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    Crítica | Con amor, Simon

    Un armario sin oxígeno

    Crítica ★★★★ de Con amor, Simon (Love, Simon, Greg Berlanti, Estados Unidos, 2018).

    Estados Unidos. 2018. Título original: Love, Simon. Director: Greg Berlanti. Guion: Isaac Aptaker, Elizabeth Berger (Novela: Becky Albertalli). Productores: Marty Bowen, Wyck Godfrey, Isaac Klausner, Pouya Shahbazian. Productoras: Fox 2000 Pictures / Temple Hill Entertainment. Fotografía: John Guleserian. Música: Rob Simonsen. Montaje: Harry Jierjian. Diseño de producción: Aaron Osborne. Reparto: Nick Robinson, Jennifer Garner, Josh Duhamel, Katherine Langford, Alexandra Shipp, Jorge Lendeborg Jr., Logan Miller, Keiynan Lonsdale, Clark Moore, Talitha Eliana Bateman, Tony Hale, Natasha Rothwell, Joey Pollari, Miles Heizer.

    Resulta revelador, casi digno de estudio, el modo en que una pequeña película como Con amor, Simon se ha convertido en uno de los “sleepers” de este 2018. Todo un fenómeno sociológico que, contando con un modesto presupuesto de 17 millones de dólares, ha recaudado más 51 en todo el mundo, viéndose arropado por críticas positivas allá donde se ha estrenado. Es verdad que la campaña de publicidad, que la ha vendido como la primera comedia romántica teen protagonizada por un personaje gay (tantas veces relegado a la categoría de secundario en este tipo de productos) y respaldada por un gran estudio, en este caso Fox 2000 Pictures, la ha empujado, directamente, a ser considerada esa cinta necesaria y destinada a romper tabúes, más allá de sus cualidades estrictamente cinematográficas. Venimos de un año inmejorable para el cine de temática LGBT, el 2017, en el que la maravillosa Call Me By Your Name (Luca Guadagnino) compitió por el Oscar a la mejor película, la chilena Una mujer fantástica (Sebastián Lelio) logró alzarse con la estatuilla en la categoría de mejor película de habla no inglesa, y obras como la británica Tierra de Dios (Francis Lee) o la sudafricana La herida ( John Trengove) acapararon aplausos en festivales de todo el mundo, por lo que la adaptación de novela de Becky Albertalli ha llegado en un momento en que la audiencia se encontraba más receptiva a acoger con los brazos abiertos a esta crónica de la accidentada “salida del armario” de Simon Spier, que habla con naturalidad y de forma desenfadada de ese momento crucial por el que tienen que pasar muchos adolescentes gays que, en mayor o medida, se sentirán irremediablemente identificados con las peripecias de su protagonista. Para llevar a buen puerto el proyecto se ha contratado a Greg Berlanti, un realizador más experimentado en televisión –suyas son series como Everwood o Arrow– que en la gran pantalla, pero que tiene la experiencia previa de haber debutado con una cinta LGBT tan querida como El club de los corazones rotos (2000).

    “Soy como tú. Mi vida es completamente normal en casi todo”. Con estas palabras comienza a presentarse ante nosotros Simon, un chico que parece tenerlo todo para ser feliz. Unos padres modernos y enrollados que llevan juntos desde que se enamoraron siendo él el típico deportista guaperas y ella la empollona de la clase, una hermana pequeña con la que se lleva a las mil maravillas y un grupo de amigos con el que disfruta en sus momentos de ocio. Pero hay algo que no permite al muchacho “respirar” y mostrarse al mundo tal y como es. Un secreto que le atormenta: Es gay. Una realidad que no se atreve a compartir con nadie hasta que aparece en su vida, de la noche a la mañana, otro estudiante que se encuentra en sus mismas circunstancias y que, bajo el seudónimo de Blue, plasma sus sentimientos en la red social de la escuela. A partir de ese momento, ambos jóvenes comienzan a intercambiar mensajes vía e-mail, forjándose entre ambos una relación de amistad que hace que vayan reuniendo fuerzas suficientes para superar sus temores y dar el paso de contar a sus allegados su verdadera orientación sexual. Con lo que no cuenta Simon es que fuese a comenzar a sentir algo cercano al amor por este amigo secreto, del que desconoce su identidad (podría ser cualquiera de los chicos que pululan por los pasillos del instituto), pero junto a quien se siente, por una vez, él mismo. Los acontecimientos se precipitan cuando un compañero descubre, por accidente, los correos de Simon y los utiliza para chantajearle, algo que acabará afectando a las personas que quiere, víctimas de las distintas mentiras que el chico deberá emplear para tratar de que su secreto siga oculto. Siendo objetivos, Con amor, Simon no es una comedia adolescente demasiado diferente de tantas otras. De hecho, su factura es bastante televisiva y no escatima en personajes estereotipados, empezando por esa Leah (Katherine Langford, de la serie Por trece razones) amiga desde la guardería que está enamorada en secreto del protagonista –Berlanti también estuvo tras Dawson crece– y pasando por Abby (Alexandra Shipp), la chica aparentemente segura de sí misma y que sufre en silencio la traumática separación de sus padres mientras lucha por no dejar de creer en el amor, o Martin (Logan Miller) el friki del instituto, irritante y a quien nadie soporta, que aquí ejerce de chantajista de Simon. Una fauna que hemos visto retratada en muchos otros productos de similares características pero que, en el caso que nos ocupa, logra trascender de la simple caricatura gracias a la química que florece entre todos los jóvenes actores y al enorme cariño con el que están tratados sus roles en la historia de Albertalli (incluso los más negativos tienen su corazoncito).



