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    Entrevista: Thomas Kruithof, director de «Testigo»

    Thomas Kruithof debuta en la dirección de largometrajes con Testigo, un thriller político claramente influido por el contexto actual de oscurantismo político protagonizado por una de las estrellas del cine galo contemporáneo, François Cluzet. A raíz del estreno en España, hablamos con este joven cineasta en el Instituto Francés de Madrid.


    ¿Cómo nació la peculiar premisa de Testigo?

    La primera idea que pasó por mi mente fue la de un personaje reclutado por una organización secreta, donde por supuesto ocuparía el peldaño más bajo. La contención es clave de toda organización secreta: cada miembro conoce solo lo que necesita para hacer su trabajo. Me gustaba la idea del personaje que ocupa el último peldaño, no sabe nada, siquiera para quién trabaja, pero acepta la situación tal y como es. Me interesa su punto de vista porque permite a los espectadores conocer poco a poco el tipo de conspiración a la que se enfrentan.

    ¿Qué fue primero entonces: la trama o el personaje?

    Ambos surgieron a la vez, ya que son una unidad indivisible: el personaje influye en la trama y viceversa. Para mí no hay nada de los personajes más allá de las acciones que llevan a cabo en las películas: personajes y acciones van de la mano.

    El protagonista es el clásico “falso culpable”, un hombre corriente al estilo de Alfred Hitchcock…

    Yo no tuve en mente a Hitchcock, pero es innegable que él inventó el tipo de cine que he hecho. Incluso pensar en Polanski es pensar en Hitchcock. El protagonista de Testigo es un hombre sencillo para quien seguir las normas es mandatorio, lo que lo convierte en el perfecto instrumento. Al sumar eso al hecho de que no atraviesa su mejor momento, el empleo que se le ofrece, que probablemente sería inadmisible para ti y para mí, es idóneo para él. Pero, claro, poco a poco aprende a cuestionarse lo que lo rodea y a contradecir lo que ha aprendido a hacer, a salir de su zona de confort.

    Pasamos mucho tiempo con este personaje y nos identificamos con él, pero a la vez no sabemos prácticamente nada de él…

    A mí me gusta descubrir a los personajes a través de sus acciones; no veo necesario saber más de ellos que lo que la acción de la película muestra. Mismamente al acabar esta entrevista yo sabré algo de ti; no todo, pero si algo, a partir de lo poco que me hayas mostrado. No es necesario saber nada del pasado de este personaje para interesarse por lo que hace. Hay guiones que definen muchísimo el contexto de los personajes y sin embargo carecen de personajes, porque no definen bien el aquí y el ahora.

    Lo que sí sabemos de este personaje es que está desempleado y es alcohólico, ¿qué aporta la alcoholemia?

    No estaba especialmente interesado en la alcoholemia, sino en el hecho de que el protagonista es alguien que en un momento de su vida pierde el control e intenta retomarlo, con lo que ha reducido su vida a un contexto de rutina y soledad que lo convierte en el blanco perfecto de esta organización secreta.

    ¿Y cómo fue el proceso de dar con el actor adecuado? ¿Tenías a François Cluzet en mente al escribir el guion?

    Cuando escribo, los personajes no tienen cara. Y a veces en el proceso de casting cambias descripciones en función de quienes tienes delante. Por ejemplo, a priori Denis Podalydès era inapropiado para su papel, pero de pronto piensas en él y te das cuenta de que aportaría determinadas características al personaje. Pero siempre supe que Cluzet sería perfecto para el protagonista, porque sabía que se ganaría nuestra empatía, nos sumiría en su mente con detalles muy sutiles y aportaría capas de profundidad. Era una alternativa obvia y fuimos afortunados de que quisiera participar.

    Y, como director novel, ¿cómo fue trabajar con un actor tan reputado?

