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    Crítica | Monstruos University

    Monstruos University

    ¡BAH!, Y NO BOO

    crítica de Monstruos University | Monsters University, Dan Scanlon, 2013

    Hace algunos meses, con motivo del estreno de Brave, advertí de que Pixar estaba a punto de cruzar una línea muy peligrosa, y tal vez fatal. Sin ningún cariz agorero, tan sólo con la sospecha de que los estudios comandados por John Lasseter podían sucumbir a la reconocible fórmula del ratón Mickey, tampoco era difícil detectar las primeras concesiones a la industria más atomizada, acaso ciertos síntomas de decadencia creativa, de crisis de identidad o, aún peor, escasez de ideas: tras esa excelente profusión, cuyos niveles de realismo —sobre todo a la hora de reproducir los pelirrojos cabellos de la princesa Mérida y la saludable vegetación de Escocia— habían alcanzado ya niveles verdaderamente asombrosos, podían adivinarse también muchas de las señas de identidad del tío Walt: moralina, sentimentalismo, esquemas polarizados y por ende sin grises, dobles lecturas y acuerdos tácitos con su público, quizá sin expectativas más allá de ese abrumador y colorido trucaje. Ah, la infancia. Ah, ingenuos. Todos hemos visto —y disfrutado, por qué no decirlo— alguna película de Walt Disney. Su recuerdo habitará por siempre en la infancia, en el espacio de los sueños ya vividos o irrecuperables. Esa línea que tracé retóricamente, es en realidad la frontera creativa que separa Burbank de Emeryville, dos maneras de hacer y entender el cine, un par de marcas cuyo tono narrativo esencial se halla en las antípodas entre sí. Ambas reúnen a millones de espectadores frente a las carteleras, pero sólo una logra (con reservas, pues la extraordinaria Rompe Ralph es del sello Disney) concitar a padres e hijos, a jóvenes y adultos, a reticentes y a cinéfilos desencantados. De alguna manera, la productora del flexo nos trasladaba a la génesis conceptual del negocio, mitad economía y otro tanto de anhelos: Pixar hablaba —ojalá no en pretérito definitivo— de sueños (im)posibles, nos invitaba a recuperar o vivir nuestra primera, segunda y eterna infancia. Sus creativos eran artesanos de la animación digital, y como tales sabían dotar de sentimientos y actitud a seres reconocibles, pero ajenos a la inventiva del animador común, empeñado en fabricar criaturas sin personalidad, atento únicamente a la copia de la copia que se copiará porque todos copian y pensar nuevos mundos, no está al alcance de todos.

    Allí, en su base californiana, los empleados de Pixar se mezclan por ósmosis para jugar y comer y echarse la siesta y trabajar como las hormigas de su segundo largometraje, Bichos, una aventura en miniatura. Cualquier muestra de hastío es derribada por el deseo de perfección, un sistema de calidad eficiente y con no pocos réditos: los oscars se cuentan a pares en sus vitrinas. Después de Wall-E, las opciones de mantenerse en la cúspide eran lógicamente mínimas. Y, sin embargo, llegó Pete Docter —director de la también memorable Monstruos S.A.— para despejar todas las dudas: en la secuencia resumen de Up, se hallan nuevas acepciones del término conmovedor, o tal vez su auténtico sentido. Docter describía con profunda elegancia el paso del tiempo a través de una pareja de niños que se encuentran por su deseo de aventura y vivirán enamorados para siempre, hasta que la fatídica enfermedad los separe. Carl y Ellie representan el reverso clásico de Wall-E y Eva. Nadie permanecía impasible ante la tormenta de unas historias universales y perfectamente descritas. Tocaban por igual a pequeños y a mayores. Poseían, en fin, el intangible del mejor cine. Eso que llamamos “magia” y que Walt Disney se empeñó en regalarnos durante toda su existencia. Pero ahora en 3D, pasando del lápiz al píxel, tocando otra dimensión que lejos de anticipar el fin de una época, seguía la huella indeleble de los grandes benefactores del cine animado. Basta un solo travelling para viajar en el tiempo y en las emociones, del cálido salón de casa a la aséptica consulta del hospital. Es la vida sublimada. Palabras mayores. Por ello, el nivel de exigencia se tornaría tarde o temprano en su contra. Y supongo que de forma momentánea.

