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    Crítica | Shin Godzilla

    Shin Godzilla

    El dardo en la burocracia

    crítica ★★★ de Shin Godzilla (シン・ゴジラ , Hideaki Anno, Shinji Higuchi, Japón, 2016).

    Ciertos mitos sólo necesitan ser aireados muy de tarde en tarde. Así lo corrobora Shin Godzilla, última incursión del totémico dinosaurio radiactivo por las mismas calles que, merced al imaginario de los estudios Tōhō y el cineasta Ishirō Honda, padecieron su ira ya en 1954. Una producción vernácula que llega con envés: la proximidad en el tiempo de otro filme, también con Godzilla en el cartel pero manufacturado al lado opuesto del Pacífico, que automáticamente generó un efecto divisorio entre la crítica y el público porque su director, Gareth Edwards, al contrario que Hideaki Anno y Shinji Higuchi en Shin Godzilla, decidió —entre otras argucias narrativas— esconder durante no poco metraje al gran prodigio japonés, esparciendo literalmente aquí y allá una densa bruma que se tornó metáfora de un estilo «oscuro», solemne, en cuya gravedad sucumbieron por unos años los blockbusters con (malogradas) pretensiones de autoría. Las ideas aquí plasmadas, no obstante, buscan más la actualización en clave burlesca de una forma antaño popular que la refundición de un producto que debería leerse a distintos niveles; quizás incluso como efecto de nuestra acción sobre la naturaleza. Y la inoperante democracia que ovilla al hombre contemporáneo. Y es que Shin Godzilla acierta a señalar, en su parte menos frenética, el verdadero monstruo que todo político lleva en su interior: una incapacidad casi del tamaño de King Kong para reaccionar ante cualquier catástrofe, ya sea un lagarto de ojos saltones de cien metros o un gabinete de crisis que tarda horas en darse cuenta de que esas erupciones submarinas, el sospechoso humo de color sangre coagulada que expele el río sobre un túnel por donde circulan cientos de coches, responden ya no al bostezo de un volcán sino a la aparición de un dios cruel.

    Sálvese quien pueda: los ministros no saben qué hacer para frenar al engendro con piel de saurio. Al principio camina a cuatro patas y sus ojos, desorbitados, siempre van uno o dos metros por delante. El diseño de Godzilla, en su fase primigenia, produce risa aun cuando observas que está arrasando Tokio y la montaña de cadáveres, al final, será más bien un dominó esparcido entre escombros. Los directores disfrutan hilvanando un ágil montaje paralelo que centra su atención sobre todo en los interiores, en el tira y afloja de la burocracia que conecta Japón con Estados Unidos, y sus intereses más o menos espurios para frenar sin tregua la Amenaza, un reactor nuclear ambulante. Tan es así que en una muestra de la más corrosiva sátira à la nipona, la reunión de ministros se interrumpe con el siguiente intertítulo: «Horas más tarde». Una elipsis ésta, subrayada visualmente, que revela muy pronto el espíritu de una historia con mucho sustantivo tecnócrata y poca hondura dramática. Conviene decirlo abiertamente: se agradecería cierta generosidad y sacrificio por parte de Anno y Higuchi a la hora de manejar los tiempos de un montaje que, si bien consigue mantenernos alerta, como espectadores de guardia, terminará por abrumar al que espere un clímax menos estático (con ese). Pues de alguna manera la película se traiciona con varios giros de timón que fastidian la insana atmósfera característica del subgénero kaiju, convirtiéndose en un producto decididamente mesurado cuyo propósito no es sino el de convertirse en una pieza tanto más «seria», que dispone incluso una suerte de canonización al monstruo de película. De nuevo, la amenaza exterior —nunca más un fantasma idealizado— como subterfugio para replantearse ciertas cuestiones espinosas: 1) ¿existe acaso el mal benéfico?; 2) ¿quién creó a quién?; y, entonces, 3) ¿quiénes son los buenos y quiénes los malos? Con todo, el cuerpo de Gojira una vez ha evolucionado es el más inquietante jamás visto, gris oscuro con vetas rojas. Se mueve además a una velocidad lentísima, y recuerda a un muñeco cuya energía no surge precisamente de forma convencional. Qué idea tan brillante, piénsenlo: un terror tanto más terrible por cuanto lento, como si quisiera distenderse sin necesidad de recurrir al ralentí. O quizás al trucaje de post-producción con el que habitualmente se altera el tiempo del relato. Pero volvamos al comienzo del artículo: el mito es tal por su vigencia, caiga quien caiga, y su fuerza reside sin duda en la capacidad de mantenerse íntegro a pesar de las revisiones cíclicas, a menudo útiles y que arrojan nueva luz a un fondo que siempre nos devuelve a 1954. Nada más y nada menos que el año de Ishirō Honda. | ★★★ |


    Juan José Ontiveros
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica
    Japón, 2016. シン・ゴジラ Shin Gojira. Directores: Hideaki Anno, Shinji Higuchi. Guión: Hideaki Anno. Fotografía: Kosuke Yamada. Música: Shirô Sagisu Reparto: Satomi Ishihara, Hiroki Hasegawa, Yutaka Takenouchi, Akira Emoto, Kengo Kôra,Jun Kunimura, Ren Ohsugi, Mikako Ichikawa, Pierre Taki, Mark Chinnery. Productora: Toho Company / TFC. Distribuidora: A contracorriente.

    El fulgor efímero

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