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    Crítica | Una voz silenciosa

    Un trozo de imagen vale más que unas pocas palabras

    Crítica ★★★★ de Una voz silenciosa (聲の形, Koe no katachi, Naoko Yamada, 2016).

    Hace tiempo que la animación se está desprendiendo con numerosos ejemplos de su asociación con el público infantil, al interesarse por temas serios o espinosos como la guerra en Vals con Bashir (Vals Im Bashir, Ari Folman, 2008), el existencialismo en Anomalisa (Duke Johnson y Charlie Kaufman, 2015) o la orfandad en Psiconautas, los niños olvidados (Pedro Rivero y Alberto Vázquez, 2015). Las tres son películas dirigidas a un espectador decididamente adulto, nada aconsejables para los niños, aunque es más difícil abarcar todo el espectro de edad, algo que hace muy bien Pixar y también lo viene haciendo el anime. Véanse si no cintas como El niño y la bestia (Bakemono no ko, Mamoru Hosoda, 2015) o En este rincón del mundo (Kono sekai no katasumi ni, Suano Katabuchi, 2016), que combinan algunos de los temas que citábamos antes, así respectivamente la orfandad o la guerra, con un estilo más ligero y ameno, a través de un protagonismo más juvenil o recurriendo a elementos de ensoñación o fantasía. Otros dos graves problemas que pueden afectar a los más jóvenes son el acoso escolar y la idea de suicidio, esta última especialmente difundida en Japón, uno de los países del mundo con mayor tasa de suicidio entre los menores. Tratarlos de forma accesible sin caer en la insensibilidad se antoja complicado, y es algo que logra el nuevo filme de Naoko Yamada, joven directora nipona cuya visión se distancia un tanto de la de sus compañeros de industria. Esto se debe a que innova en la estructura de un relato cuya apuntada premisa exige un desarrollo atento a cada uno de sus elementos para enfocarlos con la debida consideración.

    Una voz silenciosa puede emparentarse en este sentido con otra película estrenada hace poco centrado en el bullying, Wonder (Stephen Chbosky, 2017), en la medida en que exige contarnos las experiencias tanto de los acosados como de los acosadores, así como de sus respectivos familiares. Pero mientras que en la cinta de Chbosky este diseño, dividido en sus correspondientes capítulos para cada personaje, desembocaba en cierta simplificación que frenaba la catarsis emocional, en la de Yamada el mismo es fiel a su complejidad intrínseca y no renuncia a los matices, sino que va mezclando y diversificando las motivaciones de cada uno para al final ofrecer un cuadro donde no está nada claro quiénes son las víctimas y los culpables. Es verdad que esta ambición trae consigo una cierta confusión, sobre todo en los primeros compases del filme, cuando se inicia el acoso por un estudiante de primaria, alentado por sus compañeros, sobre una niña sorda recién llegada a su clase. Y es que Yamada va alternando desde el principio los tiempos, teniendo en cuenta que el grueso del drama transcurre unos años más tarde, cuando algunos de estos alumnos se han separado, matriculados en distintas escuelas, antes de reencontrarse. En otras palabras, se busca establecer una pronta relación entre su pasado inmediato y sus repercusiones a medio plazo, en particular el hecho de que el niño que antes acosaría a esa niña sería pronto despreciado y marginado a su vez, llevando a esos pensamientos de muerte prematura que son con los que arranca la película.

    «El desarrollo nunca es lineal, nunca se conforma con exponer los hechos tal como se deben percibir a priori, sino que siempre pretende darles la vuelta a través de sus varios recursos visuales».


    En cualquier caso, esta depende de la conexión que debe fijarse entre ambas coordenadas espaciotemporales, aunque a la primera se le dedique poco metraje. En realidad, se nos muestra casi a ráfagas, con un montaje intercalado donde predominan unos insertos cuyo significado por ahora ignoramos y unos encuadres recortados cuyo fuera de campo se debe siempre intuir. Es una estrategia arriesgada porque en esos instantes iniciales el seguimiento es algo errático por nuestra parte, pero luego se revela especialmente afortunada por dos razones. La primera es la correspondencia natural entre el carácter fragmentado de esa parte de la historia y el mismo carácter que tiene la memoria de esos años tempranos, donde los recuerdos llegan de forma parcial e insospechada. La segunda es que de este modo se quedan grabadas en nuestra mente unas breves imágenes (el cuñado brasileño del protagonista, el trabajo de peluquería de su madre o el cuaderno de la niña en el riachuelo) que como decíamos adquirirán un sentido posterior, sin que para ello sea necesario detenerse demasiado tiempo en ellas: por cómo están presentadas su efecto perdura sin que apenas hayan tenido evolución propia. He aquí el más peliagudo y meritorio punto de equilibrio entre la sencillez y la profundidad del que hace gala Una voz silenciosa.

    Esta dualidad se va luego extendiendo a lo largo de su narración, incorporando otros elementos estéticos también de doble acepción, como las cruces superpuestas sobre la cara de los compañeros de clase de nuestro antihéroe, que caen solo cuando expurgan sus pecados. Y además lo hacen cuando este último se atreve por fin a mirarlos a la cara, lo cual a su vez aportaría un elemento adicional de justificación al susodicho recorte de los planos. En lo que respecta al montaje, se aprovechan momentos en apariencia anodinos para igualmente ramificar el alcance de la historia, como los fuegos artificiales en su último acto, presenciados a la vez, en tomas sucesivas, por multitud de personajes. Se anuncia así la conexión inmediata que proporciona este acontecimiento, el cual sirve asimismo para dar el salto de lo personal a lo universal, con un enfoque acorde a esa perspectiva plural con la que juegan Yamada y su guionista Reiko Yoshida. En suma, el desarrollo nunca es lineal, nunca se conforma con exponer los hechos tal como se deben percibir a priori, sino que siempre pretende darles la vuelta a través de sus varios recursos visuales, aunque a veces esto pueda hacerse a costa de la homogeneidad de la puesta en escena. Véanse por ejemplo los planos aéreos con los que culminan algunas escenas, a modo de transición más brusca que fluida con la siguiente secuencia. Sin embargo, se agradece este tipo de propuesta, mucho más rica en sentido tanto narrativo como técnico, y en su conjunto mucho más clarificadora que reduccionista en cuanto a los dilemas que plantea el acoso escolar y el tipo de relación que puede establecerse entre sus implicados, ya sea de amor/odio o de amistad/enemistad. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Japón, 2016. Título original: 聲の形. Dirección: Naoko Yamada. Guion: Reiko Yoshida (basado en el cómic de Yoshitoki Ôima). Productoras: ABC Animation / Kodansha / Kyoto Animation / Pony Canyon / Quaras / Shochiku Company. Fotografía: Kazuya Takao. Montaje: Kengo Shigemura. Música: Kensuke Ushio. Dirección artística: Mutsuo Shinohara. Reparto (voces): Miyu Irino, Saori Hayami, Aoi Yûki, Kenshô Ono, Yûki Kaneko, Yui Ishikawa. Duración: 129 minutos.


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