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    Crítica | Verónica

    Exhumando el Expediente Vallecas

    Crítica ★★★★★ de Verónica (Paco Plaza, España, 2017).

    Aún le quedaba al realizador valenciano Paco Plaza entregar esa película que le consagrara definitivamente como la gran esperanza del fantástico español que muchos intuíamos. Su colega Jaume Balagueró, con quien había trabajado al alimón en la exitosa tetralogía [•REC], ya poco tiene que demostrar tras títulos tan reconocidos en su haber como Los sin nombre (1999) o Mientras duermes (2001), pero Plaza no terminaba de redondear sus jugadas, a pesar de que sus primeros títulos, El segundo nombre (2002) y Romasanta, la caza de la bestia (2004) –una vuelta de tuerca sobre la figura del licántropo de lo más curiosa–, aun con sus carencias, fueron obras que no carecían de cierta distinción. Suyo fue, además, [•REC]³: Génesis (2012) el capítulo más divertido, alocado y berlanguiano (sus personajes secundarios parecían escapados de un guion de Azcona) de la saga de infectados más famosa de España, pese a que pocos supieron entender su tono autoparódico. Pero el talento, tarde o temprano, tiene que ser reconocido y es Verónica (2017) el filme con el que, al fin, ha alcanzado su madurez como cineasta. No es solo su trabajo más logrado hasta la fecha, funcionando con gran precisión como maquinaria perfectamente engrasada para arrancar escalofríos, sino que, además, atesora bajo su apariencia de simple juguete de terror, en su variante de posesiones demoníacas, muchas cualidades cinematográficas que rara vez encontramos en este tipo de productos. Tanto por temática como por la coletilla de “basada en hechos reales” que acompaña a su estreno, sería demasiado fácil definir a la cinta como una suerte de respuesta patria a la reciente Expediente Warren: El caso Enfield (James Wan, 2016), pero lo cierto es que, a pesar de sus evidentes similitudes argumentales, sus creadores han sabido otorgarle un estilo y una voz muy personales que consiguen que la obra española salga muy bien parada de las posibles comparaciones.

    Verónica se inspira, libremente, entre otros casos, en un macabro suceso que estremeció a la sociedad española de principios de los 90, conocido como el “expediente Vallecas”, que tuvo como protagonista a una joven de 18 años que falleció en extrañas circunstancias después de haber practicado la ouija con unas amigas. La Policía Nacional se personó en el domicilio familiar de la joven, en el madrileño barrio de Vallecas, tras recibir una llamada desesperada de socorro, encontrándose los agentes con un panorama desolador. De hecho, llama poderosamente la atención que el inspector jefe recogiera en su informe policial, de forma extraordinaria, la existencia de factores paranormales en la muerte de la muchacha. Aquel oscuro caso despertó encendidos debates sobre los peligros de la práctica de la ouija, y del poder sugestionador que este juego puede ejercer sobre personas de mente débil que acabarían viendo fantasmas donde no los hay. La eterna discusión sobre la existencia de espíritus, demonios o vida más allá de la muerte. Veinticinco años después de aquello, Paco Plaza y su coguionista Fernando Navarro han adaptado la historia para, manteniendo la esencia de los hechos acontecidos, hablar de otro tipo de miedo más terrenal pero, no por ello, menos vertiginoso. El vértigo que siente Verónica, la protagonista de la película, al hacerse mayor. Los golpes de la vida han hecho que esta adolescente de 15 años se vea obligada a adquirir demasiadas responsabilidades de adulta. Mientras que la mayoría de sus amigas pasan su tiempo libre de fiesta, experimentando el primer amor o recibiendo el abrigo de sus padres, Verónica tiene que compaginar sus clases en un colegio de monjas con el cuidado de sus tres hermanos pequeños, ya que, tras la muerte de su padre, la matriarca se pasa la mayor parte del tiempo trabajando en un bar de barrio. El retrato que se realiza de este personaje femenino y su complicado entorno es, a la postre, ese gran acierto que marca la diferencia con otras apuestas de similares características, haciendo que trascienda como un poderoso drama costumbrista que habla de temas tan valiosos como las dificultades para superar la pérdida del ser querido (excusa que sirve para que la joven se decida a tratar de contactar con su padre muerto), el difícil tránsito de niña a mujer –desde Carrie (Brian De Palma, 1976), nunca una primera menstruación había sido representada de forma tan traumática en la gran pantalla– o la fascinación del ser humano hacia lo desconocido.

