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    Crítica: El reverendo

    A bordo de una nave de locos

    Crítica ✷✷✷✷ de El reverendo, de Paul Schrader.

    Estados Unidos, 2017. 108 minutos. Título original: First Reformed. Director: Paul Schrader. Guion: Paul Schrader. Fotografía: Alexander Dynan. Música: Brian Williams. Productores: Brian Beckmann, Philip Burgin, Martin McCabe, Luca Scalisi et alia. Diseño de producción: Grace Yun. Edición: Benjamin Rodriguez Jr. Intérpretes: Ethan Hawke, Amanda Seyfried, Michael Gaston, Cedric the Entertainer, Victoria Hill, Philip Ettinger, Bill Hoag, Michael Metta, Frank Rodriguez, Mahaleia Gray, Elanna White, Satchel Eden Bell, Joseph Anthony Jerez, Jake Alden-Falconer, Otis Edward Cotton, Delano Montgomery.

    Sabido es que el espléndido ensayo que publicó Paul Schrader en 1972 sobre Dreyer, Bresson y Ozu, en el que acuñó con gran fortuna para la posteridad de la crítica cinematográfica la denominación «estilo trascendental», ha llevado a muchos analistas de la trayectoria del guionista y director norteamericano a buscar trazas de tal estilo en la misma cuando, de hecho, su universo suele basarse en un fuerte protagonismo individual, vinculado, además, a las tramas de intriga y a las reacciones emocionales de los personajes ante lo que ha sucedido, sucede o sucederá (la sombra de Dostoievski es alargada), con lo que se halla en las Antípodas de ese cine austero, argumentalmente minimalista y «despersonalizado» que pretende plasmar lo trascendente. Dicho esto, y sin la paradójica pretensión de incurrir en el mismo error que mis predecesores, El reverendo (2017) es, a buen seguro, la película que más claramente toma elementos prestados del mencionado estilo trascendental de toda la carrera de Schrader, aunque, eso sí, en ningún momento abandone las constantes más habituales de su cine. Para empezar, se centra en un personaje inmerso en un hondo proceso de crisis, el pastor Ernst Toller –un Ethan Hawke que se cuenta entre lo mejor de la propuesta–, algo que lo pondrá al límite de su cordura y lo situará (o casi) al margen de la sociedad. Evidentemente, ello alinea a Toller con los innumerables antihéroes que pueblan la filmografía como director y guionista de Schrader: Travis Bickle, Wade Whitehouse, Adam Stein, Yukio Mishima, Michael Courtland, John Letour... Pero hay más: un personaje en apariencia tan entregado a la compasión y empatía como un sacerdote admitirá su momentánea sensación de alivio al permitirse ejercer la crueldad gratuita sobre su amiga Esther (Victoria Hill), y ese acto devendrá, en el fondo, el paso previo a que Toller se plantee en serio la conveniencia de recurrir a la violencia extrema, en una escalada de la idea malsana al acto desquiciado muy propia de los relatos de Schrader. En última instancia, el desenlace de la historia tendrá connotaciones de redención de ese protagonista descarriado, en este caso concreto con un signo más positivo que en otras ocasiones.

    Por otro lado, El reverendo mantiene la estructura más clásica de la disposición argumental, sin analepsis ni prolepsis, y cuenta con una dosificación climática de los acontecimientos a fin de acumular la tensión del espectador de cara al tramo final de la cinta, durante el cual el destino de Toller se va a sellar de manera definitiva. Si a ello le añadimos la voz en over del protagonista, un recurso que el autor justifica –¿evocando a Bresson?– mediante un diario que el capellán empieza a escribir para combatir su incapacidad de rezar, la última película de Schrader está dentro de la línea del psicologismo realista que caracteriza, grosso modo, el conjunto de su producción. Sin embargo, desde los títulos de inicio del filme, de una sobriedad bastante llamativa, hasta el plano de obertura, con un lento travelling sin música y casi sin sonido –apenas el rumor del campo al amanecer–, ya nos indican que El reverendo no es solo una indagación al uso del alma de un personaje atribulado, sino que, en realidad, pretende ir más allá. No en vano, tras esa presentación, entre solemne y siniestra, de la arquitectura de la parroquia que gestiona Toller, el realizador nos ofrece un plano detalle donde se nos cuenta el motivo que le da el título original a la pieza: «La primera reformada» (First Reformed) es el nombre de la parroquia en cuestión, de longeva existencia (finales del siglo XVI). En consecuencia, la Iglesia –aquí, la protestante–, y en concreto, su papel en la actualidad, se perfila de forma inmediata como uno de los dos ejes temáticos de la obra, mientras que el otro aparece tras la conversación de Toller con uno de sus feligreses, Michael (Philip Ettinger), y se trata de una denuncia cargada de horror y enojo ante el cambio climático, ya no futuro sino presente, impulsado y mantenido por la indiferencia, por no decir la estupidez, de sus responsables.

    ▲ Ethan Hawke en FIRST REFORMED | FESTIVAL FILMS.

    «Irónicamente, en una película donde el cristianismo tiene una importancia central, la trascendencia no viene a través de él, sino del amor humano». 


