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    Crítica | La guerra del planeta de los simios

    Una odisea del lenguaje humano

    Crítica ★★★★★ de La guerra del planeta de los simios (War for the Planet of the Apes, Matt Reeves, Estados Unidos, 2017).

    La guerra entre hombres y simios estalló al amanecer, con la imagen de César (o un plano detalle de sus ojos), el líder de estos segundos, abrazando a su familia tras despedirse del último «hombre bueno» que conocería antes de que el «mundo conocido», la paz y esas cosas, se perdiera por el desagüe del apocalipsis. Atrás quedaban los paseos por el monumental bosque de secuoyas, en su infancia, y la posterior rebelión tras ser confinado —César— en una cárcel repleta de chimpancés y un gorila aún no muy inteligentes, y también con un orangután —Maurice— que rápidamente se convertiría en su mejor amigo; un consigliere que se comunica por lengua de signos y pronto muestra algo más que curiosidad por los libros: síntoma ineludible de la rápida evolución que experimentan los primates en paralelo a la viral involución de los humanos, víctimas de la llamada «gripe de los simios» que ellos mismos diseñaron en un laboratorio de California y que se esparció por todo el planeta. Todavía sobreviven unos pocos hombres, militares o más bien para-militares, al servicio de un sanguinario Coronel (con mayúscula) bajo los efectos narcóticos del rifle y el napalm de la época; pero la colonia de simios ocupa un espacio cada vez más amplio en la parte alta de una montaña con catarata incluida, donde César ha establecido su campamento base como un Mufasa sin hermano feo o un Moisés cuyos edictos no son nada tranquilizadores. Ha pasado ya algún tiempo desde la última vez que vimos al personaje interpretado por Andy Serkis. Al jefe simio le han salido canas y a sus soldados entrado unas ganas infantiles de responder a todas las preguntas, si bien con rugidos, cuando no con interjecciones guturales que evidencian el desarrollo de un potente aparato fonador que desembocará, sí, en Charlton Heston. No me malinterpreten. Me refiero, claro está, al George Taylor del ahora clásico filme que Franklin Schaffner dirigió en 1968.

    Esta mesa, pues, tiene la bomba pegada a una de sus patas. Y siempre hemos sabido que podía estallar en cualquier momento. Hasta ahora solo habíamos presenciado escaramuzas aquí y allá, si lo prefieren el ascenso de un comandante que, a la manera del guerrillero utópico (así los califican siempre los que no conciben más realidad que la suya), toma por convicción la sierra de Hollywood no sin antes estudiar con pasión a los que ya estuvieron allí y contra pronóstico lograron firmar historias memorables. No en vano el director de La guerra de los simios, Matt Reeves, es una esponja cinematográfica que ha sabido concitar aquí la precisión técnica, la aspereza del drama bélico y la severidad de una lectura digamos bíblica más cercana al western crepuscular, a la aventura épica sin adobo, que a las temidas superproducciones, casi siempre infladas por el marketing, que llegan a los cines estos días. Y el resultado es inmejorable. Lo tenía difícil Reeves para elevar, de nuevo tanto en el orden narrativo como visual, una saga cuyo fastuoso reinicio capitaneó con habilidad Rupert Wyatt, y que prosiguió Reeves adentrándose a un tiempo en la jungla y en la tragedia de César con El amanecer de los simios; hasta llegar a este «ape-calypse», leemos en la pared de una cloaca, en donde Woody Harrelson viene a ser un trasunto de Kurtz y, no, obviamente no roza siquiera el visible estado de turbación de ese Marlon Brando fotografiado con imborrables claroscuros, como un modelo de Rembrandt, aunque sí consigue esquivar el peso de su mito (y los posibles golpes del espectador más fundamentalista) con una actuación muy kitsch que deviene necesario contrapeso a la figura de César. A ratos Espartaco, a ratos Josey Wales en busca de venganza, este personaje trasciende el píxel y ya es carne y hueso. Ni simio, ni humano. Todo lo más una creación imperfecta que, sin embargo, resulta ser el portador de la llama. No el fuego, sino el nuevo fuego de ese mundo postapocalíptico que observamos se despliega ante nosotros. Lo que convertía al humano en tal. Justo lo que nos distinguía del resto de animales, o —quién sabe si— lo que nos hacía más peligrosos. Gen del lenguaje, se llama.

    «Si, como dicen, el director de Monstruoso abandona irremisiblemente la franquicia, lo habrá hecho con una extraordinaria película que confirma la permanencia de una dichosa especie, autora de blockbusters-de-calidad, siempre bajo sospecha. Porque hay quien todavía hoy sigue enfrentando la evasión, es decir la diversión no exenta de contenido, con la inteligencia como si ambos fuesen conceptos incompatibles».


    Por el camino aparece una niña que de vez en cuando abre la boca intentando pronunciar una frase imposible, no por su complejidad sino por una afección que le impide incluso gritar cuando ve, por ejemplo, a un simio a caballo que bien podría ser la versión peluda y levemente encorvada de Clint Eastwood en El fuera de la ley. Ese hecho, deslizado como una sentencia darwiniana, cobra especial dramatismo cuando, en un instante conmovedor y tanto más coherente con el desarrollo de la historia, Maurice abandona las señas y dice algo que debería sonar a punto final pero, sabemos, es tan solo un punto y aparte. La guerra del planeta de los simios cierra un círculo que, forzosamente, quedará abierto —¿para seguir viaje hasta llegar a la secuencia de la Estatua de la Libertad?— con la sustitución de Matt Reeves. Si, como dicen, el director de Monstruoso abandona irremisiblemente la franquicia, lo habrá hecho con una extraordinaria película que confirma la permanencia de una dichosa especie, autora de blockbusters-de-calidad, siempre bajo sospecha. Porque hay quien todavía hoy sigue enfrentando la evasión, es decir la diversión no exenta de contenido, con la inteligencia como si ambos fuesen conceptos incompatibles. Allá cada cual. | ★★★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. War for the Planet of the Apes. Director: Matt Reeves. Guión: Mark Bomback, Matt Reeves (novela: Pierre Boulle). Fotografía: Michael Seresin. Música: Michael Giacchino. Reparto: Andy Serkis, Woody Harrelson, Steve Zahn, Judy Greer, Gabriel Chavarria,Max Lloyd-Jones, Terry Notary, Sara Canning, Ty Olsson, Devyn Dalton. Productora: 20th Century Fox /Chernin Entertainment.

    En cuerpo y alma

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