    Cluzet tiene curiosidad, sinceridad y generosidad, y nada de ego, con lo que pone las cosas muy fáciles; se conoce bien a sí mismo y sabe bien cómo trabajar, pero a la vez está muy abierto a sugerencias y directrices, con lo que fue un proceso muy creativo: ambos trabajamos juntos para conseguir la mejor película posible, nunca tuve que imponerme. Él intenta ser el personaje, sumirse en sus pensamientos, lo que hace que cada toma sea diferente; trabajamos juntos para dar con la mejor forma de interpretar cada escena: a veces ocurren cosas inesperadas y dices “¡ese es el personaje!”. Es emocionante ver personajes cobrar vida tras escribirlos: ves al actor caminar o tomarse el café y ves al personaje; te quedas sin palabras.

    En general, todo el reparto es conocido y experimentado, ¿tuviste libertad para elegir los intérpretes que querías?

    Por supuesto contar con actores famosos era clave a la hora de producir la película, pero tuve bastante libertad de elección. De hecho, que mis personajes atrajeran a intérpretes que amo y admiro fue un sueño hecho realidad. Y, claro, trabajar los unos con los otros es algo que a su vez les atrajo, ya que esta es una película de confrontaciones: como lo que se dice está manipulado, mucho es lo que acontece en los propios ojos de los intérpretes. El rodaje fue un proceso orgánico gracias al reparto, que aportaba una sutileza distinta en cada toma.

    ¿Los dirigiste mucho o les diste libertad?

    Creo que estuve muy involucrado en la dirección de actores, pero también abierto; y, claro, nunca sabes cuánto influyes, porque por supuesto los intérpretes buenos saben trabajar bien por sí solos. Pero fue una relación muy sencilla, ninguno de los actores tenía una idea prefijada de lo que quería hacer, con lo que recorrimos juntos el sendero creativo.

    ¿Y cómo fue contar con Yann Gozlan, director de Captifs (2010) y El hombre perfecto (2015), como coguionista?

    Yann Gozlan es amigo mío desde hace bastante tiempo; empecé a escribir la película con él y, aunque es cierto que se distanció del proyecto al embarcarse en la dirección de El hombre perfecto, siguió involucrado, leyendo cada revisión del guion y dando consejos, al igual que yo he colaborado en sus proyectos.

    ¿Cuánto bebe este guion del contexto político y social de la Francia actual?, ¿podría haber surgido la misma historia en otro tiempo y otro espacio?

    La conspiración que tenemos en la película podría haber tenido lugar en los 80 o los 90, pero es cierto que la atmósfera del filme, el miedo a la vigilancia masiva, la relación extraña entre políticos y servicios secretos y el hecho de que una campaña política tenga lugar en la oscuridad son temas relacionados con mis propios miedos y mis propias preguntas respecto al momento que atravesamos.

    ¿Y cómo trabajaste con el director de fotografía y el diseñador de producción para confeccionar esta atmósfera?

    Desde el principio quise que el director de fotografía, el diseñador de producción y yo formásemos un equipo, trabajando por otro lado los departamentos de vestuario, peluquería y maquillaje en el look de los personajes. Todo el equipo artístico trabajó de una forma muy abierta para trasladar a la pantalla la idea de un hombre atrapado en un laberinto de forma gráfica y misteriosa, para enmarcar al personaje dentro del propio marco. Decidimos que la película daría comienzo de forma realista y se transformase poco a poco en algo más extraño, con los códigos estéticos del expresionismo y el thriller clásico en la cabeza: más noche y más oscuridad, contraste, vacío, pasillos y puertas que no llevan a ningún sitio… También los colores desaparecen gradualmente, hasta llegar casi al blanco y negro. Para ello hubo una colaboración muy cercana entre el director de fotografía y el diseñador de producción; de hecho, el apartamento principal es un decorado construido; sé que parece una localización muy simple, pero no era tan fácil encontrarlo tal y como lo queríamos desde el punto de vista de la fotografía; ya que pasaríamos tanto tiempo allí, decidimos construirlo para servir expresamente a nuestras necesidades.

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