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    Crítica | Los casos de Victoria

    All you need is...

    Crítica ★★ de Los casos de Victoria (Victoria, Justine Triet, Francia, 2016).

    Apenas pasados unos minutos desde el arranque, Victoria, nuestra protagonista, mira de frente a la cámara. Enfundada en un vestido dorado, bien maquillada y con los brazos abiertos trata de emitir un mensaje de alegre camaradería. Pero el cámara la corta. En ese momento, descubrimos que Victoria (Virginie Efira) está actuando para el vídeo de la boda de un amigo. Las indicaciones que recibe no mejoran demasiado el resultado. Demasiado escueta primero, demasiado entusiasta después, demasiado rebuscada luego… El gesto del cámara que la graba es de fastidio. ¿Cómo puede no saber interpretar algo tan convencional como una felicitación de boda? Pues bien, esta breve escena nos sirve para situar el tono del segundo largometraje de Justine Triet. Esto es, que la directora francesa juega a introducir a una protagonista rompedora en un marco genérico harto convencional (léase la comedia romántica). Como resultado, se genera un choque de fuerzas entre ciertas expectativas predefinidas (que no solo atañen al género, sino a la normativa no escrita de los roles sociales) y la personalidad, imprevisible y caótica, de Victoria. ¿Cómo definir a esta última? Madre de dos hijas, separada, abogada hiperactiva, sexualmente desatada, embrollada por su altruismo excesivo… Pero la importancia de estas categorías para alcanzar una definición aproximada de lo que es Victoria no está en su enumeración, sino en su agitación y mezcla. Casi como si de una pequeña travesura de laboratorio se tratara, lo que hace Triet es trazar a un personaje desde esta suma entrópica de variables y disponerle un arco narrativo que, estructuralmente, es más bien antientrópico. Dado que los catalizadores de los giros argumentales que lo conforman son, en esencia, tópicos genéricos. Una ensalada de enredos profesionales y personales que, de un modo convencional, formarían la maraña de subtramas disparatadas de la típica comedia romántica. Un caso judicial (Victoria es abogada penalista) lleno de giros surrealistas, una relación conflictiva con su ex marido, una serie de encuentros sexuales fallidos y la presencia de un nuevo hombre, un extraficante al que defendió llamado Sam (Vincent Lacoste), dispuesto a irrumpir en su vida.

    Ahora bien, decíamos que Victoria carece de la capacidad para responder de forma previsible a situaciones en las que se espera de ella un comportamiento convencional. Más que nada porque la mezcla de subtramas que la golpean se presenta ante ella en pelotón. En un simple plano, Victoria se halla en su apartamento parisino discutiendo su situación sentimental con Sam mientras hacen anotaciones sobre una serie de fotografías pegadas a la pared del caso judicial que actualmente lleva y mientras un helicóptero de juguete conducido por sus hijas irrumpe en el encuadre y se estrella contra la pared. Se apelmazan en un breve plano las dimensiones sentimentales, profesionales y familiares que orbitan sobre el personaje de Victoria, y esta acumulación es una constante. De modo que cuando una de las convenciones cumbre de toda comedia romántica llega (el primer intento de beso), Victoria está dormida reponiéndose de su agotamiento. Aquí llegamos a una cuestión clave de la cinta. ¿Esta incapacidad de Victoria de responder convencionalmente a determinadas situaciones, viene dictada por un carácter caótico o por unas circunstancias que, a base de acumular necesidades y expectativas sobre ella, la abruman hasta anular su capacidad de respuesta? Es entonces cuando caemos en que el pequeño desafío de Triet a la estructura genérica con la que trabaja es también una cuestión política. Podría serlo ya de base por su elección de personaje, dado que hablamos de una mujer fuerte, independiente y sexualmente liberada. Pero, al fin y al cabo, este perfil es ya habitual en la comedia romántica. El desafío de Triet hay que buscarlo más bien en el análisis de situación que nos brinda. En cómo funcionan los intentos de alienación de una protagonista contra la que no se llega a mostrar ningún comportamiento abiertamente machista, pero sí una serie de demandas masculinas que, de una forma u otra, buscan una cierta explotación. El amigo que le exige que le defienda en su caso de malos tratos, el ex marido que utiliza su antigua vida profesional como fuente para sus relatos, o un Sam que busca en ella correspondencia amorosa y un impulso para su carrera en el derecho (si bien este último es más ambiguo como para tacharlo de explotador). La incapacidad de Victoria de funcionar como protagonista-tipo, entonces, bien puede ser un simple caso de sobresaturación de obstáculos narrativos. Y si trasladamos esta observación de lo puramente narrativo a la realidad social, el posicionamiento del filme es elocuente.

