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    Crítica: La aparición

    Visión fuera de campo, imprecisión en campo

    Crítica ✷✷✷ de La aparición (L’apparition, Xavier Giannoli, 2018).

    Francia, 2018. Dirección: Xavier Giannoli. Guion: Xavier Giannoli. Productoras: Curiosa Films / Gabriel / Proximus / La Cinéfacture / Memento Films Production. Fotografía: Eric Gautier. Montaje: Cyril Nakache. Diseño de producción: Riton Dupire-Clément. Dirección artística: Anas Balawi. Vestuario: Isabelle Pannetier. Reparto: Vincent Lindon, Galatéa Bellugi, Patrick d’Assumçao, Elina Löwensohn, Alicia Hava. Duración: 144 minutos.

    Las películas basadas en temas religiosos pueden optar por abrazarlos o desmentirlos, por desarrollar una historia en la que efectivamente surge un espíritu de divinidad que revela la existencia del más allá, u otra donde la ciencia o más ampliamente el materialismo se imponen a las creencias y se desemboca en un ateísmo más decidido que el inicial. Otra estrategia común para evitar esta dualidad algo simplista es iniciar la trama con la introducción del elemento místico, ante la que una mayoría de espectadores puede sentir cierto escepticismo, compartido usualmente por el protagonista, para luego ir añadiendo datos que nos hacen dudar sobre la orientación de la historia y llegar a pensar que puede existir aquello que al principio se rechaza, siempre al hilo de la evolución del personaje y no tanto por alteración de nuestra convicción general. En otras palabras, se trata de situar al escéptico en un contexto nuevo que le lleva a replantearse su visión de las cosas, premisa fructífera para el cine, donde cabe citar ejemplos comerciales, desde la saga de Indiana Jones hasta las adaptaciones de Dan Brown, pero también otros más complejos como Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955), una de las reflexiones cinematográficas más potentes sobre este eterno dilema, cuyas conclusiones trascienden su marco para poder alterar incluso más allá del mismo la conciencia de su espectador. Esto supera nuestro planteamiento inicial por la excepcionalidad de esta propuesta: mucho más frecuente en cambio es limitarse a construir un relato donde entre su principio y final la fe de sus personajes se ve trastocada, aprovechando la ambigüedad del asunto para evitar pronunciarse con carácter definitivo sobre el mismo.

    En este planteamiento más modesto, y adelantamos que en un extremo de esta línea difusa, se sitúa La aparición, aunque su estructura parece buscar una mayor ambición. Su división en capítulos y su ritmo pausado se corresponden con el envoltorio novelístico propio de las películas donde se suceden muchos acontecimientos, van y vienen personajes y transcurre un tiempo considerable entre espacios variopintos. La cinta de Giannoli sin embargo pronto traiciona estas pretensiones, pues tras unos primeros minutos en los que en efecto dominan los cambios de geografía y las elipsis, la narración pronto se estanca una vez ubicada en el lugar donde se desenvuelve su meollo. Se trata de un pueblo francés al que están acudiendo muchos peregrinos atraídos por la fama de Anna (Galatéa Bellugi), una joven que asegura haber presenciado dos apariciones de la Virgen. Siguiendo el procedimiento habitual, la Iglesia encarga a una comisión comprobar la verosimilitud de sus afirmaciones, por medio de entrevistas y otras observaciones en el terreno, encabezadas por Jacques, un periodista de guerra al que da vida Vincent Lindon. A partir de ahí la historia progresa por ese contrapunto entre Jacques y Anna, entre el escéptico y la creyente, aunque con los matices respectivos de la escasa información personal del primero y una extensa investigación de la segunda que apuntan hacia una pureza más cercana a la ingenuidad que a la beatificación inminente. Sobre Jacques apenas sabemos que perdió a su compañero en el conflicto que entonces cubría, antes de volver a Francia y recibir ese nuevo encargo, que sorprendentemente acepta con pocas dudas. Intuimos que lo hace para superar la dinámica negativa, recluida y atormentada, que viene padeciendo desde el regreso con su familia, pero es solo una llamada posterior de su mujer la que nos proporciona algo más de transfondo, hasta entonces bastante carente.

    En su voluntad de imprimir sutileza e intriga a un tipo de subgénero propicio a los excesos y la ostensión, Giannoli manipula en exceso el normal desarrollo del suceso, tratando de ocultar sus cartas para luego ponerlas sobre la mesa a destiempo. Con ello provoca que durante buena parte del metraje tengamos demasiado poco conocimiento de los hechos.


    Sobre Anna vamos aprendiendo cosas a medida que avanza el drama, aunque también hay un dato que se retrasa demasiado, el de la correspondencia con una antigua amiga. En este sentido, en su voluntad de imprimir sutileza e intriga a un tipo de subgénero propicio a los excesos y la ostensión, Giannoli manipula en exceso el normal desarrollo del suceso, tratando de ocultar sus cartas para luego ponerlas sobre la mesa a destiempo. Con ello provoca que durante buena parte del metraje tengamos demasiado poco conocimiento de los hechos como para que su seguimiento sea del todo armonioso, y luego en otros trechos se nos proporcionan detalles que no revisten en ese momento toda la utilidad que deberían. Otro ejemplo sería el del testimonio de dos lugareños que aseguran haber oído a la chica gritar el día de la aparición, algo que ella niega. Cuando luego se nos da la razón de esta contradicción, la anticipación anterior (según el conocido esquema de planting/payoff) se antoja insuficiente. Los dos personajes principales además evolucionan poco o nada. De Jacques esperamos que siga esa tendencia a la que antes nos referíamos, pero no abandona su convicción inicial en ningún momento ni varía o profundiza en sus argumentos, que se tornan pues repetitivos y simples. De Anna esperamos también un giro que aporte alguna sombra entre tanta luz, sobre todo porque sabemos, por la historia en cuestión, que va a haber un giro en algún momento. Pero cuando este llega resulta poco creíble y anticlimático, tanto por lo que implica sobre el comportamiento previo de Anna como por la reacción flemática que suscita en Jacques. Ahora bien, pese a todas estas críticas, La aparición mantiene una coherencia formal nada desdeñable, con una estructura simétrica entre el comienzo y el fin que es inesperada y a la vez muy satisfactoria, y a menor nivel por una técnica nada invasiva pero igualmente provechosa. Véase por ejemplo el plano sostenido de Anna durante su entrevista, muestra asimismo de la paciencia que desprende el metraje y que, frente a los defectos antedichos, le permite cobrar mayor envergadura. En otras palabras, esta se deriva de componentes minimalistas cuando lo habitual en filmes así es que lo haga de los maximalismos. La mencionada coherencia viene reforzada por una banda sonora donde el Fratres de Arvo Pärt reaparece a modo de leitmotiv, tras una primera escucha coincidente con los problemas de oído de Jacques, estableciendo así un oportuno nexo entre la música extradiegética y el ambiente de un drama que por su conexión mística la reclama. Una última cualidad apreciable es la de las interpretaciones de Bellugi y Lindon, la primera joven promesa y el segundo veterano actor, ambos memorables en sus papeles pese a su naturaleza monocorde y algo superficial. En suma, La aparición es recomendable con sus puntos a favor y en contra, aunque en esta línea intermedia no quedará por consiguiente como una de las películas que más poso y claridad han traído consigo sobre la reflexión teológica. | ✷✷✷ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


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