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    Crítica | Ya no me siento a gusto en este mundo

    The world is your oyster

    crítica ★★★★ de Ya no me siento a gusto en este mundo (I Don't Feel at Home in This World Anymore, Macon Blair, Estados Unidos, 2017).

    Todo parte de un noble deseo pronunciado con infantil ingenuidad. Ruth es una mujer que lucha, cada día, por superar la monótona irrelevancia de su anodina existencia como miembro insignificante de la blanca Norteamérica de clase media, sin sueños, sin ambiciones y sin aquellas falsas promesas que ni tan siquiera las guías de autoayuda tienen el descaro de insinuarle ya. Encerrada en la diligente inercia de trabajo por la que transita, sin levantar el más mínimo interés, entre latas de cerveza y literatura barata, Ruth exclama con desesperada contención: “Sólo quiero que la gente deje de ser tan gilipollas”, al mismo tiempo que un despiadado desconocido le arruina el final del libro que andaba leyendo; su único refugio frente la incansable tormenta de insatisfacciones personales se ha visto destruido con la sencillez abúlica de cuatro palabras y un gruñido. Un final inmerecido para un personaje que ya formaba parte de su vida; su confesor, su amante, su cómplice inseparable ha sido ultrajado por la indiferente frialdad de un forastero, privándola del acelerado ritmo, el exagerado romanticismo y la grandilocuente prosa chocarrera que daba algo de sentido a su miseria. Entonces piensa, Ya no me siento a gusto en este mundo (I Don’t Feel at Home in This World Anymore). Esta secuencia, que da absoluto sentido al título de la película, demuestra con sarcasmo y humor, aludiendo a uno de los temas más conflictivos y recurrentes de las tertulias digitales, la falta de empatía y la pérdida de los valores fraternales que descuellan en un mundo egocéntrico e inmisericorde. Una escena cuya importancia queda subrayada por el hecho de que el desconsiderado parroquiano que arruina la novela de la protagonista es el propio director: Macon Blair quien, con su estudiado cameo, envía un sutil mensaje a todos los “arruina-novelas” del mundo, extensible por alusiones a todo el universo “hater” que pasa la vida acariciando las teclas de su ordenador, rumiando la insolente réplica de una controvertida opinión que nunca nadie le pidió.

    Blair abofetea a toda esta fauna de hipócritas despreciables, cuya representación se constituye con ejemplar precisión en la figura de ese personaje que, viendo a Ruth acercarse a la cola de un supermercado, con un solo artículo en las manos, acelera el paso y la adelanta con un carro lleno de compra. Son situaciones sin importancia, pero que van acumulando, poco a poco, pequeñas cantidades de desprecio hacia el prójimo hasta llegar al estado de misantropía imperante que hará a la protagonista pensar de nuevo, evitando siempre la confrontación directa, “¿Por qué la gente tiene que ser tan gilipollas?”. Así se presenta esta fábula del invisible; inflexible con el cinismo exasperante, dispuesta a repartir un poco de justicia poética a situaciones cotidianas que, por lo general, no encuentran mayor respuesta que el autocompadecimiento. En su constante humillación rutinaria, todo llegará a un punto detonante, marcado por la superación del límite de tolerancia de Ruth al fracaso y a la injusticia, cuando, después de un día de constante litigio con la ineficiencia burocrática y la displicencia social, se encuentre con su casa desvalijada. Para una mujer cuyo principal deseo en la vida es que la dejen vivir tranquila, el robo no significa un trauma por la pérdida material, siempre reemplazable, o por el sentimiento de vulnerabilidad ante un posible atentado físico contra su persona, sino por la violación a su intimidad, al único lugar donde puede protegerse de toda esa “gilipollez” apremiante. Bueno, eso, y la pérdida de la cubertería de plata de su abuela de un valor sentimental incalculable. La premisa introductoria es, en esencia, idéntica a la que llevó al Nota a la búsqueda de su alfombra robada en El gran Lebowski (The Big Lebowski, 1998). No es el simple valor de la alfombra —la cubertería, el ordenador, los antidepresivos…—, ni un desmesurado apego hacia ésta, sino la transigencia a las injusticias que día tras día son perpetradas con pasmosa impunidad. Blair, como los hermanos Coen, recurre al robo de un objeto anecdótico e insignificante como elemento articulador de una trama que alternará, en su frenética impulsividad, la vaguedad del propósito funcional de la misión con la extrema seriedad de los acontecimientos venideros.

    «La emergente cadena televisiva sale definitivamente de su zona de confort —la ficción episódica—, y se planta con gran autoridad en la producción de cine independiente de gran calidad y renovada originalidad».