    «Verónica es una de las mejores películas españolas del año, tan efectiva como entretenimiento como valiosa a nivel artístico, donde supera con claridad al grueso de artefactos que, con similares planteamientos en sus historias, nos llegan desde el todopoderoso Hollywood cada año. Estamos ante un título destinado a ser un clásico del terror (español)».


    Ya desde el brutal prólogo, que muestra a la policía llegando a la casa de Verónica después de recibir la llamada, el filme atrapa al espectador con fuerza, gracias a una elegante puesta en escena, el fabuloso trabajo de Pablo Rosso en la fotografía y una dirección artística que recrea con absoluta convicción, mimando hasta el más mínimo detalle, la estética y los ambientes de los noventa. Las canciones de Enrique Bunbury y sus Héroes del silencio acompañan a la solitaria Verónica en sus paseos a clase o sus noches en vela, mientras que la sintonía del anuncio de "Centella" es reconvertida, por ironías del guion, en mantra para una de las escenas más aterradoras de la cinta. Y es que esta Verónica, aun bebiendo de numerosas fuentes clásicas –desde Terror en Amityville (Stuart Rosenberg, 1979) a esa música de sintetizador con la que Chucky Namanera parece homenajear al maestro John Carpenter–, destaca por la naturalidad con la que lo cotidiano convive con lo sobrenatural en este relato generosísimo en momentos espeluznantes –la primera sesión de espiritismo, durante un eclipse solar; el clímax final, todo un pasaje del terror plagado de imágenes para el recuerdo, donde los niños son acosados por la entidad maligna que se ha pegado al cuerpo de la hermana mayor–, que tiene en la magnífica Sandra Escacena una perfecta encarnación del vulnerable personaje protagonista. Junto a ella, es obligado destacar el maravilloso acierto de casting de los pequeños Bruna González, Claudia Placer e Iván Chavero como los hermanos, rebosantes de autenticidad y frescura (resulta escalofriante verles enfrentados a situaciones tan límite como las que viven en el filme con una seguridad y un aplomo dignos de actores veteranos), mientras que Ana Torrent también realiza una sensible interpretación como madre sobrepasada por las circunstancias y Consuelo Trujillo se adueña de algunos de los momentos más inquietantes de la función con su encarnación de una monja invidente, "bendecida" con el don de sentir las presencias del más allá, a la que los alumnos han bautizado con el sobrenombre de Hermana Muerte. En definitiva, Verónica es una de las mejores películas españolas del año, tan efectiva como entretenimiento como valiosa a nivel artístico, donde supera con claridad al grueso de artefactos que, con similares planteamientos en sus historias, nos llegan desde el todopoderoso Hollywood cada año. Al margen de la suerte que pueda correr en la taquilla, no cabe duda de que estamos ante un título destinado a ser un clásico del terror (español). | ★★★★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    España. 2017. Título original: Verónica. Director: Paco Plaza. Guion: Paco Plaza, Fernando Navarro. Productores: Enrique López Lavigne, Carla Pérez de Albéniz. Productoras: Apaches Entertainment / Televisión Española (TVE). Fotografía: Pablo Rosso. Música: Chucky Namanera. Montaje: Martí Roca. Dirección artística: Javier Alvariño. Reparto: Sandra Escacena, Bruna González, Claudia Placer, Iván Chavero, Ana Torrent, Consuelo Trujillo, Maru Valdivieso, Leticia Dolera, Sonia Almarcha, Ángela Fabián, Carla Campra.


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