    «El desarrollo, al no quedar del todo liberado de su condición de imágenes al servicio de una estructura convencional, transcurre inserto en una monotonía bastante indolente, en una sucesión de situaciones triviales donde no encontramos ni la suficiente vida interior en las imágenes como para involucrarnos en su mundo, ni la suficiente eficacia en los mecanismos de género como para arrancar las risas o las emociones más allá de una vaga extravagancia».


    Hechas las divagaciones sobre las inquietudes que creemos detectar en la muy peculiar comedia romántica que conforma el núcleo de Los casos de Victoria, la cuestión es hasta dónde permite volar a la película este juego entre estructura convencional y protagonista anticonvencional. Y aquí, la detectamos atrapada entre las dos aguas. Por una parte, las maniobras de esquive de Triet no funcionan del todo en determinados puntos del metraje, especialmente en el desarrollo de una trama romántica cuya culminación, pese que trate de no aparentarlo, es de lo más estereotípico. Al hacer confluir el desate de sus nudos argumentales hacia el efecto mágico-curativo de la relación amorosa, la comedia romántica de manual suele caer en el (tan denostado por unos espectadores como reclamado por otros) reduccionismo ñoño. Porque, al ser insertada como punto de confluencia de todos los conflictos dramáticos, sus supuestos efectos quedan sobredimensionados. La entrega al hombre o mujer de turno aparece así como la curación a todo mal, como la consolidación de todo aprendizaje vital. De pronto, todo está bien. De pronto, el automatismo de completar con «love» la expresión «all you need is...» parece inevitable. Y en esto, acaso la cuestión más vital a la hora de esquivar los tópicos genéricos, Los casos de Victoria no logra disponer el resto de su relato para evitar este efecto totalizador. Quizá porque el desarrollo, al no quedar del todo liberado de su condición de imágenes al servicio de una estructura convencional, transcurre inserto en una monotonía bastante indolente, en una sucesión de situaciones triviales donde no encontramos ni la suficiente vida interior en las imágenes como para involucrarnos en su mundo, ni la suficiente eficacia en los mecanismos de género como para arrancar las risas o las emociones más allá de una vaga extravagancia. Al final, en lo que queda Los casos de Victoria es en un producto de género que avanza continuamente sobre sus intentos de no parecerlo. | ★★ |


    Miguel Muñoz Garnica
    © Revista EAM / Pamplona


    Ficha técnica
    Francia, 2016. Victoria. Directora: Justine Triet. Guión: Justine Triet. Compañía productora: Ecce Films. Presentación oficial: Festival de Cannes 2016 (Semaine de la Critique). Productor: Emmanuel Chaumet. Fotografía: Simon Beaufils. Montaje: Laurent Sénéchal. Diseño de producción: Olivier Meidinger. Vestuario: Charlotte Vaysse. Reparto: Virginie Efira, Vincent Lacoste, Laurent Poitrenaux, Melvil Poupaud, Laure Calamy, Alice Daquet, Julie Moulier, Elsa Wolliaston, Sophie Fillières, Liv Harari, Jeane Arra-Bellanger. Duración: 96 minutos. CARTEL.


    El fulgor efímero

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