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    Crítica: Rodin

    Obras maestras, lugares comunes

    Crítica ✷✷ de Rodin, de Jacques Doillon.

    Francia, 2017. Título Original: «Rodin». Dirección: Jacques Doillon. Guion: Jacques Doillon. Música: Philippe Sarde. Fotografía: Christophe Beaucarne. Reparto: Vincent Lindon, Izïa Higelin, Séverine Caneele, Edward Akrout, Olivia Baes, Patricia Mazuy, Magdalena Malina, Zina Esepciuc, Lea Jackson, Anthony Bajon, Serge Bagdassarian, Maxence Tual, Serge Nicolai, Régis Royer, Pascal Casanova, Nathalie Bécue. Productora: Les Films du Lendemain / Artémis Productions / France 3 Cinéma. Duración: 119 min.

    El proceso creativo es, en esencia, un fenómeno intangible del cual se pueden indagar sus manifestaciones materiales pero nunca llegar a aprehender su totalidad. El momento mágico y misterioso del surgimiento de una idea o concepto, que se asemeja al de una epifanía, tiene su corolario (en los casos de éxito) en la concreción física de una visión de mundo. La escultura y la pintura resultan particularmente interesantes cuando son abordadas por el medio cinematográfico, ya que por su carácter espacial se puede apreciar el accionar del artista sobre su obra. Eso es lo que percibió, por ejemplo, un director de la talla de Clouzot al realizar la célebre Le Mystére Picasso, en donde la pantalla se convertía en un lienzo traslúcido, suerte de ventana al interior del genio del pintor malagueño. En el biopic de Auguste Rodin, el cineasta francés Jacques Doillon propone un acercamiento que, a primera vista, parece ser concomitante con esa idea, intentando abarcar el germen y desarrollo de lo que fuera la obra más importante del artista, esto es, el grupo escultórico conocido como La puerta del infierno, que toma su inspiración tanto de La Divina Comedia de Dante Alighieri como de los versos de Las flores del mal de Charles Baudelaire. Con este fin en mente, la narración nos traslada al taller de Rodin (personificado por Vincent Lindon), en donde podemos observar la meticulosidad con la cual el escultor trabajaba sobre sus figuras, y especialmente, lo exigente que era con respecto al resultado final de sus obras. A su vez, la trama se centra en la relación profesional y amorosa entre el artista y Camille Claudel (Izïa Higelin), alumna y colaboradora, con la que el escultor transitó una turbulenta historia, primero de romance y luego de enfrentamiento y separación. A través de una estructura episódica, la película presenta escenas en las que se hace hincapié en las cuestiones técnicas del trabajo en el taller (incluyendo desde el preparado de los materiales hasta la colocación de las piezas para su presentación final) combinadas con conversaciones y encuentros íntimos entre maestro y alumna. En ese sentido, la película pone de relieve la falta de reconocimiento público de los aportes de Camille Claudel a la obra de Rodin, además del talento innato de alguien que fue más que una simple ayudante o modelo.

