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    Crítica | Testigo

    Negro sobre blanco, negro en blanco

    Crítica ★★★ de Testigo (La mécanique de l’ombre, Thomas Kruithof, 2016).

    Ocultarse pertenece a la esencia misma del poder, pero como ha destacado entre otros Bobbio, las esferas de poder visible e invisible sirven para distinguir el modelo democrático del autocrático. A priori el primero persigue la difusión de la información, frente al segundo que se basa en el disimulo y la falsificación. Siempre será cierto que el saber es poder, pero queda abierta la pregunta: ¿el poder de quién? Si tradicionalmente se ha estudiado el poder de arriba abajo, desde el punto de vista de los gobernantes, siguiendo aún a Bobbio la democracia propugna un cambio de imagen del poder, que debe verse de abajo arriba, desde la perspectiva de los gobernados como público activo, informado y consciente de sus derechos. En medio de esta dualidad histórica y teórica, el régimen francés puede jactarse de haber sido de los primeros en pasar al bando de los demócratas, pues incluso en el marco de su Revolución de 1789, se encuentra ya en su famosa Declaración de la misma fecha el reconocimiento de un derecho ciudadano para exigir cuentas de su gestión a las autoridades. Empero entonces el idealismo burgués ignoraba las complejidades que irían articulando el Estado y la sociedad, hasta el punto de que en la actualidad, con varias Repúblicas de por medio, la relación entre los dirigentes y sus electores es bastante más difusa y opaca. Esto se acentúa paradójicamente cuando se les pide a estos últimos manifestar su voluntad, ya que entonces es cuando se pone en marcha todo el aparato burocrático, propagandístico y extraoficial que apoya a cada candidato a pisar los Elíseos. En este caso nos interesa uno de ellos, Philippe Chalamont, ficticio, sin personificación en carne y hueso pero omnipresente en la batuta de la trama de Testigo, la ópera prima de Thomas Kruithof.

    Cuando uno pretende rodar su primer largometraje, el primer consejo que suele darse es el de contar algo que se conoce personalmente. La falta de experiencia cinematográfica se compensa así con la propia experiencia vital. En el caso que nos atañe esto se ha cumplido a medias, pues como ha confirmado el propio Kruithof en la entrevista que nuestro compañero Juan Roures le dedicó hace unas semanas, la narración gira en torno a aspectos que en su Francia natal están al orden del día, pero al mismo tiempo tienen un aire atemporal, y en sus propias palabras podrían “haber tenido lugar en los 80 o los 90”. Esta remisión al pasado permite traer a colación el repaso histórico que efectuábamos más arriba, y sirve para adelantar la propia dualidad que marca esta película: la de ser una historia íntima y personal, pero al mismo tiempo trabajar con códigos de género que nos remiten a un cine más universal y de referentes setenteros o posteriores. La división va haciéndose más clara a medida que transcurre el metraje, puesto que inicialmente asistimos en forma de prólogo al drama sobrio de Duval (François Cluzet), un riguroso contable que es despedido de su trabajo, para retomarlo tres años más tarde en el paro, deprimido, solitario, sin más compañía que la de las otras personas que asisten a sus reuniones de alcohólicos anónimos. Una de ellas es Sara (Alba Rohrwacher), personaje algo menos impenetrable que el propio Duval pero sin el beneficio de que el espectador esté observando casi siempre los matices de su flemática expresión, y por tanto a priori reducida a instrumento amoroso/amistoso… si no fuera por el derrotero que va tomando la narración en su segunda parte, cuando el misterioso encargo de escuchas y transcripciones telefónicas que ha recibido nuestro protagonista de parte de un señor apodado Clément (Denis Podalydès) cobra proporciones más trascendentes, amenazando con trastocar su pacífica existencia.


    «La cinta está planteada como un ejercicio guionístico y atmosférico que utiliza a sus personajes como meros títeres en manos de un Leviatán invisible. De ahí que las relaciones se establezcan a pequeña escala».


    En realidad, la cinta está planteada como un ejercicio guionístico y atmosférico que utiliza a sus personajes como meros títeres en manos de un Leviatán invisible. De ahí que las relaciones se establezcan a pequeña escala, primero con el citado Clément, luego con un rebelde secuaz suyo (Simon Abkarian) y más tarde con un tal Labarthe (Sami Bouajila), un alto cargo de la DGST (Dirección General de la Vigilancia del Territorio)… Se trata de un espacio reducido de interacciones que por cierto concuerda con el limitado presupuesto, de algo más de cuatro millones y medio de euros, similar a otras propuestas policiacas de nuestro cine reciente, pero lejos del umbral que marcan los thrillers hollywoodienses. Kruithof y su equipo se centran entonces en diseñar algo semejante a una pieza de cámara, precisando al máximo la composición y el montaje en estos escenarios casi vacíos (acordes a la opresión que quiere imprimir el relato), también en lo que respecta a su atrezo: véanse por ejemplo las secuencias de montaje con planos detalle de la máquina de escribir con la que se desarrolla este trabajo en un piso sin apenas mobiliario ni decoración, compensando con el dinamismo del corte la escasez de sus referentes. Sin embargo, estos y otros detalles nos adelantan que Testigo trata de cubrir con trucos y giros no siempre afortunados el progresivo aislamiento que experimenta. En otras palabras, si inicialmente la incógnita nos mantiene en vilo ante lo que puede ir sucediendo, en el último acto, cuando las cartas están ya sobre la mesa (no damos más datos para no revelar este desenlace), el suspense se resuelve con una decisión espontánea, incluso burda, de nuestro héroe que de forma inexplicable logra ocultar a los demás. Tiene cierta gracia que él, al principio manejado por los demás e ignorante del alcance de la situación, sea el que se aproveche de las circunstancias para salir airoso ante la ingenuidad de sus contrincantes. Pero esta evolución no concuerda demasiado con las respectivas motivaciones ni con el rebuscado panorama que habían montado, traicionando en un alarde de acción simplona la naturaleza intrínseca del conflicto. Esto último no desmerece una propuesta meritoria, bien engrasada, si bien llama la atención por revertir el discurso sobre la visibilidad/invisibilidad, información/desinformación que hasta entonces parecía seguir el filme. | ★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Francia & Bélgica, 2016. Presentación: Festival de Angoulême 2016. Dirección: Thomas Kruithof. Guion: Thomas Kruithof & Yann Gozlan. Productoras: 2425 Films / Scope Pictures / RTBF. Fotografía: Alex Lamarque. Montaje: Jean-Baptiste Beaudoin. Música: Grégoire Auger. Vestuario: Christophe Pidre. Reparto: François Cluzet, Denis Podalydès, Alba Rohrwacher, Sami Bouajila, Simon Abkarian. Duración: 88 minutos.

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