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    Crítica | Éternité

    Eternité

    El ciclo de la vida

    crítica ★★★★ de Éternité (Tran Anh Hung, Francia, 2016).

    Nuestro compañero Alberto Sáez viene realizando durante las pasadas semanas unos videoensayos titulados “Narrativas posmodernas”, poniendo de manifiesto cómo en varias de las películas más representativas de los últimos años tenemos claros ejemplos de esa corriente tan difusa llamada posmodernismo, si bien partiendo para su calificativo de una noción enfrentada a ella, como es la de narrativa. Y es que por definición el citado movimiento se caracteriza por romper con las estructuras convencionales, si hablamos del arte, y en concreto en el cine con su desarrollo clásico en tres actos, sus coordenadas espaciotemporales típicas o sus puntos dramáticos pautados. Estamos en suma ante la ausencia de esa narración a la que estamos acostumbrados, o si se quiere ante una reformulación del relato que, en lugar de transcurrir conforme a las reglas básicas antedichas, se define por la omisión de algunas de sus partes, saltos espaciales o temporales y otros trucos que revierten nuestras expectativas habituales cuando se nos narra una historia. El tercero de los citados montajes se detenía así en uno de los grandes estandartes del actual cine posmoderno: El árbol de la vida (The Tree of Life, Terrence Malick, 2011), un hito en la desarticulación narrativa que a su vez encontraba su propia homogeneidad mediante recursos que sustituirían los tradicionales. Así, por ejemplo, el progreso dramático decaía en beneficio de ideas más abstractas, pero su fluidez quedaba asegurada en otros planos: el visual de la cámara en perpetuo movimiento del operador Emmanuel Lubezki, o el sonoro compuesto por reconocibles piezas de música clásica, de Johann Sebastian Bach entre otros. Puede considerarse esta cinta un antes y un después porque ha ejercido una considerable influencia en otras posteriores, hasta el punto de que suele hablarse de lo malickiano para describir esa abstracción poética de la que gustan hacer gala varios cineastas contemporáneos.

    Uno de ellos es Tran Anh Hung, nacido en Vietnam pero nacionalizado francés, que hasta la fecha siempre había emplazado sus obras en su continente de origen, pero que en la última se traslada a su país de acogida. Éternité es una adaptación bastante fiel de una novela de Alice Ferney, escritora gala especializada en el melodrama, y en concreto en temáticas conyugales y paternofiliales, de las que se vale Anh Hung para dedicar este último trabajo a sus propios hijos. En concreto estamos ante una ambientación de época sin precisar que recorre las vicisitudes de una familia con numerosa pero quebrada descendencia, en la medida en que la matriarca inicial tiene una prole amplia y ramificada, pero también van muriendo varios de sus miembros o lo hacen sus padres antes de tiempo. La que planta a nuestros ojos este enrevesado árbol genealógico es Valentine (Audrey Tautou), casada desde joven con Jules (Arieh Worthalter) para asegurar por años biológicos sus múltiples partos, como único objetivo patente del matrimonio. Entre sus retoños uno de los que sobrevivirá, ya sea a la guerra o la enfermedad, será Henri (Jérémie Renier), que a su vez se casará con la hija de unos amigos de la familia, para que todo quede siempre en ésta: Mathilde (Mélanie Laurent). Estos también tendrán muchos hijos, al igual que la pareja con la que compartirán vivencias formada por Gabrielle (Bérénice Bejo) y Charles (Pierre Deladonchamps). Y de nuevo serán éstas sus preocupaciones casi exclusivas, consistiendo la felicidad, como le asegura Gabrielle a Mathilde y ésta lo corrobora, en ser madre y ver crecer al fruto de su vientre. Valga la redundancia en la descripción del vocabulario familiar para manifestar la insistencia con la que lo trata el cineasta franco-vietnamita, pues en apariencia no hay otro núcleo dramático. De hecho, cuando la omnipresente voz en off a cargo de su mujer Tran Nu Yên-Khê (otra curiosa muestra de feliz nepotismo, si no fuera porque su colaboración es recurrente en el cine de su esposo) anuncia rasgos de carácter que van más allá de las inquietudes coitales y poscoitales, a corto o largo plazo, las mismas apenas se visualizan o no se cumplen, como por ejemplo cuando opone el temperamento más tranquilo de Henri al más intempestivo de su esposa.