    En puridad, es por la voluntad de interrelacionar ambos temas con un propósito crítico que Schrader emplea el estilo trascendental definido por él mismo. Es más: se diría que lo hace a propósito, es decir, a sabiendas de lo inapropiado de sus claves en una trama como esta, tan cargada de fuertes sentimientos, de tristeza y de rabia, como si le diera una pátina «divina» a una historia en verdad muy secular. En este sentido, y siguiendo la clasificación del propio Schrader, en El reverendo aparecen tres elementos en el discurso cinematográfico para intentar reflejar lo trascendente: lo cotidiano, la disparidad y la estasis. El primero significa un retrato de los lugares comunes del día al día de los personajes, en un proceso de estilización que se caracteriza, a menudo, por los actos repetidos y la relevancia de los espacios. De ahí que, en la primera parte del metraje, asistamos a la cotidianeidad de Toller, cuya abundancia de planos generales la deja huera de contenido; y es que su parroquia, propiedad de la ultramoderna iglesia Abundant Life, por su condición de construcción histórica, tiene un carácter de atracción turística. No por casualidad, los más pequeños de la congregación llaman a Toller «el hombre de la tienda de suvenires». Asimismo, Ernst parece víctima de un entorno opresivo e impersonal, dado el estatismo pictórico de los encuadres en los que él, tanto por su disposición en el interior de los mismos como por la fotografía en penumbra de Alexander Dynan, posee un papel prácticamente anecdótico.

    Puesto que la mayoría de ellos, además, se vinculan a las desnudas dependencias de la Iglesia de la Primera Reforma en las que vive, es inevitable pensar en Dreyer. Su rutina se altera, no obstante, tras el encuentro con Michael (en su diario, el propio Toller confiesa lo estimulante que le ha resultado su charla con el joven), lo que propicia la disparidad, esto es, la irrupción del elemento humano que termina por disociar definitivamente al antihéroe de su contexto. En El reverendo, el contacto del protagonista con el activismo medioambiental de su atormentado feligrés lo «contagia» del «virus» de la desesperación ante el futuro de la humanidad que también «padece» Michael, hasta el extremo de que Toller se sentirá obligado a cumplir con la voluntad de su parroquiano, lo que propiciará que a la postre suplante su identidad de «mártir de la fe», tal y como Michael denomina a tantos y tantos defensores del ecologismo asesinados impunemente allende del mundo. Es aquí cuando, de los planos generales, pasamos a los primeros planos de los rostros, especialmente los de Ernest, Michael, Mary y Jeffers (Cedric the Entertainer). Finalmente, aparece la estasis, que supone, no la resolución del conflicto, sino la superación del mismo mediante lo trascendente. El gesto se detiene, igual que se corta bruscamente el travelling circular que cierra el discurso. Irónicamente, en una película donde el cristianismo tiene una importancia central, la trascendencia no viene a través de él, sino del amor humano.

    ▲ Amanda Seyfried en FIRST REFORMED | FESTIVAL FILMS

    «Fusionando, pues, dos opciones visuales tan diferentes como la que ha caracterizado la estética de la mayoría de sus obras y la que explícitamente admira en otros autores (no solo los citados: también Sokurov, Kiarostami…), Paul Schrader ofrece una cinta muy personal y, a la vez, de visos universalistas, que pretende denunciar sin caer en el panfleto y que incluso se permite breves instantes de «realismo mágico», surgidos justamente de la armonía de lo irreconciliable: lo eterno y lo humano, lo trascedente y lo sentimental». 


    Toller decide que solamente mediante el sufrimiento puede lidiar con la angustia que le embarga; y cuando la primera fuga adelante fracasa, le da un cariz más cristológico a sus planes de inmolación. Tendrá que ser el personaje encarnado por Amanda Seyfried, significativamente llamado Mary, quien opte por rescatarlo de la espiral de desesperanza en la que se encuentra sumido. Ello explica un final que a más de uno le resultará desconcertarte, impostado, inverosímil o, cuando menos, discutible. En su favor, sin embargo, hay que decir que Schrader, quizás más perspicaz como guionista que como director, no ha aludido con anterioridad a Thomas Merton porque sí. El místico católico que calificó la desesperación como un lujo de los egoístas está en la raíz de la tesis de El reverendo. Ante, ya no la permisividad, sino la connivencia de la Iglesia protestante con los poderosos que están llevando a la Tierra, y por ende, a la humanidad, al garete (como bien queda encarnado en el personaje del pastor Jeffers), la respuesta más normal es la indignación, el odio o la desesperación. Pero el realizador de Míchigan, como Merton, considera que perder la esperanza solamente supone adoptar una actitud paralizante, irresponsable e insolidaria. Siempre hay motivos para seguir adelante: un bebé, una sonrisa, una canción. Fusionando, pues, dos opciones visuales tan diferentes como la que ha caracterizado la estética de la mayoría de sus obras y la que explícitamente admira en otros autores (no solo los citados: también Sokurov, Kiarostami…), Paul Schrader ofrece una cinta muy personal y, a la vez, de visos universalistas, que pretende denunciar sin caer en el panfleto y que incluso se permite breves instantes de «realismo mágico», surgidos justamente de la armonía de lo irreconciliable: lo eterno y lo humano, lo trascedente y lo sentimental. De esta forma, el filme parece actualizar la alegoría medieval de Sebastian Brant, al recordarnos que, por demente que pueda parecernos el comportamiento de un individuo aislado, todos formamos parte de una stultifera navis (nave de necios), cuyo destino no es nada halagüeño, ya que aquellos que la dirigen son precisamente los más estúpidos y los más locos. Y si bien participamos del viaje en diferente grado, todos, sin excepción, estamos a bordo de esa nave a punto de hundirse. | ✷✷✷ |


    Elisenda N. Frisach
    © Revista EAM / Barcelona


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