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    Crítica | The Discovery

    The Discovery

    La muerte como nuevo comienzo

    crítica ★★ de The Discovery (Charlie McDowell, Estados Unidos, 2017).

    La muerte es ese fin de viaje al que todos nos tocará enfrentarnos tarde o temprano y una pregunta que siempre nos ha inquietado es la de ¿qué pasa después? Según las creencias religiosas de cada uno (o la falta de ellas), varias son las posibilidades que se plantean: el alma abandona el cuerpo para reunirse con el resto de espíritus que vagan en otro plano de existencia; la reencarnación nos permite disfrutar diferentes vidas durante un ciclo infinito; definitivamente, dejamos de existir. Siempre se han oído historias de personas que han estado a punto de morir y aseguran haber visto una luz al final de un túnel, teniendo la sensación de que algo o alguien le esperaba más allá del umbral; o de cómo sus vidas pasaban ante sus ojos a velocidad de vértigo, como si estuviesen expuestos a una especie de examen divino. El caso es que, hasta el momento, el tema de la vida después de la muerte continúa siendo uno de los mayores enigmas de la humanidad y pocas (y muy confusas) son las respuestas que se hayan podido probar científicamente. En el cine de ciencia ficción se ha fantaseado con este tipo de investigaciones a través de obras tan interesantes como Proyecto Brainstorm (Douglas Trumbull, 1983) –adaptación de la novela del visionario Michael Crichton, sobre un proyecto científico capaz de leer y grabar las sensaciones de un individuo para que puedan ser vividas por otro– o Línea mortal (Joel Schumacher, 1990), atractiva cinta cercana al género de terror en el que un grupo de estudiantes de medicina osaban con sufrir en sus propias carnes la experiencia de morir durante unos minutos, antes de volver a ser reanimados, algo que les traía consecuencias horripilantes. Charlie McDowell, cineasta que alcanzó cierta notoriedad en los circuitos del cine independiente con The One I Love, vuelve a ahondar en estos farragosos terrenos en su segundo trabajo The Discovery, producido por la plataforma Netflix.

    Con guion coescrito por el propio McDowell y Justin Lader, responsable también del libreto de su ópera prima, la cinta cuenta con un punto de partida argumental más que potente, con posibilidades ilimitadas para edificar sobre ella una enorme película de ciencia ficción en su vertiente más existencialista. La historia nos cuenta cómo en un futuro no muy lejano (y perfectamente reconocible), el afamado científico Thomas Harbor –interpretado por un Robert Redford correcto pero bajo piloto automático– ha alcanzado, por fin, la certeza necesaria para confirmar que existe otra vida después de morir. Una noticia que conmociona a la humanidad y que no tarda en conocer funestos efectos secundarios cuando la población, insatisfecha con su existencia actual, comienza a suicidarse en masa para alcanzar una nueva vida que suponga una segunda oportunidad para ser feliz. Millones de personas muertas en todo el planeta son la apocalíptica respuesta a un descubrimiento que Will –estupendo Jason Segel, cada vez más desencasillado de las comedias que le hicieron famoso–, el hijo neurólogo del Dr. Harbor, continúa poniendo en cuarentena. Por esta razón, el joven emprende un viaje en ferry hasta la mansión familiar, con el objetivo de convencer a su padre de que se retracte de sus afirmaciones. Pero todo se complica cuando Will conoce durante el trayecto a Isla –Rooney Mara en uno de esos roles conflictivos que le sientan como anillo al dedo–, una joven envuelta en un halo de tristeza a raíz de un drama de su pasado, por la que se sentirá atraído desde el primer instante y a la que salva de un intento de suicidio. Sobre el papel, esta premisa parece lo suficientemente jugosa como para plantear encendidos debates científicos, morales e, incluso, religiosos, tocando un tema tan peliagudo como el suicidio. Sin embargo, en última instancia, los guionistas no han sido capaces de desarrollar sus sugestivas ideas, las cuales quedan apuntadas de forma un tanto desdibujadas en medio de una trama romántica que va cobrando mayor protagonismo conforme avanzan los minutos.

    The Discovery

    «Nada que objetar al minimalismo con el que se refleja lo que sería una catástrofe a nivel global, pero sí queda en evidencia que esta se podría haber contado con más nervio y con una puesta en escena más elaborada e imaginativa, que fuese más allá de los tonos grisáceos que dominan la fotografía de Sturla Brandth Grøvlen, tan acordes con la sensación general de pesimismo que invade a la sociedad futura ideada por McDowell y Lader».


    The Discovery se erige como un anómalo relato que habla de la necesidad del hombre de tratar de enmendar sus errores, de su búsqueda de la satisfacción personal y del poder del amor para mover el mundo, más allá de las leyes del tiempo y del espacio. También subyace en su interior un pequeño drama familiar, con complicadas relaciones paterno-filiales, traumas que no consiguen ser superados y rencores latentes. Este deseo de sus personajes por vivir otras vidas que mejoren la mediocridad de las suyas podría ser fruto de la lúcida mente de Charlie Kaufman, que ya había jugado con planteamientos similares en geniales obras como Cómo ser John Malkovich (Spike Jonce, 1999) u ¡Olvídate de mí! (Michel Gondry, 2004). Con esta última comparte The Discovery una historia de amor en la que sus respectivos amantes parecen tener que luchar para que su sentimiento no caiga en el olvido, solo que en la cinta de McDowell la química entre Segel y Mara no funciona con la misma energía que desprendía la pareja formada por Jim Carrey y Kate Winslet. Estamos, por lo tanto, ante un producto fallido aunque nada desdeñable, que comienza con una escena que engancha al espectador con muchísima fuerza –la de la accidentada entrevista del Dr. Harbor para los medios televisivos–, pero que se desinfla a los quince minutos, cayendo en una monotonía preocupante a la hora de presentar la investigación de Will e Isla sobre hasta qué punto es capaz la máquina inventada por el científico de mostrar una realidad alternativa después de la muerte. Nada que objetar al minimalismo con el que se refleja lo que sería una catástrofe a nivel global, centrándose en un pequeño grupo de personajes en una casa, pero sí queda en evidencia que esta se podría haber contado con más nervio y con una puesta en escena más elaborada e imaginativa, que fuese más allá de los tonos grisáceos que dominan la fotografía de Sturla Brandth Grøvlen, tan acordes con la sensación general de pesimismo que invade a la sociedad futura (o no tanto) ideada por McDowell y Lader. | ★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2017. Título original: The Discovery. Director: Charlie McDowell. Guion: Charlie McDowell, Justin Lader. Productores: Alex Orlovsky, James D. Stern. Productoras: Netflix / Endgame Entertainment / Protagonist Pictures / A-Lo Films. Fotografía: Sturla Brandth Grøvlen. Música: Danny Bensi, Saunder Jurrians. Montaje: Jennifer Lilly. Diseño de producción: Akin McKenzie. Reparto: Jason Segel, Rooney Mara, Robert Redford, Jesse Plemons, Riley Keough, Ron Canada, Mary Steenburgen.

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