    «Si hay un elemento en este filme que hace que sea el gran éxito que es, ese es su protagonista, un Nick Robinson en estado de gracia. Carismático y cercano como el Ferris Bueller de Todo en un día o el Lloyd Dobler de Un gran amor, su Simon Spier logra la absoluta complicidad con el espectador, metiéndoselo en el bolsillo desde el instante en que se dirige a él, a través de su voz en off, confesándole su secreto y haciendo que todos deseemos que consiga descubrir la identidad del misterioso Blue».


    Aceptando todo esto, ¿qué es lo que tiene esta cinta para que resulte tan irresistible para el gran público? En primer lugar, resulta muy inteligente la forma en que extiende la expresión “salir del armario” a todos esos secretos e inseguridades que cada uno de los personajes esconden por miedo a no ser aceptados y que nada tienen que ver con una inclinación sexual. El guion de Isaac Aptaker y Elizabeth Berger, fresco e ingenioso, parece heredero contemporáneo de aquellas comedias iniciáticas ochenteras que tan bien dominaba John Hughes, tales como El club de los cinco (1985) o Todo en un día (1986), solo que trasladando los anhelos y aspiraciones de sus héroes adolescentes a la actual era de las redes sociales y la telefonía móvil, acompañada de formas mucho más virtuales (y problemáticas) de relacionarse. Al igual que aquellos títulos emblemáticos del género, Con amor, Simon combina romance y humor con gran desparpajo, resultando un producto muy equilibrado, en el que funcionan igual de bien las salidas de tono cómicas –esa colorista ensoñación en la que Simon saca su lado “más gay” en la universidad, marcándose un número de baile al son del I Wanna Dance With Somebody de Whitney Houston– y los pasajes más serios y dramáticos, destacando la emotiva conversación entre Simon y su madre (estupenda Jennifer Garner), que recuerda, salvando las distancias, al íntimo momento de Elio y su padre en Call Me For Your Name. Ambas películas juegan en ligas distintas y, mientras la de Guadagnino ofrecía una visión del primer amor y la entrada en la madurez más realista y dolorosa (cortesía del guion de James Ivory sobre la evocadora novela de André Aciman), la que propone Berlanti es mucho más edulcorada y ligera –temas como la homofobia y el bullying escolar están tocados, de puntillas, para no romper el tono amable de un relato en el que, como mandan los cánones de las comedias románticas norteamericanas de toda la vida, tienen que triunfar el amor y la tolerancia por encima de cualquier obstáculo–, con vistas a llegar a la mayor cantidad de público posible. Pero si hay un elemento en este filme que hace que sea el gran éxito que es, ese es su protagonista, un Nick Robinson en estado de gracia. Carismático y cercano como el Ferris Bueller de Todo en un día o el Lloyd Dobler de Un gran amor (Cameron Crowe, 1989), su Simon Spier logra la absoluta complicidad con el espectador, metiéndoselo en el bolsillo desde el instante en que se dirige a él, a través de su voz en off, confesándole su secreto y haciendo que todos deseemos que consiga descubrir la identidad del misterioso Blue –la historia juega al despiste con diferentes chicos del colegio y con el atractivo camarero del restaurante de gofres que frecuenta el grupo de amigos– y que ambos sean capaces de derribar las puertas de sus armarios para ser felices y comer perdices. Tan simple como esto y es que, en su sencillez, reside el gigantesco encanto de esta pequeña gran película. | ★★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


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