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    Sevilla 2013 (IX) | Crítica: 'El último de los injustos'

    El último de los injustos

    Claude Lanzmann visita Sevilla

    crónica de la novena jornada del X Festival de Cine Europeo de Sevilla | crítica de El último de los injustos

    Aunque el festival terminó ayer y todos los premios están dados, la dificultad de cuadrar fechas y poder ver todas las películas de la Sección oficial antes de la lectura del palmarés hizo que un servidor tuviera que tomar una decisión: ver este imprescindible documental ayer por la tarde. ¿La razón? Aunque formaba parte de la Sección oficial, no entraba a concurso, así que la crónica escrita sobre el resultado de las deliberaciones del jurado no se vería afectada de ninguna forma. Dicho esto, a celebrar no sólo la proyección de El último de los injustos, sino la presencia de su director en el certamen.

    Claude Lanzmann ha recibido un homenaje a toda su trayectoria en el transcurso de la gala de clausura del festival. En la rueda de prensa celebrada el viernes, el director y guionista habló de los motivos que le llevaron a volver a tocar el tema del Holocausto: “El holocausto se ha contado muy mal desde el ámbito académico y pienso que lo que más enseñan son las obras de arte”. Y es que la película (de 3 horas y 40 minutos de metraje) habla de la figura de Benjamin Mulmerstein. Fue el último de los presidentes del Consejo judío, encarcelado bajo la acusación de colaboracionismo con los nazis y el único de los tres que sobrevivió presidentes. Theresienstadt fue una ciudad de prueba que los nazis usaron para demostrar que podía existir un ideal gueto judío. Mulmerstein desmonta la fachada.

    El último de los injustos, de Claude Lanzmann

    EL ÚLTIMO DE LOS INJUSTOS

    Le dernier des injustes
    de Claude Lanzmann
    Francia, Austria, 2013 | Synecdoche / Le Pacte / Dor Film Produktionsgesellschaft,
    Sección oficial – Fuera de concurso

    En ocasiones la fuerza de una película sobrepasa la pantalla para instalarse en el terreno de “la importancia”. El testimonio de El último de los injustos debe ser contado, así que se puede perdonar a Claude Lanzmann la pobreza de su lenguaje cinematográfico. Lo rudimentario de las tomas rodadas desde el coche, la escasa inventiva de los paseos del director por las zonas que acogieron los hechos reales y lo temerario de leer largos fragmentos de un libro y creer que el espectador puede mantener la atención en todo momento. El material es tan poderoso que la calidad de la película no mengua mucho por su estéril estilo.

    Lanzmann confiesa a través de rótulos al comienzo de la película que grabó durante una semana a Benjamin Mulmerstein en la Roma de 1975. Siempre quiso usar tan valioso material pero no supo cómo, hasta que hace unos años decidió la manera: visitas a varios de los lugares que Mulmerstein nombra en la entrevista, extractos de su libro Terezin. Il ghetto-modello di Eichmann leídos por Lanzmann y ocasionales obras de arte que recrean el ambiente de los campos de concentración. La entrevista no tiene desperdicio, y logra que Mulmerstein razone barbaridades con sentido: en Theresienstadt pasaron cosas terribles pero ante todo él fue un hombre práctico. El libro también se prueba eficaz fuente de información, y eso se une a las imágenes recogidas que, en un preciso ejercicio de montaje, logra crear instantáneas para el recuerdo. Los fantasmas del pasado se convocan ante la cámara, y pesa la culpa por darnos cuenta de lo poco que sabemos todavía de esa turbia década. Ver El último de los injustos es todo un reto, sí, pero es uno de esos que recompensa con creces. ★★★

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