    Es también cuando nos trasladamos al exterior del espacio de trabajo del escultor, donde podemos vislumbrar algunos indicios de su forma de entender la praxis artística. Su comprensión del elemento táctil, que resulta crucial en su trabajo de modelado de figuras, se aprecia en una escena en la que el artista toca y estudia la forma de los árboles, en su afán por conectarse con los fundamentos de su profesión, o en una sugerente cita en la cual menciona su apego a la tierra (en referencia al barro que se utiliza en las esculturas), en contraposición a otros materiales de mayor jerarquía como el oro, el bronce o la piedra. Podríamos seguir enumerando distintos aspectos del proceso creativo que la película describe, pero es pertinente subrayar que se trata de un oasis en el desierto. Esto se debe a que el filme termina sucumbiendo ante el panorama de contarlo todo, lo que se refleja en la imposibilidad del director por profundizar en un aspecto específico de la historia que logre captar nuestra atención. Si la escultura, como arte espacial, enfatiza el elemento corpóreo, el cine es un arte que hace del tiempo su materia prima. Por un lado, asistimos a la grandilocuencia de las declamaciones de Rodin sobre el sentido de su arte (incluyendo la reflexión que lo lleva a plantear que Dante, como él, esculpe, pero con palabras) pero por el otro, el filme, en su carácter narrativo y temporal, carece de una estructura rítmica y dramática que permita sacar a relucir las cualidades intrínsecas del medio cinematográfico. Dicho en otros términos, las escenas (que concluyen con fundidos a negro colocados de manera arbitraria) evidencian un apego a un tipo de estética teatral, en detrimento de una apuesta a hacer del montaje un recurso expresivo que eleve la calidad artística del filme y nos vuelva conscientes de su temporalidad. De algún modo, la película cae en su propia trampa, ya que carece del dinamismo y la búsqueda de movimiento que Rodin logró incorporar en sus esculturas, no logrando encontrar un nexo coherente entre los distintos fragmentos expuestos tanto del trabajo como de la vida íntima del artista.

    «Si la escultura, como arte espacial, enfatiza el elemento corpóreo, el cine es un arte que hace del tiempo su materia prima. Por un lado, asistimos a la grandilocuencia de las declamaciones de Rodin sobre el sentido de su arte (incluyendo la reflexión que lo lleva a plantear que Dante, como él, esculpe, pero con palabras) pero por el otro, el filme, en su carácter narrativo y temporal, carece de una estructura rítmica y dramática que permita sacar a relucir las cualidades intrínsecas del medio cinematográfico».


    Es a través de los vaivenes en la relación amorosa entre Rodin y Camille, y la incómoda situación de Rose (la pareja pública del escultor, interpretada por Séverine Caneele), que el director intenta dotar a la narración de un impulso dramático que nunca llegar a obtener inercia propia. De esta manera, aproximadamente sobre la mitad del metraje, ya podemos asumir el desenlace de una trama que resulta en exceso convencional, siendo las recurrentes escenas de sexo meros decorados de un drama sin sustento emotivo. Consciente o no de sus propios defectos, la película agrega una serie de encuentros circunstanciales entre Rodin y diferentes referentes artísticos y culturales de la época (Monet, Cézanne y Rilke, entre otros), algo que desvía el centro de atención de la historia hacia terrenos poco precisos, dando cuenta de cierta desorientación sobre lo que se busca transmitir. En lo que respecta al trabajo del artista y su día a día (que finalmente resulta ser el único elemento que realmente se puede destacar) la cinta presenta, además del mencionado encargo de La Puerta del Infierno (que incluye en su parte superior la famosa figura del Pensador), una secuencia con los pormenores de su trabajo sobre el busto de Víctor Hugo (es interesante como muestra la capacidad del escultor para memorizar detalles de las figuras, ya que el escritor se negaba a posar) y especialmente, la dificultosa relación de Rodin con las autoridades, siempre disconformes con las libertades creativas que éste se tomaba. El filme también pone el foco en el monumento a Balzac, obra emblemática y vanguardista que generó polémica en la Francia de finales del siglo XIX, y que escapaba a cualquier estilo conocido por el público de la época. En el trabajo sobre esa obra, que implicó un largo camino de fracasos a la hora de su exhibición (Rodin nunca llegó a ver la fundición), se percibe una incansable búsqueda de nuevos horizontes expresivos por parte del artista, lo que concluye con una de las escenas más potentes de la película en la cual el escultor sumerge su bata de trabajo en yeso para luego colocarla sobre la escultura del novelista. Pero la trascendencia de estas obras que ya forman parte de la historia del arte, se contrapone a la falta de interés conceptual y audiovisual producida por un biopic que transita por demasiados lugares comunes y termina desgastando al espectador en sus casi dos horas de duración. | ✷✷✷✷✷ |


    Hernán Touzón
    © Revista EAM / Barcelona


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