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    Crítica | Golden Exits

    La melancolía es un color dorado

    Crítica ★★★★ de Golden Exits (Alex Ross Perry, Estados Unidos, 2017).

    Un avión atraviesa un cielo de azul limpio mientras Emily Browning se arranca a cantar una versión a capella de «New York Groove». Así comienza Golden Exits. Con un hit del glam rock que, despojado de los oropeles sonoros y performativos a los que nos ha acostumbrado, convierte a un cantar hedonista de las noches de la gran ciudad en otra cosa. La gestualidad tímida de Browning, su mirada dubitativa hacia un lugar indeterminado fuera del plano y sus manos cobijadas entre las mangas nos hablan de una distancia similar a la que existe entre el sonido y las palabras de la canción: el personaje, Naomi, frente a la experiencia prediseñada (por vaya uno saber quién) de lo que debe ser la estancia en Nueva York de una atractiva muchacha de veinticinco años. El lenguaje corporal apocado de Browning ya en esa primera secuencia significa la vivencia personal de un espacio y una etapa biográfica concreta que tiende al recogimiento en el propio cuerpo frente a los cuerpos ajenos que tratan de poner normas o expectativas a sus experiencias. Alex Ross Perry dispone a Naomi, la más joven de su elenco de personajes, como elemento centralizador del puñado de vidas paralelas que escoge para su historia, donde el denominador común es similar al conflicto descrito en ella: el choque entre las expectativas propias de la etapa vital presente frente a una realidad personal bien distinta. Perry construye un fresco de esas etapas vitales que abarca desde los veintipocos de Naomi hasta el umbral de los cincuenta que planea sobre el personaje de Mary-Louise Parker. Si Naomi se convierte en su eje central es porque su corta edad la convierte en el caracter sobre el que el resto deposita de forma más clara sus proyecciones y necesidades, con esa especie de superioridad moral que otorga el aconsejar a alguien que atraviesa una edad que uno ya «se ha pasado». Naomi, estudiante australiana de archivística que se desplaza a Nueva York para unas prácticas, es así redefinida según la mirada que se pose sobre ella. La de su jefe, Nick (Adam Horovitz), cuarentón maniático y misantrópico que cuanto más niega su interés sexual en la joven becaria más queda en evidencia; la de un antiguo conocido de la infancia (Jason Schwartzman), que replica con ella los modos del adolescente guapo y alternativo que fue, consciente del efecto de fascinación que provoca sobre la chiquilla cinco años menor que él; o la de la cuñada de su jefe divorciada (Mary-Louise Parker), que trata de inculcarle el discurso de emancipación de las relaciones sentimentales que ella misma parece haberse visto forzada a interiorizar.


    «Las paredes sin glamour, la luz artificial de neón blanco y las pilas de archivadores sobre estanterías metálicas son un recordatorio constante, como expresa Nick, de que una vida puede quedar reducida a un montón de papeles en un cuarto húmedo y oscuro. Esto es, en la salida menos dorada posible». 


    Golden Exits explora, en fin, la cuestión de las relaciones personales como un mecanismo en el que «el otro» es definido por las necesidades y deseos propios, y en el que las nuevas personas que aparecen son inevitablemente contempladas como una posibilidad de fuga de los estancamientos y decepciones consolidados con las ya conocidas. Las «salidas doradas» del título (convertidas también en motivo visual, como en el primero de los planos que disponemos sobre estas líneas) parecen relacionarse con una conversación mantenida entre las dos mujeres más jóvenes del elenco, en la que expresan la aspiración deseable de ir atravesando experiencias de las que se salga en pleno esplendor, habiendo aportado algo valioso a las vidas de aquellos con quienes se han compartido. La cuestión no es ya que el dorado de esas salidas pueda ser algo quimérico, sino que la cantidad de las mismas disponibles va menguando según se van quemando etapas biográficas. De ahí que el dorado de esas salidas se perciba como más intenso cuanto más se aleja su posibilidad. Mientras que Naomi, el personaje más cercano a la culminación de esa fantasía, habla de ella con cierto desengaño: «El problema de ser tan transitoria como he sido es lo vulnerable que me hace a la obsesión. Voy a un nuevo lugar y quiero mudarme allí. Luego conozco a alguien, me enamoro, y quiero estar con él todo el tiempo. Luego pasa una semana, dos semanas y al final lo único que quiero es irme». Quizá el significante más opuesto a la situación de Naomi, con todo, no sea un personaje sino un espacio. El sótano en el que trabaja junto a Nick dedicándose a archivar el patrimonio de su difunto suegro. Las paredes sin glamour, la luz artificial de neón blanco y las pilas de archivadores sobre estanterías metálicas son un recordatorio constante, como expresa Nick, de que una vida puede quedar reducida a un montón de papeles en un cuarto húmedo y oscuro. Esto es, en la salida menos dorada posible. Que Nick, con su misantropía de mediana edad, llegue a definir esa ocupación suya de pasar las horas entre archivos y paredes frías como «apasionante» nos habla de la tendencia, también inevitable, a integrar la esperanza en el dorado con la fascinación, o directamente la atracción, por el negro mórbido.


