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    Crítica | La seducción

    En casa del abolicionista, esclava en la cocina

    Crítica ★★★ de La seducción (The Beguiled, Sofia Coppola, EE.UU., 2017).

    En la América secesionista las bombas se confunden con El tambor del granadero, con los truenos cargados de augurios de lluvias y destrucción, con el agonizante palpitar del corazón de un soldado herido, e incluso con los efectos de sonido de Richard Beggs. Sin embargo, entre la atronadora crueldad de la contienda todavía hay lugar para la dádiva y la generosidad de una ingenua niña de raigambre confederada, quien trata de socorrer a un hereje abolicionista que, moribundo, pide auxilio agazapado entre los matorrales aledaños a la casa en la que ella y otro grupo de señoritas de mayor edad, son educadas en el discreto arte de la servidumbre doméstica para llegar a ser las dignas mujeres de un héroe nacional cuando termine la guerra. Pero, hasta que ese momento llegue, esta academia de doncellas se rige bajo las normas de protocolo y liturgia de Miss Martha, la protagonista de La seducción, una mujer tan grácil en sus formas como estricta en sus enseñanzas, uno de los mejores ejemplos de la feminidad patriarcal que trata de imponer su legado al resto de habitantes de la casa, un grupo muchachas de notable homogeneidad aparente entre las que destaca Edwina, la mayor de todas ellas, como clara alumna aventajada a quien ya se le empiezan a conceder ciertas libertades acorde al grado de responsabilidad que tácitamente ha aceptado.

    La llegada de Corporal McBurney, el soldado herido rescatado por la pequeña Amy supondrá el escenario experimental perfecto para que las jóvenes lleven a la práctica una demostración de todo lo aprendido, y así Martha pueda efectuar el pertinente proceso de evaluación, corrección y rectificación del gesto femenino. De esta forma, al tiempo que el renqueante soldado acepta con encantadora amabilidad y distinguida gratitud cada una de las muestras de cordialidad de sus cuidadoras, las mujeres y mujercitas empiezan a acostumbrarse a la presencia masculina dentro de la casa y, lo que en principio iba a ser una situación extraordinaria de reducida duración, hasta que el hombre se recuperara de su lesión y pudiera valerse por sí mismo, va dilatándose con excusas que parecen ser del agrado y la conveniencia de todos. Sofia Coppola compone la segunda adaptación de la novela homónima de Thomas P. Cullinan enfocada hacia la construcción y el desarrollo de los personajes más al proceso de edificación argumental propiamente dicho. Como resultado, la directora encuentra con gran facilidad el camino hacia la armonía empática entre el público y sus protagonistas, al tiempo que lanza un mensaje feminista muy apropiado y adaptado a estos tiempos de constante lucha por el derrocamiento de un sistema arcaico y obsoleto. La trama utilizará con astucia a los personajes femeninos y la diferencia de edad ente ellos, para evidenciar el modo en el que la presencia masculina puede afectar a un entorno poblado en exclusiva por mujeres. Así, encontramos la afinidad y el abrigo paternal que Amy encuentra en Corporal, el erotismo pecaminoso de Alicia, la atracción familiar de la matriarca al sentirse libre de competencia en la lucha por el macho alfa, y la más elaborada y meticulosa de todas, el sueño libidinoso y libertario que imagina Edwina al pensar en una huida platónica con su héroe, salir de la opresiva vigilancia de Martha y escapar hacia ese mundo de erotismo y diversión que siempre soñó como imposible. En Edwina puede apreciarse de forma nítida la percepción de sumisión machista que Simone de Beauvoir definió de manera tan certera en su libro El segundo sexo: “When woman gives herself completely to her idol, she hopes that he will give her at once posesión of herself and of the universe he represents”.

    «La evolución psicológica del antagonista está dotada de una estructuración y planificación sublimes, mostrando la constante conexión existente entre el estado anímico y el somático de un hombre en su lucha territorial por el control de la mujer; así se mostrará educado y encantador en sus momentos de honorable dependencia física, altivo y cordial en el proceso de recuperación, arrogante y manipulador en su esplendor físico, despiadado y violento en su primera derrota, y obstinado en subrayar su necedad en el instante en que sufre el golpe de gracia». 


    Coppola, además, cuenta con el respeto artístico suficiente para incidir en la controversia genérica sin que su obra pueda ser tachada de sexista, por este motivo, el filme sugiere una cierta disyuntiva interpretativa que resulta, al mismo tiempo, atractiva y perturbadora. Si bien los tres primeros cuartos del metraje estarán destinados a esta fase idiosincrática, envuelta con impecable sutileza gracias a la deslumbrante fotografía de Philippe Le Sourd, el filme se guarda un desenlace lleno de ruido y de furia que hará coincidir, en un estallido violento, los multitudinarios e incontrolables flujos de sentimientos y pasiones que habían estado reprimidos durante tanto tiempo. Así, el comedido ritmo narrativo adoptado del cuento gótico sureño norteamericano terminará por ceder terreno a la incontrolable sedición vanguardista que se presenta como un grito airado de protesta hacia ese patriarcado que, si bien no puede imponerse mediante la razón, lo hará de la misma forma que lo hizo por primera vez allá por el paleolítico, por la fuerza bruta. Pero ya lo dejó muy claro el maestro de la guerra Sun Tzu, el vencedor de la batalla no será el más fuerte, sino el que sepa combinar con astucia todos los recursos a su alcance. Y ahí es donde la directora planta al conservadurismo sexista, brutalizando al hombre y evidenciando la inteligencia femenina en una victoria tan incuestionable y tan sencilla, que otorga a la derrota el sabor amargo intenso que producen el cianuro y la humillación. Dotada de una inusitada elegancia, no sólo en la estética sino también en el diálogo, en el planteamiento del conflicto y, de algún modo violento y apasionado, también en el desenlace, La seducción permite acercarnos al universo metafórico de esta realizadora que siempre añade un toque de controversia político-social en su obra. La evolución psicológica del antagonista está dotada de una estructuración y planificación sublimes, mostrando la constante conexión existente entre el estado anímico y el somático de un hombre en su lucha territorial por el control de la mujer; así se mostrará educado y encantador en sus momentos de honorable dependencia física, altivo y cordial en el proceso de recuperación, arrogante y manipulador en su esplendor físico, despiadado y violento en su primera derrota, y obstinado en subrayar su necedad en el instante en que sufre el golpe de gracia. Actualización del clásico de Don Siegel que se posiciona en el rankings de los remakes con más sentido de la cinematografía, al cambiar por completo los esquemas narrativos de una película cuyo mensaje ha sabido fluctuar acorde a los tiempos y las necesidades de los mismos, algo que puede distinguirse gracias a la relevancia del personaje cuyo papel e interpretación se alzan por encima del resto, siendo sin lugar a dudas el de Clint Eastwood en la película de 1971, y el de la magnífica Nicole Kidman en la de 2017. | ★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / 70ª edición del Festival de Cannes


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: The Beguiled. Director: Sofia Coppola. Guion: Sofia Coppola (Novela: Thomas Cullinan). Duración: 91 minutos. Fotografía: Philippe Le Sourd. Música: Phoenix. Productora: TAmerican Zoetrope / FR Productions. Edición: Sarah Flack. Diseño de vestuario: Stacey Battat. Diseño de producción: Anne Ross. Intérpretes: Colin Farrell, Nicole Kidman, Kirsten Dunst, Elle Fanning, Oona Laurence, Angourie Rice, Addison Riecke, Wayne Pére, Emma Howard, Matt Story, Rod J. Pierce. Presentación oficial: Festival de cine de Cannes, 2017.


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