    La primera incursión justiciera de esta pareja de aspirantes a superhéroes es surrealista por completo. Tras una decepcionante entrevista con el detective asignado a su caso, y desalentados por la pasividad e ineficacia funcionarial, representada por un policía apático e inestable con evidentes problemas de ira y matrimonio, Ruth y Tony se adentran en su primera misión vengativa en la que, rastreando la señal geolocalizadora del ordenador robado, tendrán que hacer frente a un grupo de pacíficos nihilistas. Tras una demostración de poder poco convencional, los protagonistas se hacen de forma inesperada con el control de la situación, y reducen a los jóvenes ladrones con disparatados artilugios marciales. Sin embargo, cuando creían que su actuación estaba moralmente justificada y su cometido ejecutado con satisfacción, se desvela que los asaltantes no son más que víctimas de otro tipo de atraco, y ahora están sufriendo el ataque desconsiderado de un par de abusones que, por la fuerza, se ha colado en su casa para apoderarse de las pertenencias que habían pagado, puede que con un exceso de candidez, en el mercado negro. Esto lleva a los héroes a la conclusión de que la justicia no ha sido dispensada con ecuanimidad, puesto que el verdadero responsable del delito sigue disfrutando de la escandalosa impunidad de la que se nutren los parásitos sociales que saben aprovecharse de las grietas del maltrecho sistema legislativo. Entonces deciden, mediante un pacto explícito y tácito sellado con un dramático movimiento de cabeza, proseguir su cacería y adentrarse en los bajos fondos de las mafias semi-organizadas de peligrosos criminales callejeros.

    En ese punto comienzan a llegar las primeras consecuencias reales, los protagonistas son despertados de su fantasía de invulnerabilidad por medio del dolor más espantoso, con la terrible contundencia de un dedo trágicamente deformado, aunque no por ello se amilanan en el proceso de caza del enemigo, a quien ahora ya podemos asignar un número de matrícula identificativo. Tras hacerse con el disfraz de policía más cutre de la historia cinematográfica, Ruth, siempre secundada por el espontáneo Tony, se adentra en la mansión de un empresario de éxito y de su enajenada mujer. El humor absurdo y las situaciones comprometidas por la torpeza apática de ella o el histrionismo idiosincrático de él, quedan contrastados con escenas de una violencia exagerada y de gran explicitud gráfica. Este proceder parece haber sido adoptado del mentor de Blair, Jeremy Saulnier, de quien se aprecian constantes referencias procedimentales e influencias técnicas, tanto en los giros narrativos de gran vehemencia, como en la construcción de los protagonistas. El realizador consigue algo tan admirable como es liberar al espectador de los condicionantes asociativos heredados. Elijah Wood se desprende por completo de cualquier atisbo interpretativo atávico y se presenta como Tony, sin ningún gesto o ademán interiorizado que pueda sacarnos de su alter ego. Olvidamos cualquiera de los numerosos y muy conocidos papeles que el actor haya podido interpretar con anterioridad y, gracias a ello, podemos disfrutar sin restricciones de un papel y una actuación de una gravedad cómica tan paradójica como divertida. Netflix consigue así enmendar el principal problema de otra de sus recientes producciones: Burning Sands, donde la pretendida circunspección argumental quedó restringida por un deficiente desarrollo de los personajes. Un aspecto narrativo al que parece habérsele dado prioridad absoluta en esa ocasión, creando a una pareja de inexpertos e improbables vigilantes —diurnos— enfrentados a los delincuentes más desalmados de los bajos fondos. La emergente cadena televisiva sale definitivamente de su zona de confort —la ficción episódica—, y se planta con gran autoridad en la producción de cine independiente de gran calidad y renovada originalidad. | ★★★★ |


    Alberto Sáez Villarino
    © Revista EAM / Dublín


    Ficha técnica
    Estados Unidos, 2017. Título original: I Don't Feel at Home in This World Anymore. Director: Macon Blair. Guion: Macon Blair. Duración: 93 minutos. Fotografía: Larkin Seiple. Música: Brooke Blair, Will Blair. Productora: Film Science / XYZ Films. Edición: Tomas Vengris. Diseño de vestuario: Julie Carnahan. Diseño de producción: Tyler B. Robinson. Intérpretes: Melanie Lynskey, Elijah Wood, David Yow, Jane Levy, Devon Graye, Christine Woods, Robert Longstreet, Derek Mears, Gary Anthony Williams, Macon Blair, Taylor Tunes, Jason Manuel Olazabal, Myron Natwick, Jana Lee Hamblin, Dana Millican, Lee Eddy. Presentación oficial: Festival de cine de Sundance, 2017.


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