    «La colección final de planos urbanos, con sus puntos de fuga en los que resplandece la luz del sol crepuscular, incide en una idea de belleza que en lugar de renunciar a lo melancólico (que, recordemos, no es inherente al paisaje sino atributo de quienes lo habitan) lo sublima a la vez que lo mitiga».


    Frente a ese oro quimérico, al que aleja la interminable dialéctica entre la tendencia al compromiso y la voluntad de mantener posibilidades abiertas, Perry tiñe su película de un dorado fotográfico con significaciones más bien melancólicas. Ya desde ese plano de apertura con Emily Browning bañada por luz de atardecer y tonos pardos, que se sigue con una sucesión de planos de Nueva York bajo los últimos rayos de sol del día acompañados por unas suaves notas de piano. Un recurso que se retoma en repetidas ocasiones a modo de elemento puntuador entre distintos pedazos dramáticos, y que expresa la doble significación de los dorados del crepúsculo: son un elemento de melancolía, sí, pero también de una particular calidez. En términos visuales, y casi contradiciendo las implicaciones temáticas, Perry parece contemplar a las luces y movimientos de la Gran Manzana como una fuerza más cobijadora que agresiva, dando cuenta de esa relación de amor-odio hacia la ciudad tan típica del neoyorquino medio (y tan popularizada por Woody Allen). Hay un equilibrio muy bello entre la prevalencia de primeros planos tan marcados que Perry emplea en las conversaciones y esos planos puntuadores de la ciudad que los hacen respirar, que rompen el encierro psicológico de sus personajes. El recurso da pie a algunos momentos de simbiosis, como una conversación entre Browning y Schwartzman en un bar rodada a base de primeros planos y travellings que siguen la dinámica del diálogo, pero mediada visualmente por un cristal que deja ver los reflejos del movimiento callejero superpuesto a sus rostros. Con todo, el cineasta se las arregla para no convertir la abundancia de primeros planos en algo agresivo hacia sus personajes, sino en una manera cariñosa de mirarlos, en una forma de encuadrar y teñir de luz sus rostros que se percibe como amorosa, aun cuando no se molesta en disminuir (tampoco en exacerbar) sus trazos de antipatía. Al final, el regalo que parece concederles Perry (y a nosotros, tan similares a ellos) es la posibilidad de reciclar su altanería, su cobardía o sus engaños en modos de reafianzar sus relaciones dañadas; a la vez que concederles la posibilidad de las «salidas doradas» a modo de paisaje reconfortante, presente en todos los rincones de Nueva York. La colección final de planos urbanos, con sus puntos de fuga en los que resplandece la luz del sol crepuscular, incide en una idea de belleza que en lugar de renunciar a lo melancólico (que, recordemos, no es inherente al paisaje sino atributo de quienes lo habitan) lo sublima a la vez que lo mitiga. El último plano de Golden Exits no es más que una avenida arbolada llena de caminantes, que parece sugerirnos que el caminar hacia el punto de fuga dorado es, aunque irrealizable en términos metafóricos, de lo más terapéutico como acto en sí mismo. | ★★★★ |


    «Perry parece contemplar a las luces y movimientos de la Gran Manzana como una fuerza más cobijadora que agresiva, dando cuenta de esa relación de amor-odio hacia la ciudad tan típica del neoyorquino medio. Hay un equilibrio muy bello entre la prevalencia de primeros planos tan marcados que Perry emplea en las conversaciones y esos planos puntuadores de la ciudad que los hacen respirar, que rompen el encierro psicológico de sus personajes».



    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Pamplona


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Golden Exits. Director: Alex Ross Perry. Guión: Alex Ross Perry. Compañías productoras: Bow and Arrow Entertainment, Faliro House Productions, Forager Films. Presentación oficial: Festival de Sundance 2017. Productores: Joshua Blum, Christos Konstantakopoulos, Alex Ross Perry, Adam Piotrowicz, Katie Stern. Música: Keegan DeWitt. Fotografía: Sean Price Williams. Montaje: Robert Greene. Diseño de producción: Fletcher Chancey, Scott Kuzio. Vestuario: Amanda Ford. Reparto: Emily Browning, Analeigh Tipton, Mary-Louise Parker, Chloë Sevigny, Jason Schwartzman, Lily Rabe, Adam Horovitz, Craig Butta. Duración: 94 minutos.


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