julio. Todo un éxito, sin duda, que llegó tan solo dos días después de que un desgraciado incidente sacudiera el panorama social y político de Estados Unidos. De nuevo, el clan Kennedy volvería a ocupar las portadas de los periódicos con su enésima desgracia y, en aquella ocasión, tendría como protagonista al menor de los nueve vástagos de Joseph Kennedy y Rose Fitzgerald, Ted, por entonces senador de Massachusetts y sobre cuya intachable figura se habían depositado todas las esperanzas para volver a llevar el apellido Kennedy a la Casa Blanca. Un episodio sobre el que, casi medio siglo después, aún siguen sobrevolando demasiadas incógnitas y no pocas especulaciones y rumorologías que ensombrecen la inmaculada imagen que la familia “real” norteamericana, de orígenes irlandeses, proyectaba sobre la opinión pública. La sociedad adoraba a los perfectos Kennedy, tan elegantes, católicos y con unos aires progresistas que pusieron al servicio del Partido Demócrata durante tantos años. Después de la muerte del hijo mayor del clan, Joe, durante la Segunda Guerra Mundial, la familia aún tuvo que hacer frente a varios golpes duros más: los asesinatos de John Fitzgerald Kennedy, el presidente más joven de su país, en Dallas, el 22 de noviembre de 1963, y de Bobby, tiroteado cinco años más tarde, cuando acababa de realizar un discurso por su victoria sobre McCarthy por el control demócrata en su camino hacia la presidencia. Con semejantes antecedentes, no era extraño que el pueblo sintiese tanta empatía por el dolor de un clan sobre el que parecía haber recaído una maldición. Y Ted, el pequeño Kennedy, se revelaba como la última oportunidad para que, de nuevo, su familia pudiera llegar a lo más alto del escalafón político.

    Tristemente, el destino quiso que sus opciones de ser presidente quedasen hundidas en el fondo de un lago, junto al cadáver de una infortunada mujer de la que, a día de hoy, pocos se acordaban. Mary Jo Kopechne, una joven secretaria de los Kennedy, había sido invitada, junto a otras chicas voluntarias de la campaña presidencial de Bobby, a la isla de Chappaquiddick, para acudir a una fiesta privada, en la que, presumiblemente, no faltó el alcohol, en compañía de Ted y otros hombres del partido, todos casados. Una jornada que acabó de la peor manera posible, con la chica muriendo ahogada en el interior del coche en el que viajaba junto al aspirante a presidente, después de que este se precipitase desde un puente, de manera accidental, hasta al fondo del lago Poucha. Ted consiguió salir del vehículo pero, lejos de socorrer a Mary Jo, abandonó el lugar y tardó diez horas en entregarse a las autoridades, algo que le acarreó una condena de dos años de cárcel por homicidio involuntario que nunca cumplió. Curiosamente, cuando está próximo el estreno del biopic sobre la heroica figura de Neil Armstrong, First Man (Damien Chazelle, 2018), protagonizado por Ryan Gosling, ha llegado a las carteleras ese oscuro episodio de la vida de Ted Kennedy que compartió protagonismo con la aventura espacial en aquellos años. John Curran, realizador un tanto irregular, tan capaz de un remake tan notable como El velo pintado (2006) como de un thriller tan mediocre como Stone (2010), que desperdició a dos actores de la talla de Robert De Niro y Edward Norton, ha sido el encargado de llevar a la gran pantalla un proyecto largamente acariciado por su protagonista, Jason Clarke. No es extraño, ya que el personaje de Ted, además de controvertido, supone un auténtico bombón para su lucimiento como actor y lo cierto es que Clark ha sabido aprovechar la ocasión, ofreciendo una perfecta encarnación de un pobre diablo que tuvo que lidiar toda su vida con la pesada sombra de sus admirados hermanos mayores, pero que carecía de la seguridad y la ambición de aquellos. Pese a ello, luchó por no ser una decepción para el severo patriarca, interpretado por un cadavérico Bruce Dern que, casi sin pronunciar palabra y postrado en una silla de ruedas, hace gala de una presencia intimidante que explica perfectamente la presión psicológica a la que era sometido su hijo.

    «Más que un thriller político o una biografía al uso, lo que ofrece El escándalo Ted Kennedy es un nada complaciente drama que escarba en los sentimientos encontrados que sacudieron el interior del menor de los Kennedy en las diez horas más fatídicas y angustiosas de su vida». 


    El escándalo Ted Kennedy se une así a otras aproximaciones del cine al mítico clan y, pese a que carece de la personalidad de películas J.F.K.: Caso abierto (Oliver Stone, 1991) o Jackie (Pablo Larraín, 2006), sí resulta interesante por la valiente forma en que muestra las luces y sombras del personaje retratado. El Ted de Jason Clarke es un tipo juerguista, despreocupado, inmaduro y, en última instancia, cobarde, ya que le costó dar el paso de contar en televisión lo que sucedió aquella fatídica noche, por miedo a truncar su futuro político a consecuencia de su actuación negligente. A su alrededor, un puñado de personajes moralmente ambiguos trata de crear una cortina de humo alrededor del caso para limpiar la imagen del senador, manipulando los hechos y llegando al extremo de impedir una autopsia que determinara las auténticas circunstancias que rodearon a la agonía de Mary Joe. Es cierto que el filme no profundiza demasiado en las teorías más polémicas que se crearon alrededor del caso, pero el dibujo que realiza de las artimañas que se emplean en política para salvaguardar el honor de sus representantes no deja de ser terrorífico. No es una cinta que destaque especialmente por sus cualidades cinematográficas. Al margen de una cuidada ambientación y la esmerada labor fotográfica de Maryse Alberti, la realización no pasa de ser tan cumplidora como lo puede ser un telefilme de lujo. De esta forma, el plato fuerte del filme está en cómo desentierra un episodio tan oscuro y vergonzoso en la vida de un político que, no obstante, consiguió remontar este bache y continuó ejerciendo de senador de Massachusetts hasta su fallecimiento en 2009. Más que un thriller político o una biografía al uso, lo que ofrece El escándalo Ted Kennedy es un nada complaciente drama que escarba en los sentimientos encontrados que sacudieron el interior del menor de los Kennedy en las diez horas más fatídicas y angustiosas de su vida. Curran trata de arrojar algo de luz sobre aquel desagradable incidente que fue estratégicamente maquillado por un eficiente grupo de asesores y eclipsado (nunca mejor dicho) por la Luna y aquellos hombres que llegaron a ella. A fin de cuentas, Ted Kennedy siguió siendo considerado, por la gran mayoría de los norteamericanos, como un hombre íntegro, pero la memoria de Mary Joe necesitaba algo de justicia. | ✷✷✷✷✷ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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