    Monstruos University

    Llegó la fusión comercial, llegó Cars 2, llegan las periódicas noticias acerca de una precuela de Monstruos S.A., ambientada en los años universitarios de Mike y Sulley, las dos bestias que habían eliminado el peligroso dogma que pesaba sobre su ciudad: que los humanos eran tóxicos y había de evitarse cualquier contacto con ellos. Apenas uno segundos compartiendo el mismo dormitorio, para conseguir los gritos infantiles —embotellados como fuente de energía— de esos pequeños que duermen en mitad de la noche hasta que reciben la visita de su Coco particular. Mike era verde Flubber, bajito y redondo, como un balón de fútbol cuyo cuero es sencillamente un gran párpado que cubre un ojo delator. Sulley, en cambio, era la viva imagen de un Yeti azul con cuernos y salpicaduras violetas. Un peluche de 2,15 metros. La Bestia que sucumbe a los encantos de una niña, sí, encantadora, a la que llama onomatopéyicamente Boo. Cómo resistirse a esa vocecita dando brincos y gritando cosas absurdas, salvo un escueto “¡Mike Wachowski!”. Monstruos S.A. posiblemente sea una de las cinco mejores películas de Pixar. Su innecesaria precuela, no. De hecho, es de las más nefastas. Desde el primer instante asistimos a un saldo que ni inventa, ni revitaliza, al menos no tecnológicamente. Pero si acudimos a su libreto, o sea a su historia, a lo que cuenta y cómo narra el principio de la amistad entre Mike y Sulley, la depresión se vuelve aguda. Esta versión teen-camp de aquellos sensacionales monstruos, lastrada por ese mensaje de “ser raro no es necesariamente un inconveniente” y “con esfuerzo y espíritu de equipo, casi todo es posible”, y la traca final del “todos albergamos talento en nuestro interior”, no está a la altura de su precedente futuro. No sólo es olvidable, sino profundamente ingenua. Y cuanto más pienso en ella, más difuso se vuelve mi recuerdo. Doce años después, Mike y Sulley han resultado dos estereotipos adolescentes. Antes, por supuesto. Eso era antes. ¿Quién no ha sido joven y gilipollas? Coescrita y dirigida por el storyboarder Dan Scanlon, Monstruos University presenta a unos héroes embrionarios obligados por la situación a competir en los Juegos del Susto, cuyas pruebas se suceden sin especial interés. Sulley y Mike, rivales unidos por el deseo de permanencia en la institución, recalan en un grupo de nerds que, a priori, no valen un duro. Y así es en un principio, pero ya sabemos lo que suele ocurrir en estos casos. Quien ríe el último… Pero no hace gracia. Afortunadamente nos queda el futuro, cuando aparecerán los verdaderos monstruos, la ensoñación tras las puertas de colores que discurren por la fábrica. Aunque con tantos saltos temporales, remakes y precuelas, ya no sé en qué año vivo. ¡Dejen en paz mis recuerdos, señores! No quiero conocer el pasado ni el futuro de las historias que me han hecho —y hacen— feliz. ¡Entérense ya, tecnócratas hollywoodenses! ★★★★★

    The Blue Umbrella

    Cortometraje


    The Blue Umbrella subraya parte de los encantos de Pixar: la excelencia visual supeditada a las conexiones que trascienden. Amor tímido y azaroso, un paraguas azul golpeado por la ventisca en plena tormenta. Un paraguas que sonríe, que se desmaya, que se sonroja por imitación a su amiga. Y el semáforo como inicio de todo. Repite el esquema argumental del oscarizado Paperman, aunque esta vez el destino es más rápido que la búsqueda forzosa del (re)encuentro. Más que notable, de una plasticidad sublime. ★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Estados Unidos, 2013, Monsters University. Director: Dan Scanlon. Guionistas: Robert L. Baird, Daniel Gerson, Dan Scanlon (Personajes: Andrew Stanton, Pete Docter). Productora: Pixar Animation Studios / Walt Disney Pictures. Música: Randy Newman.

    Monstruos University poster
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