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    Cine Alemán Siglo XXI

    Crítica | Nymphomaniac. Volumen 1

    Nymphomaniac. Volumen 1, de Lars von Trier

    Pistol Fuckin' Mama

    crítica de Nymphomaniac. Volumen 1 | de Lars von Trier, 2013

    El Grinch de la ortodoxia estrena en Navidad. Huele a muérdago y a sexo, y las zambombas percuten jadeantes. La fricción y la ficción, por fin, meras excusas para torturar sobre seguro. Al límite. Y sin asideros; engrasando su motor creativo o, si quieren, ese trauma que bien podría ser la anestesia contra el dolor de un éxtasis inalcanzable. Que no llega, luego tampoco fluye en la no-culminación; pero que supura gota a gota, hasta perder el orden mismo de la praxis. O sea, el inelegante y tedioso mete-saca-mete-saca que ejecuta la protagonista del último —aunque primero de este díptico cercenado en la sala de montaje— movimiento de Lars von Trier, cuya partitura recurre a la polifonía y, más aún, a unos genitales autodestructivos en contrapunto (a lo Bach en jam session con Rammstein) y sin final plausible. ¡Ho-ho-ho!, felices almas torturadas. Abre de negro y así se mantiene por breves instantes, con el progresivo rumor de la lluvia repiqueteando en los canalones y las tejas y la chapa de un patio casi inaccesible, aunque a la espera cual boca de lobo, en la decrepitud que parece someter a la mujer que yace tendida en el suelo. Semiinconsciente y con la facciones hechas una cheeseburger ya masticada. Y ahí sigue, medio muerta o medio viva, esperando a un hombre que, gracias a la casualidad, pasaba por allí y se giró hacia ese escondite tremebundo. Él quiere llamar a una ambulancia y ella dice no. Él insiste, ahora y de nuevo como quien dice "¿la policía, quizá? Y la negativa se repite y sólo queda un té con leche, a petición de la moribunda mujer que asegura ser malvada, un ser pecaminoso que dilapida cualquier atisbo de felicidad. Ya en la casa del veterano solterón, rubio y alto y atento, ella le cuenta su vida. O parte de ésta, siempre bajo el impermeable tamiz que proporcionan algunos encuentros orgiásticos, que no salpican pero discurren hasta los tobillos, incluso cuando el padre de la ninfómana a duras penas resiste su enfermedad sobre la cama de ese hospital lógicamente blanquecino y a través del filtro blanco y negro. Todo duele, y esos juegos que prometían ser una "rebelión contra el amor" y sus manifestaciones, tanto públicas como pudendas, acaban sedimentando en un pozo sin fondo. Y es entonces cuando deja de doler, porque ya se ha aprehendido a no llorar. O a llorar para sí, internamente. Desnudos y vestidos. A cascada.

    Nymphomaniac. Volumen 1, de Lars von Trier

    Última oportunidad. Inspiren sin rubor. ¿Ya? Ahora, expiren lentamente. No hablen. No se toquen abajo, ni en ningún otro sitio. No sientan. Es inútil. Tampoco hace falta recurrir al hielo. Y, claro, no esperen lo que no llegará hasta el segundo round: secuencias aparentemente heavies donde Charlotte Gainsbourg es sometida por hombres de gran calibre y sin capucha. Momentos, que pregonan los bien pensantes, "muy fuertes" y pornográficos y tan crudos como un bistec vuelta y vuelta. Nada más lejos de la realidad: la única sensación que provoca sin interrupción es la del letargo. Así y todo, Nymphomaniac es el principio del fin —en dos mitades fileteadas, a dos horas por unidad— de la trilogía de la depresión iniciada por Von Trier con Anticristo. Las cinco horas a que asciende el montaje del director han sido reducidas a cuatro para su estreno en salas comerciales, y las preguntas que surgen inmediatamente tras ver Nymphomaniac son básicas: ¿Es el consentido tijeretazo una estudiada maniobra comercial que juega en detrimento de la película? ¿Ha servido para eliminar, si me permiten la redundancia, paja gratuita y sin peso dramático en la historia? Y, en todo caso, ¿cuándo podremos comparar ambas versiones? Y, más aún, ¿quién le dijo a Von Trier que el físico y la belleza de Stacy Martin haría verosímil a su yo futurible, o sea Charlotte Gainsbourg, y al contrario? El papel de la joven es el gran hallazgo del filme, cuya estructura recurre a la división por capítulos —diferentes etapas tanto sexuales como sentimentales en la vida de nuestra ninfómana, (Hey) Joe— y su narración al flashback punteado por la somnolienta voz en off de Gainsbourg. El maduro, Stellan Skarsgård, escucha y traza diabólicos símiles entre el sexo y la pesca con mosca y demás cebos y técnicas opulentas. A mí no me hace gracia, ni considero original que el cineasta danés ponga en boca de sus personajes los nombres de Fibonacci y Bach, ya sea para elucubrar sobre la famosa secuencia matemática de este primero o los aportes del compositor alemán en materia de armonías y contrapuntos musicales allá por el siglo XVIII; sin olvidar, nuevamente, la peor tentación: el fuego. El tritono o, mejor dicho, la sublimación del Diablo con un acorde.

    Nymphomaniac. Volumen 1, de Lars von Trier

    En su Proyecto de una psicología para neurólogos, Sigmund Freud dibujaba las conexiones entre la primera mentira histérica y el estudio de los síntomas en pos de un diagnóstico acerca de la neurosis. Dos condicionantes que, al tiempo, ayudan a componer el cuadro, cuya etiología sexual deviene en atmósfera subterránea, donde la "distorsión onírica" —acaso lo que no encaja en el relato verbal de la mujer— se revela —por oposición a los prejuicios narrativos del oyente, el tal Seligman— y "se vuelve inasumible para el mejor estudioso (n.d.r: espectador)". Sin más. El tren se interna en la noche y se sacude en algunas rectas insignificantes, como quien estira los músculos o se limpia la edad acumulada sobre sus hombros. Luego, esas dos chicas que buscaban el frenesí a través del convoy se distancian porque una de ellas dice haber encontrado el ingrediente secreto del sexo. La pantalla se divide en tres, las manos del chico (Shia LaBeouf) se muestran desnudas. Y lo que antes fue una costumbre poco masculina (usar tenedor de postre), ahora resulta perfectamente sucio. Tres amantes, tres tonos combinados. Gracias, también, a una manicura perfecta. Enterrada ya en el humo, que asciende y asciende hasta desaparecer por cualquier rendija superior. Esa que el perturbado no logra abrir, pues él (nos) niega todo y no se decide a revelar nada. Travesuras de genio disfuncional: un día te concede las joyas más deslumbrantes (Rompiendo las olas, Bailar en la oscuridad) y al siguiente, dos bofetones en sendas mejillas (Anticristo y Nymphomaniac Volumen 1). No hay tierra gris. La existencia se reduce al vacío poscoital impreso en un rostro tumefacto. | ★★★★

    Juan José Ontiveros
    redacción Madrid

    Dinamarca, 2013, Nymphomaniac. Volume 1.. Guión y dirección: Lars von Trier. Fotografía: Manuel Alberto Claro. Música: Varios. Reparto: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin, Shia LaBeouf, Connie Nielsen, Christian Slater, Nicolas Bro, Jesper Christensen, Uma Thurman, Jean-Marc Barr, Caroline Goodall, Kate Ashfield, Saskia Reeves, Jens Albinus, Sophie Kennedy Clark, Mia Goth, Omar Shargawi, Severin von Hoensbroech.

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