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    Crítica | El rehén

    Los límites de la diplomacia

    Crítica ✷✷✷ de El rehén, de Brad Anderson.

    Estados Unidos. 2018. Título original: Beirut. Director: Brad Anderson. Guion: Tony Gilroy. Productores: Ted Field, Tony Gilroy, Monica Levinson, Shivani Rawat, Mike Weber. Productoras: Radar Pictures / ShivHans Pictures. Distribuida por Bleecker Street. Fotografía: Björn Charpentier. Música: John Debney. Montaje: Andrew Hafitz. Diseño de producción: Arad Sawat. Reparto: John Hamm, Rosamund Pike, Mark Pellegrino, Dean Norris, Shea Whigham, Alon Aboutboul, Jonny Coyne, Larry Pine, Jay Potter, Ben Affan, Mohamed Zouaoui, Mohamed Attougui.

    A pesar de no tener el renombre de otros colegas de profesión como Eli Roth, Rob Zombie, James Wan o Alexandre Aja, el director Brad Anderson ha sido un realizador que ha cultivado con bastante acierto cine de terror y de suspense de calidad durante las dos últimas décadas. Sorprendió muy gratamente con Session 9 (2001), una suerte de vuelta de tuerca al subgénero de casas encantadas, que ambientaba su historia en el interior de un tétrico hospital mental abandonado, y que se alejaba de los sustos fáciles para moverse en unos interesantes terrenos de horror psicológico. Más tarde, consiguió sacar de un entregadísimo Christian Bale (perdió tanto peso para su papel que se quedó, literalmente, en los huesos) una de sus más memorables interpretaciones en la perturbadora El maquinista (2004), y manejó con soltura una intriga de corte hitchcockiano en el interior del ferrocarril de Transsiberian (2008), que contó con un ecléctico reparto encabezado por Emily Mortimer, Woody Harrelson y nuestro Eduardo Noriega. En los últimos años, después de los flojos resultados de propuestas de género menores (pero nada desdeñables) como La última llamada (2013), vehículo para lucimiento de una sufridora Halle Berry, o Asylum: El experimento (2014), su aproximación al universo literario de Edgar Allan Poe, Anderson parecía haber vuelto a encontrar refugio en la televisión, aquella que en sus inicios le trajera alegrías como The Wire, Fringe, Treme. La miniserie de Netflix The Sinner ha sido su último éxito en este campo antes de volver a ponerse detrás de las cámaras en un nuevo proyecto cinematográfico que rompe cuatro años de silencio. El título escogido para la ocasión ha sido El rehén (2018), una cinta de espionaje internacional para la que ha contado con la inestimable colaboración en el guion de Tony Gilroy, todo un especialista en el género, gracias a sus trabajos en los libretos de la saga de Jason Bourne, y director de la notable Michael Clayton (2007).

    La historia, concebida por Gilroy en la década de los 90 e inspirada, en parte, por el secuestro de William Buckley, jefe de la estación de la CIA, en Beirut, en 1984, nos traslada a un escenario tan conflictivo y turbulento como es la capital del Líbano de 1972. En el impactante prólogo de la cinta asistimos a una recepción en la mansión del carismático diplomático estadounidense Mason Skiles que acaba en tragedia cuando unos terroristas irrumpen en el lugar y asesinan a sangre fría a su esposa, llevándose retenido a su hijo adoptivo, Karim, de trece años. Esta es la razón por la que el hombre abandona su trabajo y vuelve a Estados Unidos, donde vive atormentado por los fantasmas del pasado y se refugia en el alcohol, hasta que, una década después, es requerido por la CIA para que vuelva a esa Beirut a la que prometió no regresar jamás. ¿El motivo? Uno de sus agentes, Cal, viejo amigo de Mason e involucrado en los hechos que destrozaron su vida, ha sido secuestrado por un grupo armado que exige que sea exclusivamente él la persona que negocie el intercambio del rehén por el hermano de uno de los terroristas, partícipe en la masacre de los Juegos Olímpicos de Múnich, que, presuntamente, se encuentra retenido por los israelíes. Comienza así una aventura a contrarreloj en la que cada segundo cuenta para salvar la vida de Cal y en la que el guion de Gilroy arrastra al espectador a través de una serie de estratégicos movimientos del protagonista, acompañado por una agente encubierta que vela por su seguridad, en ese enorme tablero de ajedrez en el que se ha convertido el Líbano, inmerso en una devastadora guerra civil y dominado por tensiones políticas y sociales entre palestinos, israelíes, norteamericanos y los diferentes grupos terroristas que luchan por el monopolio de la religión. El rehén es, por consiguiente, una cinta algo densa en su argumento, por lo que no resulta difícil perderse en medio de tanto conflicto de intereses, traiciones y personajes de moral ambigua que sobrecargan la trama. Por fortuna, la dirección de Anderson, aunque impersonal, se revela como ágil y dinámica para lo que suele ser habitual en este tipo de productos.

    «Un notable ejemplo de cine que aúna buen entretenimiento con seriedad, exigencia e inteligencia en la construcción de la historia y sus personajes».


    Las intenciones de Gilroy eran las de construir una historia de intriga política que siguiera los cánones de las novelas de espionaje de John Le Carré y, ciertamente, mucho de ello hay en el resultado final. Tiene el filme un bienvenido aire a vigoroso thriller de espionaje setentero, del tipo Chacal (Fred Zinnemann, 1973) o Los tres días del cóndor (Sydney Pollack, 1975), que recupera un modo de hacer cine más clásico y limpio, rodado con buen pulso y alejado de los efectismos y la abundancia de acción trepidante de los modelos actuales (entre los que está, sin ir más lejos la serie Bourne). Pese a tratarse de una producción relativamente modesta, hay que valorar el cuidado trabajo de ambientación y puesta en escena, que nos traslada con eficacia al peligroso Beirut de los 80, con esos edificios derruidos por los bombardeos, sirviendo de fantasmagórico paisaje de fondo (maravillosamente fotografiado, en tonalidades sepia, por Björn Charpentier) a la intriga. John Hamm, estupendo actor a quien le está costando desprenderse de la alargada sombra de su personaje protagonista en la serie Mad Men, consigue aquí una excelente oportunidad para despuntar en cine y lo hace entregando una actuación magnífica y llena de fuerza, que da a la perfección el perfil de antihéroe romántico y maltratado por la vida que tan bien acogido suele ser por el público. A su lado, Rosamund Pike vuelve a dar una lección de elegancia y buen hacer en su encarnación de agente de la CIA que, al igual que su compañero de misión, se mueve más por motivaciones sentimentales que profesionales a la hora de luchar por lograr el rescate de Cal. Un detalle de agradecer es que los responsables de la película no hayan caído en la tentación de forzar una subtrama amorosa entre los dos protagonistas, limitándose a mostrar una relación de camaradería y estrictamente laboral, algo que dice mucho de la sobriedad y las intenciones de El rehén de ser un thriller puro y duro, más preocupado en reflejar cómo era de irrespirable el ambiente en el Líbano de aquellos años y lanzar, de paso, una certera crítica hacia la cara más sucia de la política exterior norteamericana. Un notable ejemplo de cine que aúna buen entretenimiento con seriedad, exigencia e inteligencia en la construcción de la historia y sus personajes, llegado a una cartelera, la veraniega, como alternativa a la oleada de blockbusters descerebrados que nos invaden en estas calurosas fechas. | ✷✷✷✷✷ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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