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    Crítica | La momia

    Dioses y monstruos prefabricados

    crítica ★★ de La momia (The Mummy, Alex Kurtzman, Estados Unidos, 2017).

    Ni más ni menos que ochenta y cinco años han transcurrido desde que Universal Pictures alcanzara una de sus cimas en el género del horror con La momia (Karl Freund, 1932), trasladando a la gran pantalla toda la magia del antiguo Egipto con la inestimable ayuda del inmortal Boris Karloff metiéndose en las vendas de uno de los monstruos más icónicos de la Historia del Cine. Aquella exótica producción llegó a remolque de los triunfos de dos obras maestras del calibre de Drácula (Tod Browning, 1931) y Frankenstein (James Whale, 1931), que también ofrecieron la cara más “humana” y romántica de sus monstruosas criaturas. Desde entonces, muchísimas y de lo más diversas han sido las versiones que del mito se fueron estrenando, con mayor o menor fortuna, siendo especialmente celebradas las aportaciones homónimas de Terence Fisher para la Hammer en 1959 (con Christopher Lee como la momia) y de Stephen Sommers en 1999. Esta última acertó de pleno a la hora de combinar la leyenda con el género de aventuras a lo Indiana Jones y las adecuadas dosis de efectos especiales y humor puestas al servicio de unos Brendan Fraser y Rachel Weisz encantadores. Una divertidísima cinta, con saludables aires de serie B, que se convirtió en un enorme éxito de taquilla y conoció dos secuelas bastante inferiores pero, no por ello, menos entretenidas. A estas alturas se podría pensar que la historia de la momia vengativa no daría para más pero los productores de Universal, ávidos por seguir explotando la gallina de los huevos de oro, han encontrado nuevos planes para ella. En unos tiempos en los que el cine de superhéroes encabeza las listas de éxitos, con los universos de Marvel y DC expandiéndose desde innumerables secuelas, spin-off o reuniones de personajes varios, la productora se ha sacado de la manga un megaproyecto denominado Dark Universe, que consiste en la actualización de los monstruos de su catálogo clásico con el fin de construir su propia mitología a través de una sucesión de estrenos venideros en los que tendremos, por ejemplo, a Javier Bardem ejerciendo de criatura de Frankenstein, o a Johnny Depp como hombre invisible.

    La momia (2017) es el título que tiene el dudoso honor de inaugurar este intento de franquicia y, como primera piedra sobre la que se debería asentar tan colosal construcción, no puede resultar más inestable. Varios son los factores que contribuyen para que este blockbuster de 125 millones de dólares de presupuesto tenga todas las papeletas para ser uno de los más fallidos de las últimas temporadas. En primer lugar, la presencia como cabeza de cartel de Tom Cruise se revela como un arma de doble filo, ya que pese a que el carisma de la estrella es innegable y que su entrega a las escenas de acción es plena (resulta admirable como el actor rueda sus escenas de riesgo sin casi necesidad de dobles a sus 54 años), su figura es tan grande que hace que veamos a esta película como “una más de Tom Cruise” ideada para su lucimiento exclusivo en uno de esos personajes de héroe genérico a los que nos tiene acostumbrados y que, desde luego, le sientan como un guante. Él, casi sin despeinarse, eclipsa a la que debería haber sido la gran protagonista de la función, esa momia femenina a la que, no obstante, la estupenda Sofia Boutella dota de suficiente energía y sensualidad como para no quedar completamente borrada del mapa. Por otro lado, el realizador Alex Kurtzman –en su segundo largometraje tras el drama intimista Así somos (2012)– poco puede hacer con el desastroso libreto elaborado, entre otros, por Christopher McQuarrie, director y guionista de éxitos de Cruise como Jack Reacher (2012) o Misión imposible: Nación secreta (2015). Un guion que trata de combinar terror, acción y romance, pero al que en todo momento se le ven las costuras y no termina de funcionar en ninguno de los tres aspectos, a pesar de que la cinta es mucho más simple y alocada de lo que pudiera parecer a simple vista, teniendo en cuenta las ambiciosas aspiraciones de sus productores. Esta ligereza afecta especialmente al personaje de Cruise, uno de los más desdibujados a los que se ha tenido que enfrentar en toda su carrera.

    «La momia es un producto que alcanza los niveles mínimos de entretenimiento y no llega a ser tan deleznable como se la ha querido pintar, lo cierto es que estamos ante una apuesta que se queda a medio gas. Una mezcolanza de ingredientes ajenos que se antoja tan artificial como indigesta, a la que le cuesta encontrar el tono adecuado y que confunde buen ritmo con concatenación de escenas efectistas».


