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    Crítica | Hannah Arendt

    Hannah Arendt

    EL SUSTRATO DEL MAL

    crítica de Hannah Arendt | Margarethe von Trotta, 2012

    15º Festival de Cine Alemán.

    Para Hannah Arendt, no existía mayor arma de seducción que un silencio cargado de razones. Ni siquiera su propio retrato de perfil, junto a esa evocadora ventana con el marco de madera, contemplando un punto vacío con el dedo gordo sosteniendo su barbilla antes de chupar por enésima vez el filtro de un cigarro a medio consumir. En su poder, el lenguaje alcanzó un punto volátil. Irritante, si se prefiere, pero repleto de aristas y nada hermético a las cuestiones de la oratoria. Al fin y al cabo, su condición de filósofa y de discípula —también algo más— de un tal Heidegger tampoco dejaba lugar a dudas: donde hay movimiento, hay reacción. La humanidad, pensaba, no es una característica inherente a los humanos. Por ello, la maldad no debería poseer ningún detonante: simplemente está ahí, surge y espera, y tarde o temprano mostrará su auténtica magnitud. Porque existen personas que no quieren ser consideradas personas. Pertenecen a otra casta superior, han llegado al mundo para cumplir su fiebre y, de paso, adelantar el Juicio Final. Hitler nació y se hizo, pero entretanto hubo unos cuantos accidentes, entre ellos el oficial Adolf Eichmann, el verdugo que autorizaba marcialmente el hacinamiento de millones de judíos en decenas y decenas de trenes decrépitos que les transportarían a los campos de concentración, o sea, a su tumba previo castigo con trabajos forzados y sin comida, hasta niveles grotescos de anemia y suciedad.

    Hannah Arendt asistió como enviada especial de la revista The New Yorker al juicio de Eichmann en Jerusalén. Atrás quedaban las radicales soluciones del nazismo y sus deseos imperialistas, no así el recuerdo de un pueblo desangrado durante la Segunda Guerra Mundial. Aquel juicio ya se había llevado a efectos mucho antes; poco tenía que añadir ese oscuro señor de calva incipiente y gesto (re)torcido que decía sin titubear que él “sólo cumplía órdenes”, que jamás actuó contra esa etnia ni por antisemitismo ni por otros afanes aún más diabólicos. Que sí, que firmó, y a gusto. Pero él, en definitiva, era de esos hombres que cumplen el tópico de “oír, ver y callar”. ¿Los judíos? Bueno, morían solos. De hambre o en la ducha, en todo caso una muerte limpia. A este escenario se asomó en los primeros 60 una filósofa extraordinaria, convencida de ese intangible que definió como la “banalidad del mal”. Medio centenar de páginas y otras tantas horas de trabajo sentada a la mesa, tecleando concienzuda y cadentemente, interrumpiendo su labor para charlar con amigos que más tarde recibirían ese vasto, pero elegante, artículo no ya como un manantial de aceite de ricino sino de hostias en la frente. También para atender a su pareja, para manifestarle su amor desde Israel o in situ, en Nueva York, donde ambos viven y trabajan, y donde sentirán el desacuerdo de los miles de lectores y religiosos (conviene recordar que Arendt era judía) que no dan crédito al texto, cuyo mayor golpe reside en un firme axioma: el Holocausto no hubiera sido tan brutal sin la colaboración de las instituciones sionistas. 

    Hannah Arendt

    Co-guionizada y dirigida por Margarethe von Trotta, Hannah Arendt muestra las luces de una mujer leal a sus principios, cariñosa y superdotada, persuasiva y consciente de la eterna contradicción. El relato dispone varios puntos sobre los que se trazará el arco de su protagonista, ya que ésta debe enfrentarse al poder de su creación y, por tanto, de su juicio paralelo —más especulativo, pero igual de sustancial— a la figura del empleado en modo ejecutor, y a la incapacidad casi demagógica de las víctimas post-Auschwitz. Obviamente, si dejamos a un lado la rigidez del montaje (planos en movimiento que encadenan con más planos en movimiento, aparatosos reajustes del encuadre y algún salto en pantalla) y la retórica de un guión con diálogos que culminan en vaga mitificación del icono, este filme llena inconscientemente cierto vacío en la memoria global. Y crítica. Necesitamos revulsivos intelectuales, referentes que nos ayuden a discernir entre el linchamiento y la ley. ¿Cómo se convierte la víctima en genocida? Desde ese ángulo, Von Trotta sienta el mejor precedente del último cine europeo. Aunque todo queda en un sentido elogio a la retórica de Hannah Arendt. ★★★★★

    Juan José Ontiveros.
    crítico de cine.

    Alemania, 2012. Directora: Margarethe von Trotta. Guión: Pam Katz, Margarethe von Trotta. Fotografía: Caroline Champetier. Música: André Mergenthaler. Reparto: Barbara Sukowa, Axel Milberg, Janet McTeer, Julia Jentsch, Ulrich Noethen, Michael Degen, Nicholas Woodeson, Victoria Trauttmansdorff, Klaus Pohl.

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