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    Crítica | Molly's Game

    Juego sofisticado

    Crítica ★★★ de Molly’s Game (Aaron Sorkin, Estados Unidos, 2017).

    Era cuestión de tiempo que un guionista como Aaron Sorkin se pusiera detrás de la cámara. El tránsito tardío de un departamento a otro no es frecuente: por lo general los directores ya empiezan escribiendo sus propios guiones o dan sus primeros pasos en estos últimos con escasa visibilidad antes de unir ambas facetas. En cambio Sorkin ha sido durante más de dos décadas uno de los guionistas más reconocidos de la industria, tanto en el cine como en la televisión: recordemos en efecto sus excelentes libretos escritos para La red social (The Social Network, David Fincher, 2010), Moneyball (Bennett Miller, 2011) o Steve Jobs (Danny Boyle, 2015), en el primer campo; o sus creaciones de varias temporadas El ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing), Studio 60 on the Sunset Strip o The Newsroom, en el segundo. La evolución en este caso es natural por el protagonismo que se le ha concedido, mucho mayor que el de la mayoría de sus compañeros de profesión, hasta el punto de que sus acelerados diálogos o su estructura narrativa acaban siendo los aspectos más destacables de la producción, casi podría decirse que absorbiendo sus demás virtudes. En otras palabras, este neoyorkino ha trascendido su gremio y sentado escuela, gozando de una seña de identidad estilística que se asocia más bien al cineasta propiamente dicho, por su visión distintiva y su capacidad omnicomprensiva.

    Este recorrido se puede rastrear en sentido temático, pues los títulos mencionados antes atestiguan el interés de Sorkin por el aislamiento que propician las nuevas tecnologías y el mundo oficinista, contrarrestado por una necesidad de vuelta a la comunidad familiar o de origen. Fijándonos en las tres películas citadas, sus protagonistas cumplen bastante bien con los mentados parámetros, en especial los de Moneyball o Steve Jobs, donde el lazo parental pasa de ser una subtrama inicial a dar sentido a todo el desarrollo dramático. En La red social la familia está ausente porque se ve sustituida por otro lazo de afinidad: el de la amistad, acorde a una generación distinta, más independiente. Ahora, en Molly’s Game se advierte el mismo contexto: estamos en esta ocasión ante una mujer marcada por su parentesco, condicionamiento que trata de contrarrestar por la vía profesional, fuera de las aspiraciones que deparaba su formación de juventud. La inteligencia superior vuelve a definir a un personaje cuya verborrea ocurrente se corresponde con su conocimiento enciclopédico de la sociedad en la que vive, mostrado a través de un montaje fragmentado que incorpora imágenes de archivo y planos intercalados para darle forma visual a su pensamiento tan discursivo como incisivo. Pero aquí estas cualidades no se explotan en pro de grandes invenciones técnicas, sino de la mera organización de partidas privadas de póquer.

    «La cinta discurre por tanto por estos saltos temporales, que enmarcan a mayor escala los saltos visuales a los que antes hacíamos referencia. Sin embargo, su mayor intensidad se extrae de esta doble labor de montaje, antes que de las implicaciones de un relato cuyo ambiente elegido minora las altas capacidades de su protagonista».


    Molly Bloom fue una mujer encargada durante años, primero en Los Ángeles y luego en Nueva York, de fichar clandestinamente a pesos pesados de todo ámbito, desde el entretenimiento hasta los negocios, más o menos lícitos, para reunirse en largas veladas y jugárselo todo a las cartas. Este es el grueso de la narración, pero la misma se cuida también en sus prólogo y epílogo de resumirnos las primeras incursiones de Bloom en el esquí olímpico, donde una caída fortuita la apartó de las más altas competiciones, y tras un tiempo sirviendo copas encontró mayores beneficios en la trastienda del póquer. Sus asociaciones suscitarían sin embargo el interés del FBI, arrestándola y confiscando sus bienes, aparte de menguar su confianza y dignidad. Para hacer frente a este obstáculo recabará los servicios de un íntegro abogado, cuyas interacciones más recientes, en una estructura diseñada por Sorkin similar a la de La red social, se entrelazan con esas acciones anteriores. La cinta discurre por tanto por estos saltos temporales, que enmarcan a mayor escala los saltos visuales a los que antes hacíamos referencia. Sin embargo, su mayor intensidad se extrae de esta doble labor de montaje, antes que de las implicaciones de un relato cuyo ambiente elegido minora las altas capacidades de su protagonista. Si en los anteriores filmes ideados o adaptados por Sorkin el escenario era propicio al pleno desenvolvimiento de su héroe, en este lo coarta, lo impide desarrollarse plenamente. Y esta restricción, que no es solo intelectual sino también emocional, contagia un tanto al espectador, asumiendo un grado de excitación menor del habitual.

    Es algo desafortunado que esta alteración coincida con el cambio de género, pasando el foco del masculino al femenino, cuya emancipación se ve por ende limitada. Pese a todo, la cámara está casi siempre pendiente de su actriz, apabullante Jessica Chastain, en un papel que nos recuerda bastante al que desempeñó hace poco en El caso Sloane (Miss Sloane, John Madden, 2016), escrita por cierto por un alumno aventajado de Sorkin, Jonathan Perera. Es un tipo de rol que le pega bastante bien a esta intérprete, enérgica en sus interpelaciones y contenida en su gestualidad, los cuales gozan de buena química con Idris Elba, en la piel de su honorable letrado. El tercer personaje relevante es el de Kevin Costner, que también dispone de cierto momento de lucimiento, en particular en una escena en el parque en que le hace una terapia sintética a su hija para, según él mismo alega, resumir las aventuras que hemos presenciado. Con esto el guionista y director pretende darle un enfoque más trascendente a su historia, la cual hasta entonces, como decíamos, se ha realizado dentro de unos parámetros quizá demasiado circunscritos, y algo paradójicos por el despliegue sin límites espaciotemporales de la edición. En esta dualidad se mueve en definitiva Molly’s Game y en ella sufre cierta desigualdad o descompensación, aunque también lo padece necesariamente por su ambición y estilo, los cuales son siempre de apreciar en propuestas de esta índole. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    China y Estados Unidos, 2017. Presentación: Festival de Toronto 2017. Dirección: Aaron Sorkin. Guion: Aaron Sorkin (basado en la novela de Molly Bloom). Productoras: STX Entertainment / Huayi Brothers Pictures / The Mark Gordon Company / Pascal Pictures / Entertainment One. Fotografía: Charlotte Bruus Christensen. Montaje: Alan Baumgarten, Elliot Graham y Josh Schaeffer. Música: Daniel Pemberton. Diseño de producción: David Wasco. Dirección artística: Brandt Gordon. Decorados: Patricia Larman. Vestuario: Susan Lyall. Reparto: Jessica Chastain, Idris Elba, Kevin Costner, Michael Cera, Jeremy Strong, Chris O’Dowd, J.C. MacKenzie, Brian d’Arcy James, Bill Camp, Graham Greene. Duración: 140 minutos.


    Tierra de Dios

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