    El filme comienza con buen pie, con un potente prólogo que muestra los orígenes de Ahmanet, una antigua princesa egipcia que ve interrumpida su subida al trono con la llegada de un hermano varón fruto de la relación de su padre con una joven esposa. Su rabia le empuja a acabar con la vida de su familia y a hacer un pacto con Seth, el dios del Caos, aunque sus planes de dominar el mundo se ven truncados cuando es atrapada antes de consumar el ritual y embalsamada viva. Siglos después, su tumba es encontrada, de forma accidental, por el soldado y cazafortunas Nick Morton (Cruise) y el sargento Chris Vail –Jake Johnson en las tareas de secundario cómico y acompañante del héroe que, por caprichoso giro de guion, acaba siendo fundamental en una subtrama que parece homenajear descaradamente a la relación que mantenían David Naughton y Griffin Dunne en Un hombre lobo americano en Londres (John Landis, 1981), otro exitoso terror Universal–, despertando a Ahmanet de su letargo y desencadenando una oleada de muerte y destrucción en nuestros días. La historia de La momia transcurre de forma un tanto mecánica, salpicando el relato de varias set pieces de acción que, a decir verdad, sorprenden poco. Tal vez la más espectacular de estas escenas sea la del accidente de avión, con los personajes sometidos a gravedad cero, aunque tampoco se puede decir que sea algo que no hayamos visto antes. En cambio, otras como la de la ambulancia, la de la persecución subacuática con caballeros templarios zombies –muy parecida a la de Alien: Resurrección (Jean Pierre-Jeunet, 1997)–, o la del apocalíptico paseo de Ahmanet por las calles de Londres, se muestran mucho más rutinarias y con unos efectos especiales, en ocasiones, demasiado chirriantes. Como no podía ser de otro modo, a las apariciones del monstruo acompañan todo tipo de fenómenos meteorológicos y plagas habituales, tales como espectaculares tormentas de arena, ejércitos de muertos vivientes, hordas de arañas o sucias ratas y ataques de aves que sirven como simpático guiño a Los pájaros (Alfred Hitchcock, 1963).

    Aparte de las secuencias de acción, más o menos entretenidas y eficaces, los responsables del filme no han podido evitar la tentación de incluir una previsible trama romántica entre el personaje de Cruise y una testaruda arqueóloga interpretada por Annanelle Wallis, que trata de captar, sin demasiado éxito, esas relaciones de amor/odio y guerra de sexos salpicadas de humor del cine de aventuras de antaño. La química entre ambos es nula y el papel de Wallis acaba relegado a poco menos que el de "la chica de la película" a la que hay que salvar en un par de ocasiones. Peor aún le va a un Russell Crowe sobreactuadísimo en el papel más absurdo y peor perfilado de toda la función, ese doctor Jekyll que viene a ser el homólogo del Nick Furia de Los vengadores en este emergente universo, es decir, el líder de una suerte de sociedad dedicada a combatir monstruos reclutando a otros monstruos. Así las cosas, y dejando claro que La momia es un producto que alcanza los niveles mínimos de entretenimiento y no llega a ser tan deleznable como se la ha querido pintar, lo cierto es que estamos ante una apuesta que se queda a medio gas. Una mezcolanza de ingredientes ajenos que se antoja tan artificial como indigesta, a la que le cuesta encontrar el tono adecuado (de hecho, nunca lo hace) y que confunde buen ritmo con concatenación de escenas efectistas. Algunas, como las que muestran las alucinaciones de Morton que evidencian su estrecha conexión con Ahmanet, están metidas con calzador, haciendo que la trama desemboque en una especie de parodia involuntaria de La novia cadáver (Tim Burton, 2005) que ni asusta ni emociona. Es más, ya puestos a combinar de manera imposible a distintos seres monstruosos, reivindico la locura y falta de prejuicios de obras malditas tan demenciales y defenestradas como La liga de los hombres extraordinarios (Stephen Norrington, 2003) o Van Helsing (Stephen Sommers, 2004) por encima de algo tan insulso y sin alma como lo que nos entrega Kurtzman en esta momia de diseño. | ★★ |


    José Martín León
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Estados Unidos. 2017. Título original: The Mummy. Director: Alex Kurtzman. Guion: David Koepp, Christopher McQuarrie, Dylan Kussman (Historia: Jon Spaihts, Alex Kurtzman, Jenny Lumet). Productores: Sarah Bradshaw, Sean Daniel, Alex Kurtzman, Chris Morgan. Productoras: K/O Paper Products, Sean Daniel Company / Universal Pictures. Fotografía: Ben Seresin. Música: Brian Tyler. Montaje: Gina Hirsch, Paul Hirsch, Andrew Mondshein. Reparto: Tom Cruise, Annabelle Wallis, Sofia Boutella, Russell Crowe, Jake Johnson, Courtney B. Vance, Marwan Kenzari.


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