    Eternité

    Anh Hung utiliza el soporte de una fuente previa para dar una mínima referencia a un relato conservador en extremo […], pero el mismo se nutre ante todo de la abstracción y de la universalidad […] que proporcionan un lugar sin nombre o un tiempo sin fecha.


    Este detalle revela una paradoja intencional: Anh Hung utiliza el soporte de una fuente previa para dar una mínima referencia a un relato conservador en extremo, apoyado por las conocidas caras que pueblan su reparto, pero el mismo se nutre ante todo de la abstracción que anticipábamos, por lo que quedan en el aire los hechos más concretos; así como de la universalidad que proporcionan un lugar sin nombre, el de una mansión y sus jardines al borde del mar sin otra civilización cercana, o un tiempo sin fecha. A esto último contribuye una banda sonora atemporal, dada su integración por célebres piezas de música clásica de varios siglos, sobre todo desde Bach a Debussy. Es raro el momento del metraje en que no se oyen sus acordes, con gran protagonismo como en el sostenido primer plano a la altura de uno de los varios lechos de muerte, combinados o no según la ocasión con la mentada voz en off. Este doble aspecto sonoro recuerda entonces con claridad al del filme de Malick, al igual que el departamento visual. Éste, bajo la dirección del director de fotografía Ping Bin Lee, habitual también en el cine de Hou Hsiao-Hsien, garantiza con sus credenciales una envidiable maestría con la cámara y el color. Así pues, dominan los suaves travellings y los tonos cálidos, envolviendo el escenario con una grafía atractiva y armoniosa bien ajustada a las acciones que capta, reducidas a lazos que se forman y perpetúan a lo largo de las generaciones. Ambos componentes se entrecruzan en un montaje fragmentado, destacando los intercalados parentéticos, y en suma mostrando un anacronismo acorde con toda esta dilatación temporal. En fin, la última dualidad antitética, tras las anteriores del espacio y el tiempo, sería la de la propia historia sin cuerpo, al volverse tan etérea como sus elementos técnicos. En otras palabras, todo es prólogo y epílogo, en correspondencia lógica con esa perpetua sucesión de nacimientos y muertes, sin que interese el meollo que pueda suceder entre medias. La apuesta es sin duda arriesgada, y en ocasiones incierta, pero siempre meritoria y significativa, poniendo de relieve con una coherencia sorprendente el discurso que encabeza el título de la película, el de una eternidad que marca nuestro irremediable destino, y a la vez reflejando solo una de sus ínfimas e inacabadas partes. | ★★★★ |


    Ignacio Navarro Mejía
    © Revista EAM / Madrid


    Ficha técnica

    Francia, 2016. Título original: Eternité. Dirección: Tran Anh Hung. Guion: Tran Anh Hung (basado en la novela de Alice Ferney). Productoras: Nord-Ouest Productions / Pathé / Artémis Productions / France 2 Cinéma / Chaocorp / RTBF / VOO / BE TV / Shelter Prod. Fotografía: Ping Bin Lee. Montaje: Mario Battistel. Diseño de producción: Véronique Sacrez. Decorados: Tran Nu Yên-Khê. Vestuario: Olivier Bériot. Reparto: Audrey Tautou, Bérénice Bejo, Mélanie Laurent, Jérémie Renier, Pierre Deladonchamps, Irène Jacob, Arieh Worthalter, Valérie Stroh, Philippine Leroy-Beaulieu, Tran Nu Yên-Khê. Duración: 115 minutos. PÓSTER.

    Tierra de Dios

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